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Indalecio Castellanos

11/02/2013

La Caja Maldita

Por: RCN La Radio

 

Su curiosidad era infinita y quiso saber como hacía el locutor que anunciaba las canciones del Trío Matamoros y Pacho Galán para meterse en el viejo radio-gramófono Phillips construido con finísimas maderas holandesas.

 

El espacio entre los tubos calientes y rojos era demasiado estrecho para que alguien cupiera de cuerpo entero con su sonora voz, sin el riesgo de ser machacado por las cuatro bandas del viejo aparato.

Esa voz clara y limpia era como un amigo invisible que por la magia de un conjuro nocturno se quedó para siempre prisionero del amplificador especial, como un espíritu juguetón que pugna por salir y hacerse cuerpo.

La caja de música era un lugar a dónde ir, un espacio que entre la maciza geografía de la electrónica le permitía inventar sus juegos de explorador.

Los cuatro botones del sintonizador de la vieja radiola eran como los ojos de una bella mujer que dice palabras obscenas de invitación al placer, que él no pudo resistir.

Atraído por el magnetismo de la oscilación de los electrones y el rojo encendido de los cristales por donde juguetea la palabra, se metió por la trastienda del transmisor en su afán de sorprender al hombre de la voz que le hablaba como si fuera su amigo.

En los intersticios aún cálidos del aparato prendido, quiso descubrir las huellas que dejaron Alva Edison, Faraday, Morse, Maxwell y Hertz.

Tuvo la secreta ilusión de llegar al viejo cementerio en dónde reposan el radio Catedral de 1920 y los General Electric, Belmont, Crosley, Philco y RCA que le siguieron en la mágica tarea de convertirlo todo en sonidos.

Entró de soslayo por el eterno espacio que deja un bache, con la pretendida ilusión de ponerle cuerpo a la voz que en 1929 inició las transmisiones de radio en Colombia desde la Plaza San Nicolás de Barranquilla y de saber el nombre del locutor que en 1935 transmitió los dolorosos detalles de la muerte de Carlos Gardel en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, el día que aquí nació el radioperiodismo.

Ajeno a los caprichos del destino, ese día el pobre hombre se metió de cabeza en el transistor y quedó atrapado entre el AM y el FM, como un muñeco de barro en la montaña rusa.

Su cuerpo se convirtió en un filamento condenado a recorrer frenéticamente el dial y su único sueño es que alguien reconozca su voz para que venga a salvarlo del encierro eterno al que lo sometió la maldita caja de música.

Ese pobre hombre no soy yo.

 

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17/01/2013

Una canción para enterrar a Lucho Garzón
Lucho Garzón e Indalecio Castellanos en Nocturna RCN

Por: RCN La Radio

 

El violín parece que hablara y la intensidad de la música va subiendo hasta el éxtasis, mientras que Lucho Garzón tararea con la actitud de quien sabe y disfruta de una canción sensual, para decir sin ningún asomo de duda: "con esa me entierran".

 

Lucho está sentado en la cabina de Nocturna RCN despojado del carácter de funcionario que se queja de “estar calentando silla” en el gabinete del Presidente Santos y hablando con pasión de música, parranda, de fútbol.

Esta noche me han dado dos noticias malas. Me toca hacer Nocturna porque Julián Parra está enfermo (la noticia mala es que Julián está enfermo) y que el invitado es Lucho Garzón. Alcanzo a pensar que "hablar de política con este man es un desperdicio, aunque hablar de salsa y de rumba puede ser un auténtico pecado".

Decido que no le diré doctor Garzón para que no lo confundan con el juez español y prefiero usar el Lucho, que es tan popular como el embolador que se hizo concejal de Bogotá.

No voy a hablar esta noche con el ministro consejero, sino con el hombre sencillo y divertido a quien el expresidente Uribe "escupe" el calificativo de cuentachistes verde.

Para empezar me hago el propósito de no tocar los temas sociales ni de la agenda del gobierno nacional y para no tener complejo de culpa, íntimamente me digo que no hay nada más social que la salsa y que la rumba.

