Por Daniel Canal Franco

Mire su mano, probablemente tiene un vaso plástico de café a medio terminar si está en la oficina; o sobre el escritorio, entre los cuadernos y el computador, hay un paquete de papas que se comió hace un rato. Si mira a su alrededor (gire la cabeza con confianza) verá que está rodeado de basura, basura por todas partes, que al arrojarla a la caneca saldrá de su vida y se convertirá en problema de la ciudad.

La ruta de la basura

Bogotá produce 6.500 toneladas de basura al día que van a parar al relleno Doña Juana. Es decir, en promedio cada persona contribuye con 0,8 kilos diarios, o unos 292 kilos al año, lo que pesa una Harley Davidson con conductor y todo. Entonces, con un poco de matemáticas, se puede decir que cada año la ciudad produce 2.372.500 toneladas de basura, lo que equivale a 13.200 ballenas azules juntas (casi el total de su población mundial). Visto así, la basura es un problema real y urgente de la ciudad.

Le preguntamos a la gerente social y comunitaria de Aguas de Bogotá (una de las cuatro empresas que recoge la basura en la ciudad), Jennifer Arias, cómo es el recorrido que hace la basura:

“El proceso es muy simple. La gente saca los residuos, los deposita en las canecas, los sacan de sus apartamentos o el comercio, y nosotros tenemos tres turnos como empresa para hacer la recolección de los residuos. Funcionamos 24 horas, 7 días a la semana, 365 días del año”.

Una vez el compartimento compactador de los camiones está lleno, con unas 14 toneladas de basura, van a descargar al relleno Doña Juana.

Según Víctor Caro, operario de uno de los camiones recolectores, recogen una tonelada de basura por kilómetro recorrido, pero incluso pueden llegar a ser dos o tres toneladas por kilómetro. En los días pesados, como dice, para terminar su ruta de 14 kilómetros le toca hacer hasta cuatro viajes al relleno para descargar.

El problema, explican tanto las directivas de Aguas de Bogotá como los operarios, es que no hay consciencia por parte de la ciudadanía para producir menos basura, reutilizar y reciclar, y separar los desechos. Los residuos sólidos se dividen en peligrosos, reciclables y no reciclables, y cada uno requiere un tratamiento particular, pero casi siempre terminan en la misma bolsa.

“A nivel mundial en los países más desarrollados se tiene una consciencia muy fuerte de que hay que separar la basura para poder reutilizar lo que se puede reutilizar. En Bogotá, y en Colombia en general, esa consciencia es muy poca. Son muy pocos los ciudadanos que responsablemente hacen el proceso de separación porque además no está reglamentado”, explica Arias.

Según Víctor, el operario, por lo que ve en la calle, menos del 50% de las personas dejan por lo menos las botellas plásticas aparte para que se las lleven los recicladores. Gran parte del material que podría reutilizarse termina innecesariamente en el relleno por falta de consciencia. Como dijo en enero de este año el director de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), Néstor Franco, a este ritmo la vida útil del relleno Doña Juana sería de cinco años.

Puntos críticos

A lo largo y ancho de la ciudad hay unos lugares particulares que se conocen como puntos críticos, donde por malas prácticas de la ciudadanía se acumula basura, escombros (que deberían ir a una escombrera y no a los rellenos) y cualquier tipo de desperdicios que las personas no quieren en sus casas y terminan tomándose el espacio público.

Como explica Arias, el problema de los puntos críticos “no es solamente porque se vea sucia la ciudad, sino que esos puntos generan problemas de inseguridad, entonces son puntos donde lo pueden robar a uno, donde pueden prestarse para situaciones de microtráfico, donde, además, pueden presentarse vectores como roedores, entonces empieza a tener unas complicaciones de salubridad y de seguridad importantes”.

De los 650 puntos críticos estimados que hay en la ciudad, Aguas de Bogotá interviene 340. Para erradicarlos se hacen trabajos de intervención y sensibilización con la ciudadanía en la zona, decorando con materas el lugar para que no se vuelva un foco de desechos, educando a la comunidad para que saque la basura en los horarios establecidos, y para que no le entregue los escombros a los carreteros, pues los dejan en la calle en vez de llevarlos a la escombrara.

Limpiar un punto crítico puede llevar más de 30 minutos de trabajo con un equipo de cinco personas, volqueta y excavadora; donde los operarios se exponen a vidrios, jeringas e incluso líquidos inflamables… y encuentran hasta colchones.

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Un cambio de mentalidad hacia el reciclaje

“No, la gente no recicla. No son conscientes del reciclaje”, dice Luis Rodríguez, un reciclador de profesión. “La mayoría de gente se pone brava con uno porque uno va a revisar una bolsa, la gente se pone brava porque uno va a abrir una bolsa y se emputan con uno, no son conscientes de que uno está ayudándoles a reciclar, a sacar lo que sirve para reutilizar”.

Lo que pasa es que el esquema de reciclaje depende, en gran medida, de la ciudadanía y los recicladores. Los primeros separando la basura para que los segundos lleven los desechos reciclables a los centros de reciclaje. Estos materiales son plásticos, cartones y metales.

Por su parte, las empresas recolectoras tienen como función llevar los residuos al relleno, pero por temas prácticos y logísticos no son las encargadas de su clasificación y separación para el reciclaje.

Como dice Arias, hay que tener presentes dos cosas: alguien más tiene que recoger nuestra basura y lidiar con lo que nosotros no queremos, y los problemas de la ciudad son nuestros problemas. Entonces, usted que está en su oficina a punto de tirar un vaso desechable a la caneca, mire a su alrededor y piense qué podría reutilizar o como podría producir menos basura.

Por ejemplo, mañana en vez de tomarse su café en un vaso desechable de cartón que en minutos se convertirá en basura, lleve su taza plástica, al terminar lávela, y con esa simple acción contribuirá con un vaso menos de cartón cada día.