Carta desde Chile

Imagen "La guerra de los duraznos"
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Por: Paola Arcila
Esta carta fue realizada por el escritor chileno Roberto Ampuero, quien lanzó hace poco el libro “La guerra de los duraznos” y que ha decidido compartir con los lectores de Tinta y Tinto un día de su vida.
Ampuero, vive en EEUU, donde es profesor de la Universidad de Iowa en escritura creativa. Entre sus novelas se destacan: “El caso Neruda”, “Los amantes de Estocolmo”, “Pasiones griegas” y “Nuestros años verde olivo”, así como la popular saga de su investigador privado Cayetano Brulé.
Con “La guerra de los duraznos” Ampuero logra una narración de dos pandillas de niños que se ven envueltas en diferentes aventuras, una historia dulce e inocente que en las letras dibuja la figura de la lealtad en medio de la emoción de cada página.
Así es, pues, queridos lectores, que podemos entrar en la vida de Roberto con un tinto caliente y humeante.
Por: Roberto Ampuero
Hay dos tipos de escritores, los escritores alondras, que escriben por la madrugada, y los búhos, que sólo lo hacen por la noche. Yo soy de los primeros. Mi jornada comienza a diario a las seis de la mañana en punto, invierno o verano, día de semana o feriado. No es que me imponga esa disciplina como un soldado, yo escribo porque si no escribo todos los días comienzo a morirme de a poco. Como me dice mi mujer: “Escribe mejor que si no escribes te vuelves insoportable”.
Despierto sin despertador, todos los días a las cinco y treinta. Paso a la cocina, me preparo mi expreso y subo a mi estudio en el segundo piso de casa. Conecto una radio chilena que transmite música de los años sesenta y cincuenta, y comienzo a escribir y a saborear el café. No leo los diarios ni llamo por teléfono antes de escribir. De lo que se trata es de iniciar la escritura en un estado de equilibrio y concentración. No me gusta escribir por la noche porque siento que a esa hora uno está cargado con las frustraciones del día y esas vibraciones pasan a lo que uno escribe y lo perjudican.
Dejo de trabajar a las ocho y 45, que es cuando suelo ir ciertos días a impartir clases. No escribo más de tres horas seguidas cada mañana, es cierto, pero son horas dedicadas íntegramente a escribir algo nuevo, a avanzar una novela. Es por las tardes cuando corrijo, edito, acorto, amplío y descarto. La música y el café siempre me acompañan.
¿Escribo siempre en el mismo lugar? Suelo hacerlo en el estudio de mi casa. Allí escribí EL CASO NERUDA o HALCONES DE LA NOCHE, pero novelas como LOS AMANTES DE ESTOCOLMO y PASIONES GRIEGAS las escribí en el café Java House, de Iowa City. Llegaba allí cada mañana a las 6 y 30, hora de apertura, ocupaba la última mesa del local, entre esculturas y cuadros, sacaba mi note-book y me ponía los audífonos del IPod con buena música, y me quedaba allí escribiendo hasta las nueve.
Al poco tiempo todos sabían que esa era mi mesa, cosa que respetaban, y me traían el macchiato sin pedirlo. La ventaja de un lugar así es que no tienes interrupciones. No puedes ir a la cocina ni atender llamados, y estás en una isla, que es tu mesa, donde escribes hasta que se cumple el plazo.
También me gusta escribir la primera versión de mis novelas a mano, en libretas con tapa de cuero y buen papel. Nada como dejar que la historia te fluya de la cabeza al papel a través de tu cuerpo, sin ningún aparato mecánico o electrónico de intermediario. Nada como ese sonido de la pluma rasgando el papel, la letra que va llenando línea tras línea, la sensación de que vives y respiras a través de tu letra e historia. Después paso la novela completa al note-book y sigo el procedimiento tradicional, guardando, eso sí copia impresa de cada versión porque la electrónica es traicionera.
Cuando termino de impartir mis clases, almuerzo y vuelvo a casa a escuchar música, ver cine y leer. Desde hace años simplemente interrumpo la lectura de novelas que no me atrapan. Antes, cuando joven, las leía hasta el final, me gustasen o no. Ahora que sé que me quedan menos días de vida, sólo leo lo que me deparan placer y considero me enseñan. A veces paso semanas leyendo novelas, otras las paso leyendo libros de historia o política, y a menudo escribo con música y me gusta tener un espacio luminoso, junto a una ventana y que no esté a ras de tierra. Por las noches me duermo leyendo.
¿Cuándo sé que un manuscrito ya está casi listo para ser publicado? Cuando antes de salir siento que debo decirle a mi mujer: “Si llega un tornado o un incendio, agarra nuestros ahorros, las fotos de la familia y el manuscrito”.
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