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Perfil de Gabriel García Márquez

Hijo de Luisa Santiaga Márquez y Gabriel Eligio García, Gabriel José de la Concordia García Márquez nació el 6 de Marzo de 1927 en Aracataca, Magdalena donde, como el mayor de 12 hermanos, creció hasta los nueve años junto a sus abuelos Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán.

A su abuela, el escritor siempre la describió como "una mujer imaginativa y supersticiosa" que llenaba la casa con historias de fantasmas, premoniciones, augurios y signos, y que, por ende fue una de sus más grandes influencias.

En 1936, al morir su abuelo, Gabriel se mudó con sus padres a Sucre y estudió el bachillerato en internados en Barraquilla y Zipaquirá. Posteriormente se traslada a Bogotá y allí culminó sus estudios de secundaria.

En 1947, y solo por complacer a sus padres, estudió derecho en la Universidad Nacional. Sin embargo, siempre se emocionó con la idea de escribir, no literatura tradicional sino en un estilo similar a las historias de su abuela, en las que se “insertan acontecimientos extraordinarios y anomalías como si fueran simplemente un aspecto de la vida cotidiana”, por lo que luego de varios semestres decide retirarse y dedicarse al periodismo trasladándose de nuevo a Barranquilla para trabajar como columnista y reportero en el periódico El Universal y posteriormente en El Heraldo.

Desde ese momento, dijo el escritor en muchas oportunidades, "nunca, ni un solo minuto”, había dejado de ser periodista.

García Márquez, trabajó para el diario El Espectador de Bogotá como redactor de planta. Allí, como periodista recorrió casi toda Colombia y parte del mundo, enriqueciendo su espíritu de escritor. En dicho diario, acogería su apócope Gabo desde el momento en el que el subdirector Eduardo Zalamea Borda comenzara a llamarle así.

En 1954 obtiene el Premio de la Asociación de Escritores y Artistas con el cuento «Un día después del sábado». Ese mismo año se traslada a Italia a donde es enviado como corresponsal de El Espectador.

Durante su permanencia en Roma estudia dirección de cine. De vuelta a Colombia publica su primera novela La hojarasca y con el cuento «Un día después del sábado» gana el Premio Nacional de Cuento de Colombia.

En ese mismo período El Espectador publica en forma de serie un reportaje sobre un hecho real que García Márquez escribió bajo el nombre de Relato de un náufrago. Este texto, verá la luz más tarde bajo el formato de libro.

En 1955 se marcha a París pero continúa enviando sus colaboraciones a los diarios El Tiempo e Intermedio.

En 1957 se radica en Caracas y trabaja como periodista político en las revistas Élite, Venezuela Gráfica y Momento.

En marzo de 1958, se casó con su novia de juventud, Mercedes Barcha, una hija de boticario a quien en un baile de estudiantes.

En 1959 tuvieron a Rodrigo su primer hijo, quien se convirtió en cineasta y en 1962, nació su segundo hijo, Gonzalo, actualmente diseñador gráfico en México.

Durante esos años, el escritor colombiano redacta la versión de prensa de El coronel no tiene quien le escriba (la edición en libro es de 1961) en 1962 crea las novelas Los funerales de la Mamá Grande y la Mala Hora la cual obtuvo el Premio Esso de Colombia en 1962.

La notoriedad de García Márquez comienza cuando se publica Cien años de soledad en junio de 1967, cuando en una semana vendió 8.000 copias.

La obra fue traducida a más de veinticuatro idiomas y ganó cuatro premios internacionales, En 1969, la novela ganó el Chianchiano Aprecia en Italia y fue denominado el «Mejor Libro Extranjero» en Francia. En 1970, fue publicado en inglés y fue escogido como uno de los mejores doce libros del año en Estados Unidos. Dos años después le fue concedido el Premio Rómulo Gallegos y el Premio Neustadt y en 1971 Mario Vargas Llosa publicó un libro acerca de su vida y obra. Para contradecir toda esta exhibición, García Márquez regresó simplemente a la escritura.

En 1972, Gabriel García Márquez escribió la serie de cuentos “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”, El negro que hizo esperar a los ángeles y ojos de perro azul.

Tres años después saldría publicada la novela el otoño del patriarca y en 1981 Crónica de una muerte anunciada.

Premio Nobel

El 21 de octubre de 1982, la Academia Sueca le otorgó el Nobel de Literatura "por sus novelas e historias cortas en donde lo fantástico y lo realista son combinados en un mundo de la imaginación ricamente compuesto que refleja la vida y los conflictos de un continente". El primero y único para un escritor colombiano.

Su discurso de aceptación, "La soledad de América Latina", se refiere a este tema de la soledad relacionado con América Latina: “La interpretación de nuestra realidad a través de los patrones, no los nuestros, sólo sirve para hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”.

”Yo tengo la impresión de que al darme el premio han tenido en cuenta la literatura del subcontinente y me han otorgado como una forma de adjudicación de la totalidad de esta literatura”, dijo Gabo, en uno de los discursos más recordados en la historia de los premios Nobel.

En 1983 volvió a Colombia y crea en Barranquilla el periódico El Otro donde laboran principalmente periodistas jóvenes.

