Foto RCN Radio - Carlos Brand

http://media.rcn.com.co/audios/rcnradio/CroBrandENE04.mp3 Por: Carlos Brand Los hombres y mujeres de dos pequeñas veredas del sur de Bogotá respiran los hedores de las 8 mil toneladas de basura que se depositan a diario para tratamiento en el Relleno Sanitario Doña Juana. El camino que comunica a la urbe con la vereda Mochuelo Alto está rodeado de naturaleza andina y paisaje campesino a 10 minutos de la ciudad, con praderas dibujadas en lomas y animales pastando. Para mantener la experiencia durante el mayor tiempo posible hay que evitar abrir la ventana del carro. "Baje el vidrio", indica el señor Albeiro y añade con su cara realizando un gesto de repugnancia "¿Si ve?, eso le dan ganas a uno hasta de vomitar mi hermano". En efecto, cuando se cae en la tentación de sentir el viento y oler lo que esa belleza visual evoca, el visitante se choca con un olor intolerable a podredumbre y basura. Agrega don Albeiro que las noches son peores: "Se levanta uno tipo 3:00 o 4:00 de la mañana y sale y eso es como si usted tuviera el relleno aquí" y esfuerza sus ojos para enfocar la punta de su nariz. Mochuelo: un paraíso con un relleno sanitario En 1997 explotó el relleno Doña Juana, accidente recordado como la mayor catástrofe ambiental de la historia bogotana en la que un olor nauseabundo invadió toda la ciudad. Quienes recuerdan el episodio han de saber que ese olor nunca se ha ido del camino a las veredas de Mochuelo. Coincide Juan Esteban: "Ahora huele un poquito a feo pero este ni siquiera es el olor, son diez veces más el olor" y añade la señora Angie que "ni un negocio pone uno, a la gente que viene de visita le da asco comer, por el olor, dicen que les da asco, se imaginan todo lo peor". Rosa defiende su terruño: "Yo siempre le digo a toda la gente que si no fuera por el relleno esto sería un paraíso, es lindo yo amo a mi tierra y mi campo, si algún día me dicen que venda no vendemos porque aquí nací y aquí me moriré". Precisamente ese amor por la tierra es el que los lleva a la indignación por lo que les ocurre, Angie describe: "nos toca andar con tapabocas, el ratonero es terrible en las casas". Las plagas traen enfermedades, como una afección ocurrida a una familiar de Albeiro: "Mi nuera, después del último deslizamiento de basuras, le pasó que esa cara parecía una fresa, pepitas, pepitas y más pepitas, y para colmo va al centro de salud y la despachan solo con una fórmula porque no la cubre la EPS, como para que se untara la cara con la fórmula", expresa con ironía. Juan Esteban, por ejemplo, dio inicio a su lucha contra el relleno cuando la enfermedad tocó su puerta. "Yo decidí pelear y meterme incluso al relleno a protestar, luego de que mis papás se enfermaron muy duro de los pulmones, luego mi hijo nació de cinco meses por cuestiones de salud", dice. Algunos de ellos fueron indemnizados por la explosión de 1997, pero otros, la califican como una ofensa, porque, según ellos, nada paga lo que el relleno les quitó. "Me preguntaron si ya me habían dado la indemnización, yo les contesté que por mí que no me dieran nada, porque con 3 millones de pesos a mi no me van a devolver un pulmón, a mí no me van a devolver la salud", advierte Rosa con orgullo. "La verdad, ya ha matado mucha gente la cuestión de los pulmones con esa contaminación, nunca dan un diagnóstico que digan certeramente que es de eso, pero lo sabemos, porque el ambiente está envenenado", dice una afectada. Todas las personas entrevistadas, sin excepción, están convencidas de que muchos han muerto por los efectos del relleno Doña Juana, información que no tiene estudio epidemiológico que la sustente y que se basa únicamente en la experiencia comunal de ver más gente con salpullidos inexplicables o con enfermedades respiratorias y digestivas frecuentes. Mochuelo es un paraíso rodeado con polisombra y sitiado por insectos De las veredas de Mochuelo llama la atención que están literalmente rodeadas por polisombras que marcan los límites entre los predios del relleno sanitario y las casas