Antes que se prenda el bombillo de "al aire", alcanzó a pensar que sería un auténtico desperdicio usar esta hora con Lucho para hablar del "termostato en la lengua de Santos, " de cómo Petro tiene carácter de administrador del edificio en lugar de ponerse de celador para atajar a todo el mundo" y del expresidente Uribe.

Pensé por un momento que la entrevista se había salido de madre cuando Lucho mira directamente a los ojos verdes de su dulce jefe de prensa mientras le dice " que en Colombia se hace inteligencia para todo", lo que resultó ser un reclamo público porque su funcionaria había estado conversado con el productor del programa sobre la música que le gusta.

Almendra de Alfredo de la Fe es su canción. Lucho advierte que es "una cosa hermosa de lattin jazz hecha a punta de violín", mientras prácticamente me ordena callar para repetir “óigalo”, “oiga” y luego una pausa larga para pedirme que escuche.

Así como alguna vez Jaime Garzón interpretó en el programa “Yo José Gabriel” la canción "Canela" de César Mora Quiero morirme de manera singular”, para convertirla sin querer en el himno largamente cantado para lamentar su desaparición, Lucho ha escogido el violín de Alfredito para repetir de nuevo “con esa me entierran”. Y el día esté lejano cómo decía Porfirio Barba Jacob en su poema Futuro.

Y cierra los ojos para narrar la canción, “el violín la lleva”, “el dedo lo que hace con la cuarta”, “ahí viene”, “voltea el violín y lo vuelve a voltear”.

A estas alturas de la entrevista no hay mucho que preguntar porque el danzón llena todos los espacios, mientras Garzón casi susurra “uno bailando no habla, ésta música me hace sentir piel, emoción, contacto, olor”.

Para no ser agoreros, digamos que literalmente Lucho se muere de la emoción con esta canción, aunque para él la muerte algunas veces haya sido una rumba y algunos entierros deliciosos.

A pesar del dolor, el de Joe Arroyo fue un entierrazo, los de Rafael Escalona y Alejo Durán una rumba y otra rumba el de Olimpo Cárdenas en el Apogeo en dónde estaban los emboladores, las prostitutas y yo. Estabamos todos los del gremio”, dice Lucho, mientras se lamenta de no haber asistido al funeral del director del Grupo Niche, Jairo Varela.

Pero ahora que hablamos de rumba, es obligatorio referirse a los salseaderos y a la noche y hacer memoria de El Escondite y La Girafa Roja, en dónde iba a bailar en la década de los 70 para encontrarse con las figuras de entonces del equipo Los Millonarios.

La nostalgia le puede para recordar que en El Escondite de la calle 23 en el centro de Bogotá, se empezó a vivir toda la rumba fuerte con Richie Ray, Boby Cruz, la Sonora Ponceña y después el Lattin Jazz. Aunque dice que los dueños de varios “rotos” como los llama, deberían pagarle regalías por toda la propaganda que les hace, insiste en que la mejor rumba se dio en los inicios de la década de los ochenta con Café y Libro, Goce Pagano y Quiebracanto.

Ahora el roto es Bembé, dice para referirse al sitio salsero de moda en Bogotá, el mismo en dónde Hernán Darío 'El Bolillo' Gómez tuvo un incidente que le costó la dirección del seleccionado nacional de fútbol.

Asegura que ya no hay cultura salsera y que las generaciones de ahora piensan que Héctor Lavoe es la marca de un carro”.

Mientras suena “La vuelta al Mundo” de Calle 13 y el parece volar repitiendo con René “no me regales más libros, porque no los leo, lo que he aprendido es porque lo veo”, Lucho aprovecha para decir que por cuenta de su “mamertismo” se perdió muchas músicas que ahora está reivindicando y aprovecha para contar que su evolución rítmica se ha dado siguiendo un poco las lógicas de las novias del izquierdista.

Lucho relata que “en los 70 la novia debía parecerse a Tania, la esposa del Ché Guevara, en una época en la tocaba bañarse con jabón de tierra porque usar FAB era burgués y bailar Hasta Siempre Comandante de Carlos Puebla. En los 80 cantabamos “Gracias a la Vida de Violeta Parra, mientras enterrábamos a nuestros amigos de la Unión Patriótica y se registraba la tragedia del Palacio de Justicia”.

