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El mundo que se vuelve silencioso

Fernando Posada

Fernando Posada


Por: Fernando Posada

Solo el paso del tiempo permite asumir con una ambigua madurez lo que en otro momento representó frustración. Esta vez, para mí se cumplen diez años de una noticia que me obligó a crecer a toda marcha y que significó el comienzo de un reto para toda la vida.

Los más rotundos cambios son también los más inesperados. En ese momento, con quince años, era un estudiante promedio, lleno de inquietudes y con el sueño de estudiar periodismo. Descubría mi fascinación por la música, tocaba guitarra eléctrica para la banda del colegio y vivía una vida de total normalidad.

Pero en un plazo de pocos meses, mi familia comenzó a notar un cambio del que yo me demoré en caer en cuenta. Cada vez me costaba más trabajo entender cuando me hablaban y en ocasiones, si alguien decía algo sin que hubiera contacto visual, sus palabras podían pasar desapercibidas para mí. Mis amigos también debían repetir sus frases con un mayor volumen y con un ritmo menos acelerado para que yo les entendiera.

Una noche mis padres preocupados decidieron hablarme del tema y al día siguiente, a primera hora, me acompañaron a una cita audiológica. El resultado inmediato del examen le dio la razón a las preocupaciones de mi familia y reveló que desde antes de mi nacimiento había sido el desafortunado elegido en un improbable sorteo genético. Por más insólito que pudiera parecer, había sido el caso uno en mil.

Inicialmente los especialistas no lograron ponerse de acuerdo sobre los detalles y durante los primeros días alcanzamos a recibir con ilusión la noticia de que una cirugía podría devolverme la audición perdida, que rondaba el 20% en cada lado. Sin embargo, a través de exámenes de mayor profundidad pudieron determinar que la zona afectada era el oído interno; el escenario menos deseable entre las posibilidades que barajaban los médicos y uno de los únicos sin cura.

Los audífonos eran la única alternativa para compensar la audición perdida y en pocos días los convertí en una pieza imprescindible de mi día a día. Y a pesar del temor inicial que sentí ante la posibilidad de enfrentar bullying por parte de mis compañeros en medio de la odiosa adolescencia, no recibí de ellos más que apoyo y solidaridad.

En cuestión de meses, en medio del deseo por seguir con mi vida en completa normalidad, acepté que mi pérdida auditiva era algo que no podía cambiar. Hoy sigo tocando guitarra y trabajo como periodista en RCN Radio (dos actividades para las cuales es indispensable el oído), cumpliendo poco a poco mis sueños sin que mi pérdida auditiva, que no ha empeorado con los años, haya dificultado mi proceso. No hay reto que no se pueda superar.

Diez años después de la noticia que cambió mi vida, he decidido hablar sobre mi caso, luego de evidenciar en cientos de escenarios que la dificultad auditiva es un asunto poco abordado y sobre el cual debe informarse mejor. Y aunque en mi caso personal no ha representado barreras, cerca de once millones de colombianos viven silenciosamente con alguna dificultad auditiva, por lo que sigue pendiente una intensiva lucha para prevenir la pérdida de audición entre la ciudadanía y para ofrecer mejores oportunidades de vida a quienes la padecen.

Posdata: Son muchos los hábitos que pueden prevenir el incremento de la pérdida auditiva y ofrecer una mejor inclusión a los afectados. Si se da cuenta, por ejemplo, que un familiar o amigo tiene dificultad a la hora de entender lo que le dice, no tenga miedo en hablarle del tema. Si tiene un ser querido o un compañero de trabajo con dificultades a la hora de escucharle, no sea el insensible que se muestra molesto a la hora de repetirle una frase. Y por encima de todo, evite el uso desmedido de audífonos, de manera recreativa o laboral, pues su relación con la pérdida auditiva está cada vez más documentada.