¿Cuál es el impacto de la literatura en la política?

Orwell
Por: Espinosa
Hay quienes dicen que la política está en todas partes. Eso quiere decir que nada se escapa de las garras de lo político. Richard Rorty, gran pensador estadounidense, sugirió que escritores como George Orwell hacen más en lo político que muchos que la ejercen como oficio. A continuación, une bereve reseña de la novela 1984 y del filme que inspiró
George Orwell es recordado por dos novelas, ambas magistrales y que comparten una característica esencial de los clásicos de la literatura universal: años después de publicadas siguen inquietándonos.
Es justamente el caso de Animal Farm y 1984, publicadas respectivamente en 1945 y 1949, justo en el momento en que el mundo derramaba toneladas de sangre por la II Guerra Mundial y la discusión política en torno a la izquierda estaba en pleno auge. Orwell, que era un estupendo ironista, logró acertar en el corazón de ambas discusiones al burlarse, por una parte, de la hipocresía del comunista demagogo y cínico, y por otra, al advertir de forma apocalíptica sobre los peligros de un Estado totalitario.
Y de la obra maestra que es 1984 se inspiró el director nacido en la India Michael Radford (recordado por la adaptación del Mercader de Venecia al cine en el 2004) para producir y dirigir 35 años después la película que lleva el mismo nombre del libro. El 14 de diciembre de 1984 se estrenaba en el mundo la que luego sería unas de las mejores adaptaciones cinematográficas de todos los tiempos. En este artículo quiero dedicar unas cuantas palabras a la obra literaria y cinematográfica que rinde, por si sola, homenaje al fantástico George Orwell y al filme de Michael Radford que logró, en poco más de dos horas, hacernos sentir lo que Orwell quería que sintiéramos: una profunda desesperación apocalíptica.
1984 es la historia de una pesada y sucia bota que pisa sin remordimiento el rostro humano. Winston es un pobre miserable que, por las contingencias de la vida humana, tiene la desgracia de nacer en medio de un Estado totalitario que todo lo controla y lo manipula. Las convenciones del lenguaje, los medios de comunicación, la memoria histórica de los individuos y de la nación, caen en las garras de un ojo vigilante siempre abierto y siempre en movimiento. En la película, Winston (John Hurt) aparece siempre rodeado de sombras, perseguido por las dudas sobre el espantoso lugar en el que debe vivir (son pocos lo que en este Estado “imaginario” se sienten incómodos con lo que ven). Por otra parte, en situación similar, se nos presenta a Julia (Suzanna Hamilton), una hermosa mujer que, disimuladamente y en fantástica actuación, parece creer cada frase y cada mandamiento de El Gran Hermano. Pero en realidad sus ojos reflejan lo único verdaderamente importante: dudas y sospechas. Winston, siempre atento y despierto, nota inmediatamente que Julia siente su misma repulsión por el statu quo y, esperanzado, decide aproximarse a ella. Ambos, una vez juntos, desafían el sistema, se esconden, tienen relaciones simplemente por placer, hablan mal del partido, se ríen, se enamoran.
Hay escenas, como en toda gran película y gran libro, que son magistrales. Aparece O’Brien (Richard Burton) que es un dirigente del Partido diligente y cruel. Él se encarga de investigar a Winston y matar su romance con Julia. Entretanto, mientras ves la película o lees el libro, siempre tienes la sensación de que la cosa no puede terminar bien. Tarde o temprano el panóptico de El Gran Hermano terminará por encerrarlos en su sistema. Y lo que es aún peor: manipulará con las mentes que todavía funcionan y tienen el necesario atrevimiento de pensar por sí mismas (¡sapere aude!). Hay una famosa escena que pone esto bien de presente. Winston está preso, su cuerpo está agotado, su alma descompuesta. Entra O’Brien a la habitación de encierro y pregunta: ¿cuánto es dos más dos Winston? Cuatro, por supuesto, dice Winston. Respuesta equivocada. No importa lo que Winston conteste, siempre estará equivocado. Y por ello sufrirá un perjuicio grave y cruel.
Orwell nos enseña, entre otras cosas, que en un verdadero Estado de Derecho, en el que se privilegia la empatía y la solidaridad, no importa si lo que dices es cierto o no, lo realmente fundamental es que si uno cree en ello, pueda decirlo sin sufrir perjuicios por eso.
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