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Foto: RCN Radio

Un grupo de excombatientes de base y de mando medios de las FARC que se reintegraron a la vida civil tras dejar las armas, renunciaron a continuar como integrantes del nuevo movimiento político, y en una serie de críticas dicen que el partido está en crisis por la desconexión entre la dirigencia y las bases, la falta democracia interna y determinaciones que rompen el sentimiento colectivo de esa organización.

La carta conocida por RCN RADIO y firmada sólo con los nombres de Erika, Oscar, Jennifer, Leo, Fredy, Jeison, Paula y Javier, señala que “ la actual crisis del partido es producto de la falta de democracia a nivel interno, no se escucha a las bases del antiguo ejército, del anterior partido ni de quienes hicieron parte del movimiento bolivariano que llegan ahora a integrar el nuevo partido, y mucho menos se les da participación en la toma de decisiones”.

Los firmantes acotan que estos hechos son de ‘altísima gravedad’, y consideran que “atentan contra el carácter popular, transformador y revolucionario al que podría aspirar la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Pero lo que reviste la mayor gravedad es que se han dado muestras, en repetidas ocasiones, de no estar interesados en corregir o cambiar estas prácticas“.

Acotan que hicieron “llegar en repetidas ocasiones informes que daban cuenta de situaciones antidemocráticas en la construcción de la marcha patriótica y del partido (que prácticamente eran lo mismo), pero que no fueron tenidas en cuenta.

Los firmantes de la carta subrayan que un primer indicador “fue la facultad que se otorgó al secretariado para tomar decisiones de forma autónoma sin previa autorización de la base, lo cual fue un atropello al principio partidario denominado dirección colectiva” .

“La violación de este principio permitió que se diera un manejo engañoso al espinoso tema de las armas, en cuanto se aseguró a la militancia y al país a lo largo de los diálogos con el gobierno, que las FARC jamás entregarían las armas, por el contrario, lo que habría es una dejación de las armas respetando el criterio que establecía el camarada Manuel Marulanda en cuanto a que 'Nosotros haremos un acuerdo en algún momento, pero nuestras armas tienen que ser la garantía de que aquí se va a cumplir lo acordado. En el momento en que desaparezcan las armas, el acuerdo se puede derrumbar. Ese es un tema estratégico que no vamos a discutir' (6 de septiembre de 1998)”, señala en un de sus apartes el documento.

Explican los firmantes, “que la dejación de armas en esencia era dejar bajo el cuidado de un tercero el material bélico de la organización como garantía de cumplimiento, realizando la destrucción del mismo solo cuando se hubiese logrado la plena implementación de los acuerdos logrados por el proceso de paz”, pero dicen que “sin explicación alguna se entregan las armas a la ONU para ser destruidas sin que la implementación de los acuerdos se hubiese dado a cabalidad, y más grave aún sin que los prisioneros de guerra y los presos políticos que se encuentran retenidos por el Estado hubiesen recobrado su libertad en su totalidad”.

También en su carta de renuncia al partido de la FARC, los exguerrilleros cuestionan que los jefes de ese grupo hubieran aceptado “la movilización y concentración de la tropa en áreas conocidas y la entrega de las armas y el dinero de la organización,” y no conformes dicen, “ también entregan las banderas de la asamblea nacional constituyente, entregando a las élites la decisión sobre el mecanismo de refrendación del acuerdo”.

Enfatizan que todas las decisiones anteriores se tomaron “sin discusiones amplias, sin consultar a las bases, configurándose un grupo de privilegiados con el derecho a pensar y a decidir por el resto del movimiento; de allí la frase que ronda al partido desde hace un tiempo: 'las decisiones se toman desde arriba'. Aunque el resto del movimiento si debe sufrir las consecuencias de decisiones en las que no ha participado”.

Los ex combatientes reiteran que “las dificultades en cuanto a la construcción democrática del partido emanan de las comandancias, especialmente de las comandancias que conforman los organismos de dirección“.

