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En el inmenso entorno que cubren las más de 26.800 hectáreas de la Ciénaga Grande de Santa Marta, municipios como Tasajeras y Pueblo Viejo  han sido lugar de residencia de humildes pobladores, quiénes a base de esfuerzo y trabajo han logrado subsistir en la agreste región en medio de la amenaza latente a la fauna y la flora que representa la inclemente sequía, la sedimentación, la escasez de peces y la mortandad de plantas acuíferas.   La problemática ambiental que afecta al complejo lagunar se evidencia con mayor intensidad en los llamados pueblos palafíticos de Nueva Venecia, Trojas de Cataca y Buenavista.

Para José López, residente del sector, la falta de variedades piscícolas es una situación crítica que ya llega a niveles insostenibles, según sentencia, “esto está acabado, aquí no se coge ni para comer, las aguas están malas, los mangles se están acabando por mucho verano, nos falta agua dulce, la pesca no está dando nada”.

La combinación entre las aguas provenientes del Mar Caribe y las corrientes de agua dulce no producen en la Ciénaga el normal flujo hídrico para el sostenimiento de las especies.  La mayor presencia de sal marina, en contraste con la ausencia de suficiente caudal del río Magdalena producto de la sequía y el sedimento excesivo, termina por intoxicar la presencia de organismos vivos.   Según Edilberto Mendoza, pescador de la región “el mangle está muriendo por las aguas podridas, el vertimiento de agua dulce a salada y de salada a dulce por el fenómeno del niño, lo está matando, lo que se reprodujo en dos años se está acabando”.

Han transcurrido más de 30 años desde que aconteció el gran desastre ambiental de la ciénaga.   En esta ocasión los  residentes de todo el componente lagunar quieren evitar que se repita la historia.   Los campesinos, quiénes al final experimentan la realidad,  advierten: “Si no se interviene  el ecosistema la desaparición de los recursos será casi inevitable”.