A propósito de una sorprendente declaración

11-28-2009
RCN Radio
Por: Espinosa

El viernes 27 de noviembre se cumplió un triste aniversario: 20 años del atentado terrorista contra los pasajeros del avión de Avianca. En La Radio de la Mañana hablamos con uno de los primeros testigos. Su declaración deja mucho en qué pensar.

Nuestro primer invitado fue uno de los primeros testigos que llegó al lugar donde cayeron los restos del avión. El sujeto, cuyo nombre no quiero recordar, decía a la reportera sin asomo de verguenza que lo primero que hizo cuando llegó al lugar de los hechos fue coger el reloj de alguna de las victimas. Luego, como si la confesión anterior no bastara, concluyó la entrevista hablando de un fajo de dólares que recogió mientras, sin querer, caminaba por los escombros. En ese momento, mientras oía lo que decía el personaje, sentí y pensé muchas cosas. Luego, con la calma que da la juiciosa reflexión, entendí varias cosas.
Lo primero es que no soy yo quien debe juzgar. Puedo, eso sí, formular preguntas, cuestionar mis propios principios, quedarme en silencio, escribir lo que siento en el blog. Segundo, noté que en efecto hay personas que cometen actos que de boca para afuera muchos condenarían como espantosos, delictivos, inmorales, incorrectos, pero que aquel que lo comete no considera reprochable. El hombre de la entrevista estaba entonces, y lo está ahora, plenamente convencido de que coger las pertenencias de las victimas no tiene nada de malo. Tercero: su escala de valores no es igual a la mia. La delgada línea que permite distinguir el bien del mal, lo que debemos o no hacer, cambia, varía según la persona. Si aceptamos esto, claro, terminaremos todos viviendo en la anarquía; además sabemos bien que la ignorancia de la ley no excusa a nadie. Pienso, manteniendo todas las distancias, en los agentes de la SS Nazi. Muchos, yo lo creo, estaban plenamente convencidos de que el exterminio no era tal. Creían que sus actos tenían plena justificación. Esto plantea un problema muy serio para la estabilidad de las sociedades: muchos de los actos que dañan a otros, que causan un perjuicio a un segundo, son cometidos por personas que no ven en ello problema ninguno. La sincera declaración del hombre de la entrevista me obligó a pensar sobre un hecho dóloroso y real: sin la conciencia del problema que supone hacer daño a otros, será difícil que la gente que nos rodea, que no son tan distintos del señor de Soacha, piense y sobretodo sienta antes de actuar. No puede haber, siguiendo mi razonamiento, reflexión alguna cuando creemos que las cosas que hacemos no merecen verguenza.

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