Y prosigue contando que en los 90 la novia del izquierdista debía parecerse a la nicaragüense Gioconda Belli, porque la revolución venía de Centroamérica, mientras que ahora la rumba es dura e incluye reggaetón de Don Omar y puede terminar con la electrónica de David Guetta.

Las “labores de inteligencia” con su jefe de prensa parecen haber rendido sus frutos y Lucho disfruta Los Reyes del Mundo y de la Vuelta al Mundo de Calle 13, mientras en el ambiente quedan algunas frases expresadas durante la entrevista.

“La música depende del roto”, “el común denominador de la noche son las babas pues los que nos quieren nos dejan baboseados y los que no nos escupen” y un “borracho lo resuelve todo”. Nunca supe si en este punto se refería al escándalo de Bucaramanga en el que aparece enviando un obsceno mensaje a la presentadora de televisión Darcy Queen.

El hombre que opina que la mejor rumba es la de la madrugada porque se baila amacizadito y a esa hora ya no importa lo que digan en la oficina, hace una reflexión final para hablar de su trabajo en el gobierno con una frase que puede definir sus angustias como consejero en temas sociales. “El poder del escritorio es terrible”.

Al fondo sigue sonando Calle 13 . Dame la mano y vamos a darle la vuelta al mundo”, insiste el coro, mientras Lucho se despide.

Después de más de una hora de conversación se anima decir por primera vez mi nombre y entonces es cuando me dice, ”gracias Hildebrando”.

No le digo nada, aunque secretamente podría pensar en matarlo para ponerle de nuevo Almendra, la canción que ha escogido para su funeral. Aunque debo reconocer que el nombre no está tan mal, teniendo en cuenta que otros me han dicho Indio necio, Indialecio. Indolencio, Andalecio, etc.

Lucho se va y me queda sonando una de las tantas frases que dijo esta noche en la radio. Para armar arcas soy un duro, aunque meto unas bestias. Ya no pregunto más.

 

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16/12/2012

Por: RCN La Radio

 

Cree que tiene la pinta, el sombrero y el repertorio de Carlos Gardel, pero es apenas un pobre hombre de voz destemplada que se hace llamar Gardelito y se instaló para siempre de una de las esquinas del tradicional barrio San Telmo de Buenos Aires para “gritárselo al mundo”.

 

Insiste en que es una réplica viviente del “Morocho del Abasto”, pero es igualito a algunos artistas colombianos, que creen que son famosos porque salen en dos periódicos. Para demostrar que es “conocido en todo el mundo”, muestra dos arrugados periódicos de Irlanda y Estados Unidos con su foto y cuenta con emoción que está saliendo en una propaganda en Colombia, que nadie conoce.

Ahí está todos los domingos con su voz cansada para insistir en que no es un vulgar imitador, para tratar de demostrar que es un cantante genuino y que puede hacer sus propias versiones de tangos inmortales como mi Buenos Aires Querido y Caminito y hasta soñar íntimamente que Gardel es quien lo imitó.

Para demostrar que es el “Zorzal Criollo”, se apropió de la mayoría de sus canciones y las tiene en los cds que vende con la promesa que fueron grabadas con cinco guitarras y la voz de Gardel, pero canta como un tal Carlos Luján. Nació en la provincia argentina de Santa Fe, ocho años antes que el famoso cantante de tangos muriera un 24 de junio de 1935 en un accidente aéreo en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín.

Luján insiste en que Gardel le dijo que quería que fuera su sucesor, que siguiera su camino, que fuera el nuevo intérprete de su voz vigorosa para no dejar morir el tango y que perpetuara de alguna manera esa sonrisa seductora que esbozaba mientras interpretaba Yira o cantaba “el mundo es y será una porquería ya lo sé”.

Nadie se pelea el lugar de su nacimiento porque no es Gardel, pero llama la atención porque exhibe como su más preciada escenografía una foto del cantante argentino junto a la suya y los recortes de algunos periódicos que han reseñado la osadía de este hombre que dice que es su sucesor. Cambia monedas por la más despiadada versión de un tango, que como la vida, siempre habla de nostalgias, calles oscuras, amores imposibles, ausencias y regresos.