de los viejos campesinos, como si fuera una gran faja. Pero la existencia de la polisombra (o tela de construcción) tiene un propósito mucho más que simbólico pues, desde hace años, los pobladores no tuvieron más opción que impregnar las telas con pegante para evitar que una nube bíblica de insectos invada sus casas. "Le echamos pegante y ahí los moscos se pegan, así desde hace años es difícil hacer alimentos, toca con una mano coma y la otra espante", dice Rosa, que vive con su esposo y dos hijas. Si el observador se acerca lo suficiente verá millones de insectos casi secos o moribundos pegados a la trampa, cuya eficacia es solo parcial, según los pobladores. "Hay momentos en los que esto parece un tapete, llenito de moscos y a veces hasta con los clientes toca recochar diciéndoles si quieren yogur con mosco o sin mosco", bromea la dueña de una fábrica de lácteos que funciona hace décadas en la zona. En Mochuelo Alto se narra con tristeza la historia de una feria que intentaron hacer hace ya ocho años para llamar turistas y que permite entender la gravedad de la situación. "Había carpas, con comida y todo, para que la gente viniera, el turista y todo, pero se perdieron toneladas de comida, porque a la gente le daba asco con la cantidad de moscos (…) porque nosotros ya estamos enseñados", relata Rosa. Son kilómetros continuos de esas telas verdes que normalmente se usan para separar las obras públicas, pero que en este caso son una muralla artesanal entre lo habitable y lo no habitable, entre la gente y los predios de la basura. Así paga el diablo a quien bien le sirve... ¿De dónde sale toda la basura que se respira en las veredas de Mochuelo? Casi podría decirse que en promedio cada bogotano aporta un kilo de basura diaria al relleno sanitario Doña Juana, sumando en una jornada cerca de 8 millones de kilogramos que llegan para su tratamiento. "Somos una despensa de Bogotá, sin embargo, allá nos devuelven es basura, ¿y a cambio de qué?, de nada", concluye una campesina. La indignación vuelve a invadir los rostros de los campesinos de Mochuelo cuando recuerdan que mientras ellos siembran parte de la comida y producen parte de la leche de los capitalinos, el leviatán llamado Bogotá les devuelve desechos. "Nos pagan con las patas, sagradamente eso pasa, uno les tiende la mano y resultan mordiéndole la mano a uno", dijo el dueño de un restaurante que cada vez vende menos. A propósito de comida, dice una pobladora que "el que mandó a hacer ese relleno debería estar comiéndose ese olor que nos comemos nosotros, pero vinieron a meternos el relleno a los más pendejos, porque dicen que somos boyacos, que somos camperos, pero créame que aunque uno no tenga estudio es más inteligente que los grandes de abajo". La estrategia que describe el líder comunitario Juan Esteban Cantor para mitigar los daños del relleno, es responsabilidad directa del consorcio que administra el depósito. -¿Cuál es esa estrategia? -Ellos en compensación con la comunidad nos dan unos platos desechables, unas cintas, unas trampas para ratones, yo en la casa tengo esa compensación. -¿Quién les da eso? -CGR, el que está manejando el relleno sanitario. -¿Ese es un plan de mitigación? -De pronto en compensación también nos prestan una oficina con internet gratis. En Mochuelo Alto y Bajo su gente se conoce desde siempre y saluda a sus visitantes como si fueran vecinos, siempre hay tinto y si llega a la hora del almuerzo no dudan en poner otra silla a la mesa. Rosa, la primera y última mujer que visitamos sentenció con su acento campesino casi rendida: "Uno aquí no hace sino trabajar y mandarles comida para la ciudad y ellos no hacen sino, en pago, mandar la basura para acá para nosotros. Nadie se compromete, nadie hace nada, nadie firma”. Es simple saber qué es lo que quieren los campesinos de Mochuelo, que se vaya el relleno, con sus hedores, con sus insectos, con sus ratas, para recuperar esa tierra que les ha dado fresas, papa, arveja y zanahoria. Tierras tan buenas que han soportado ser por décadas la caneca de Bogotá.