Así mismo, critican la re-estructuración que se hizo del partido en Bogotá y de los planes de acción que se les comunico mediante una circular “que ordena disolver las diferentes estructuras de trabajo y se presentan unos sectores en los que los militantes deben inscribir su accionar político, además de restringirse a un área geográfica específica de Bogotá que de acuerdo al ordenamiento territorial de la burguesía corresponde a las localidades. Hacemos énfasis en cuanto a que fue una orden desde arriba, dado que a la base no se le convocó para la discusión y la determinación del plan de acción”.

Igualmente, los integrantes del grupo de la Farc que renuncian a ese partido se refieren al congreso constitutivo de ese movimiento que se realizó en octubre en Bogotá y afirman que “todo ello en medio de bastantes inconformidades por parte de la militancia y ante la necesidad de una dirección que ante las burlas de la institucionalidad del gobierno y por ende de las élites en cuanto a la implementación del acuerdo necesitaban de la rápida consolidación del nuevo partido”.

Subrayan que el día que se revelaron los nombres de la dirigencia del nuevo movimiento hubo un sabor agridulce. “En primer lugar quedó en evidencia la conformación de fracciones al interior del partido lideradas por antiguos comandantes que no quieren dejar de serlo (siendo estos los intereses a los que hacíamos mención anteriormente); estas fracciones corresponden en gran medida a la anterior subdivisión por bloques, emergiendo ante la base vergonzosas pugnas internas por cargos, direcciones pero sobre todo por el control del partido”.

Acotan que varias personas intentaron ingresar al evento sin haber sido elegidas como delegados por alguna estructura, “con el beneplácito de reconocidos excomandantes, buscando establecer mayorías de forma fraudulenta para incidir en las decisiones que se tomarían en el congreso y en las votaciones para la elección de la dirección nacional“.

También los firmantes de la carta critican que se haya abandonado "el marxismo-leninismo como la línea central del partido, promovido por la mayoría de los ex-comandantes de las Farc, argumentando que este cambio era de carácter táctico en perspectiva de la lucha electoral que se avecinaba y de la necesidad de lograr el crecimiento en cuanto al número de militantes para poder conservar en el tiempo la personería jurídica del partido, manifestando que esta línea política ha sido profundamente desprestigiada por los medios de comunicación de la burguesía, pero que los principios no iban a cambiar aun cuando no se plasmaran en los estatutos que rigen al partido, es decir, se estableció un acuerdo verbal”.

La carta revela que en congreso de las Farc en 2017, se ratificó la decisión de no lanzar un candidato propio a la presidencia, “cuestión que se había comunicado en reuniones previas como la realizada en la zona veredal de Icononzo Tolima y aunque no se determinó cual sería la postura del partido en la contienda electoral por la presidencia, persistía en el ambiente la intención de apoyar a Humberto de la Calle, cuestión que por lo menos para nosotros no dejaba de ser controversial”.

Señalan que de “forma inconsulta y contrariando la determinación del congreso se lanzó la candidatura a la presidencia de Timoleón Jiménez, con el agravante de que dicha determinación fue conocida por la militancia a través de RCN y Caracol en vez de que hubiera sido dada a conocer previamente por el mismo partido”.

“Las mujeres y hombres que hemos elaborado esta carta nos vamos porque encontramos que tenemos profundas diferencias con la dirección y sus apadrinados (con contadísimas excepciones), no con las bases que trabajan a diario, de forma trasparente y desinteresada, dirigimos una crítica fraterna a un importante de la militancia que teme expresar sus inconformidades (que sabemos que las tienen), pues sabemos la admiración que despertaban los antiguos comandantes guerrilleros (nosotros también la sentimos), pero es impresentable que realizar una crítica, exigir que hagan bien su trabajo, respeten a la base, rindan cuentas, se les exija que escuchen y no se hagan los sordos, se convierta en una especie de herejía, de sacrilegio”, concluye la carta de ocho páginas.