Es seguro que el de esta tarde sea su único vestido de paño y su único sombrero, pero esa descuidada presencia no le impide maquillarse generosamente para disimular las arrugas y abusar de un perfume dulzón que se escurre en el ambiente como si fuera una historia de arrabal.

La entrada de un centro comercial ubicado en la Plaza Dorrego frente al número 1056 es el lugar en dónde quiere hacer creer que Gardel no murió en Medellín.

Aquí y en el barrio de La Boca y en todo Buenos Aires el tango suena monotemático y sensual. Es un ritual que canta lastimeramente nuestro Gardelito acompañado de su vieja guitarra, pero que también baila sensualmente una pareja que se estaciona frente a una venta de artesanías y souvenirs para impresionar a los turistas o a los que tienen cara de turista.

Pero Gardelito no está sólo en esto del rebusque y la búsqueda incesante de monedas con eso de la música. Una vieja canción que nos hace recordar el esplender de desaparecidas orquestas, se escapa de un viejo gramófono, mientras el dueño de este maravilloso invento alimenta la ampulosa estructura dándole vueltas a la cuerda, para que la vieja aguja machaque un disco de acetato macizo.

Luján o Gardelito es una de las tantas voces que se escuchan en el frenesí de las calles de Buenos Aires, en dónde el Trio Gótico afina sus guitarras para dejar escuchar una alegre versión de La Bamba, un grupo de uruguayos recorre las calles interpretando con sus tambores una canción brasileña y todo es una amalgama de las culturas que se juntaron al borde del río de la Plata.

La voz barata de este pretendido imitador, se pierde entre los gritos de vendedores de bizcochos, artesanías, un lector de cartas, vendedores de libros viejos, el sonido de una vitrola que muele canciones francesas, un grupo de música latinoamericana y la voz de una setentona en minifalda y traje de tango, que se hace llamar “la maleva de San Telmo”.

Parece que aquí están reunidos todos los locos del mundo que saben algún oficio inútil e intentan vender cualquier cosa por unos pesos.

Nadie sabe en Tacuarembó Uruguay, ni en Buenos Aires, ni en Medellín quien es Gardelito, ni mucho menos quien es el tal Carlos Luján que insiste en que no es imitador y que es genuino e irrepetible.

Bajo el viejo alar de una casa de San Telmo, este rebuscador de la música estará cada tarde de domingo con su repertorio de tango, ajeno a los cuestionamientos de los curiosos paseantes que piensan que sólo a un loco se le puede ocurrir que es Carlos Gardel.

 

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07/12/2012

Por: Indalecio Castellanos

 

Morir es una derrota estruendosa, aunque muchos quieran darle cierto tono heroico como una manera de hacer menos doloroso ese instante definitivo.

 

Morirse mientras se hace lo que más nos gusta podría ser una manera de prepararse para la felicidad eterna.

Esta semana se cumplen 38 años de la muerte del cantante cubano Miguelito Valdez en el Salón Rojo del Hotel Tequendama de Bogotá. Cantaba Babalu Aye cuando un fuerte dolor en el pecho le hizo intentar abandonar el escenario para buscar la intimidad que reclama cualquier ser humano para enfrentar ese instante supremo.

¡Perdón señores¡, exclamó Miguelito, mientras soltaba el micrófono y se llevaba la mano al pecho e intentaba desesperadamente desabotonarse la camisa, antes de desplomarse irremediablemente víctima de un infarto.

Muchos calificaron como “la mejor muerte para un artista”, lo ocurrido con el cantante de son, bolero y guaracha el 8 de noviembre de 1978 mientras interpretaba su mejor canción.
El desaparecido periodista José Pardo Llada contaría muchas veces la historia, recordando que “en el escenario del Hotel Tequendama, cantando Babalu y de buenas a primeras se sintió mal por la altura y murió allí como tocado por un rayo”.