En 1986, promueve la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano a través de su Escuela de cine de San Antonio de los Baños, en Cuba.

Su única pieza de teatro, Diatriba de amor contra un hombre sentado, se publicó en 1988.

En 1994, con su colega Tomás Eloy Martínez fundó en Cartagena de Indias la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, una escuela "sin muros" cuyo fin es "estimular las vocaciones, la ética y la buena narración en el periodismo, sobre aspectos tan variados como el uso de la grabadora o la función de los editores".

García Márquez recibió otros reconocimientos a lo largo de su carrera, entre ellos el doctorado Honoris Causa por Columbia University de Nueva York (1971), el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, (1972), el Premio Dimitrov de Bulgaria (1978), medalla de la Legión de Honor de Francia (1981), la Condecoración del Águila Azteca de México (1982) , la Orden Félix Varela de primer grado de Cuba ( 1982), el Premio 40 años del Círculo de Periodistas de Bogotá (1985), el Doctorado Honoris Causa, Universidad de Cádiz (1994), entre otros.

Obras

1955 La hojarasca (novela)
1958 El coronel no tiene quien le escriba (esta primera edición fue hecha en prensa; la edición en libro es de 1961)
1962 Los funerales de la Mamá Grande (cuentos)
La mala hora (novela). (Edición rechazada por el autor. 2da. edición en 1966)
1967 «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» (cuento)
Cien años de soledad (novela) Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 1972
1968 La novela en América Latina: diálogo con Mario Vargas Llosa
1970 Relato de un náufrago (reportaje).
1972 La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (cuentos)
Cuando era feliz e indocumentado (reportajes publicados en Venezuela)
«El negro que hizo esperar a los ángeles» (cuento)
Ojos de perro azul (cuentos)
1974 Cuatro cuentos
Chile, el golpe y los gringos (reportaje)
1975 El otoño del patriarca (novela)
1981 Crónica de una muerte anunciada (novela)
1984 Persecución y muerte de minorías. Dos perspectivas polémicas ( co -autor: Guillermo Nolasco -Juárez)
1985 El amor en los tiempos del cólera (novela)
1986 La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile (reportaje)
El cataclismo de Damocles
1989 El general en su laberinto (novela)
1992 Doce cuentos peregrinos
1994 Del amor y otros demonios (novela)
1997 Noticia de un secuestro
Me alquilo para soñar
1999 Obra periodística completa
2002 Vivir para contarla (memorias)
2004 Memoria de mis putas tristes




El mejor oficio del mundo

Discurso ante la 52ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Los Ángeles, EE.UU., 7 octubre 1996.

A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo, y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.Hace unos cincuenta años no estaban de moda escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción.

Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas pero en realidad no lo eran.
El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales, y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.

La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo -como nosotros mismos lo llamábamos.- Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era siquiera bachiller.

La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar. Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.

La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva dé textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor. Algunos, conscientes de sus deficiencias, se sienten defraudados por la escuela y no les tiembla la voz para culpar a sus maestros de no haberles inculcado las virtudes que ahora les reclaman, y en especial la curiosidad por la vida.

Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida, por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir: las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de, redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.

No es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones, que tanto deseábamos en nuestros tiempos, hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora del cierre. Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material, para dos columnas y a la hora de la verdad sólo le asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiene tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. “Ni siquiera nos regañan”, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevir él mismo a las galeras de la tecnología.

Creo que es la prisa y la restricción del espacio lo que ha minimizado el reportaje, que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere de más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Es en realidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Es decir: la noticia completa, tal como sucedió en la realidad, para que el lector la conozca como si hubiera estado en el lugar de los hechos.

Antes que se inventaran el teletipo y el télex, un operador de radio con vocación de mártir capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales, y un redactor erudito las elaboraba completas con pormenores y antecedentes, como se reconstruye el esqueleto’ entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Sólo la interpretación estaba vedada, porque era un dominio sagrado del director, cuyos editoriales se presumían escritos por él, aunque no lo fueran, y casi siempre con caligrafías célebres por lo enmarañadas. Directores históricos tenían linotipistas personales para descifrarlas.

Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes.
Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma -sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.

Aun a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno solo: la libreta de notas, una ética a toda prueba y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían. El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no escucha, repite -como un loro digital- pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.

La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con la semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. Tal vez la solución sea que se vuelva a la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.

Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.
El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.

Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre una especialidad específica -reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras- bajo la dirección de un veterano del oficio. En respuesta a una convocatoria pública de la Fundación, los candidatos son propuestos por el medio en que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años, tener una experiencia mínima de tres y acreditar su aptitud y el grado de dominio de su especialidad con muestras de las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.

La duración de cada taller de pende de la disponibilidad del maestro invitado -que escasas veces puede ser de más de una semana-, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos, sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.

Trescientos veinte periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y medio de vida de la Fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto con dos talleres de crónicas y reportajes. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con la colaboración de un general de las Fuerzas Armadas que señaló muy bien los límites entre el heroísmo y el suicidio. Tomás Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos y Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnífico Horacio Bervitsky y el acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea. Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.

Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y, la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.

Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida. Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no, la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.