Morir en lo suyo, en su ley como una manera de hacer más dulce el abandono absoluto, como lo ocurrido en junio del 2003 cuando el futbolista camerunés, Marc-Vivien Foe se desplomó en el centro de la cancha de fútbol de Lyon Francia, mientras se disputaba un partido de la Copa Confederaciones contra el seleccionado de Colombia.

Los aficionados en el estadio y los que seguían el partido a través de la televisión fueron testigos de su agonía, mientras los comentaristas deportivos vaticinaban que Foe sería retirado “a un costado para que lo atiendan”, lejos de imaginar su tragedia. Para siempre quedará la imagen de ese atlético hombre desgonzado sobre la camilla, saliendo a cumplir la cita definitiva, en medio de las caras de preocupación de los futbolistas y de los hinchas.


NADIE SE MUERE LA VISPERA

La reciente muerte del director de la redacción del diario Le Monde, Erik Izraelewicz mientras adelantaba sus actividades, ha hecho recordar otros episodios en los que literalmente varios periodistas han muerto en vivo y en directo.

“Izraelewics se sintió mal de repente, pidió un vaso de agua y se desplomó entre síntomas de ahogo” antes de ser llevado a un hospital de París en dónde se certificó su muerte. Triste final para un hombre que no bebía, no fumaba y nunca tuvo problemas de salud, pero era el director de un periódico, en medio de las tensiones y presiones por la difícil situación que atraviesa la prensa.

En la década de los noventa en la misma sala de redacción de Le Monde había muerto el gran reportero Yves Heller.

Hay maneras de morirse y es difícil imaginar que alguien pueda hacerlo en la radio, pero ha ocurrido varias veces.

El locutor colombiano Juan Clímaco Arbeláez leía una noticia en uno de los informativos de la BBC de Londres cuando un infarto apagó su voz para siempre. Arbeláez leía una noticia que decía: “En su último esfuerzo para resolver la emergencia de la contaminación del aire” y para entonces el tono de su voz se fue apagando y las palabras eran ya impronunciables y la lengua se hizo pastosa y pesada".

Irónicamente en su último esfuerzo, Arbeláez intento seguir leyendo “que las autoridades impusieron nuevas y severas medidas de restricción del tránsito sobre….” y fue lo último que dijo antes de caer pesadamente sobre la mesa".

Y luego hubo un breve silencio que en radio es un siglo, antes que su desconcertado compañero de mesa retomara el aliento para decir un escueto “pedimos disculpas a los oyentes”, como una demostración que el ruido provocado por el cuerpo de un hombre cayendo se constituye en un atentado contra la devoción que esta cadena mundial siempre ha tenido por la perfección del sonido.

Y parodiando esas expresiones de los comentaristas deportivos, el 8 de abril de 2005 el narrador Alberto Martínez Prader murió “en directo y en la carretera” mientras transmitía para RCN RADIO una etapa de la Vuelta a Colombia en bicicleta.

Con su estilo lleno de vitalidad, Martínez Prader relataba las condiciones del descenso y el vértigo de la competencia diciendo palabras que acaso le hacían presentir la fatalidad. “Si señor, aquí lo llevo, asustadito, pero aquí vamos descendiendo a tumba abierta, afortunadamente confiando en Dios…”.

Y un segundo antes que el transmóvil tomara la última curva, el narrador seguía con su oficio contando “atención que pasó de largo Walter Pedraza, casó a Alvarito Sierra; se quedó Soler…la pareja de punta va por la etapa…Soler, Soler……ay juepp”. Y mientras el transmóvil rodaba sin control, la señal se interrumpió abruptamente y luego pasó lo que pasó.

La muerte de Martínez Prader se produjo un año después de la desaparición del también locutor deportivo, Guillermo Alfonso Mejía, quien sufrió las primeros estertores de la muerte mientras trabajaba en la emisora Antena Dos, antes de salir al hospital mamando gallo como era su costumbre, pidiendo que “lo llevaran en el Transmilenio para llegar más rápido”.

En todas estas historias no hay héroes, ninguno pudo derrotar la muerte, simplemente el recuerdo de hombres sencillos que murieron como debe ser, haciendo lo que más les gustaba.

 

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