Foto: Cortesía UNFPA



El pasado 2 de enero en un hospital del oriente de la capital colombiana murió una bebé de seis días de nacida. Una infección luego de haber sufrido el corte de su clítoris, complicó su estado y finalmente la pérdida de sangre tras el procedimiento hecho por su propia madre, le causó la muerte.

Dayana Domicó, hace parte de la comunidad Embera y trabaja en la Consejería de Familia, mujer y generación de la Organización Nacional Indígena. Explica que la mutilación genital femenina es vista, especialmente por los mayores, como una tradición que cura a las niñas, teniendo en cuenta que “las parteras y las madres que lo hacen dicen que es como para que las niñas no salgan muy contentas, por así decirlo”.

Jorge Parra es médico Gineco-Obstetra y además es el representante en Colombia del Fondo de Población de Naciones Unidas. Ha liderado investigaciones sobre el tema de la ablación y entiende que hay una concepción sobre el papel de la mujer en algunas comunidades nativas pues “hay todavía la creencia de que el placer sexual en una mujer es un tabú, que la función de las mujeres y del acto sexual es básicamente procreativa”.

Entre los Embera Chamí también se cree que la ablación, o como ellos la denominan la curación, evitará que a las niñas les pueda crecer un pene o que se facilite su fidelidad en el matrimonio.

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“Dicen, hay que curarlas de ese pecado y para que sean fieles, por así decirlo a los maridos que vayan a tener a futuro”, agrega Domicó.

La gran Nación Embera, como es denominada esta comunidad indígena, está presente en 18 departamentos de Colombia. La documentación realizada por organizaciones no gubernamentales, el mismo Fondo de Población de la ONU y la ONIC destaca que en algunas zonas del Valle del Cauca, en Risaralda y en Chocó, las niñas que nacen son sometidas a la mutilación genital femenina.

“No hay otro país en Latinoamérica, en donde se haya evidenciado esta práctica”, afirma Parra.

Pero la ablación fue adoptada de las tribus africanas y no hace parte de la cultura Embera pues sus costumbre, según sus autoridades, defienden el ser y la vida. Sin embargo la tradición oral ha hecho que muchas mujeres crean que sí es un acto obligatorio.

“Una de las madres que nos contó, dijo que a ella la partera le había indicado que tenía que hacerse por unos motivos, como la curación, para que a su hija pueda estar muy bien, pues porque le dan un sentido de bienestar y por eso realizó la práctica”, destaca la delegada de la ONIC para estos temas.

A los riesgos de muerte, inmediatamente se realiza la ablación, se suman otras complicaciones cuando las niñas pasan a ser mujeres y dan a luz o incluso dentro de las relaciones sexuales.

Jorge Parra destaca que esta práctica considerada en contra de los derechos de las personas debe desaparecer porque “ninguna práctica cultural puede atentar contra los derechos de las personas, en este caso el derecho a la vida y el derecho a la salud”.

Solany Zapata vive en una de las zonas en donde se practica la ablación en Colombia. Asegura que es posible la erradicación de este procedimiento siempre y cuando haya un acompañamiento constante a su comunidad. La líder nativa, en la ciudad de Pereira, señala que “eso si se puede acabar pero es un trabajo continuo, no se puede quedar ahí y esperar que hacia el dos mil y tantos se acabe, yo pienso, desde mi punto de vista que esto hay que seguir haciendo un trabajo dentro de las comunidades”.

Uno de los compromisos de la Asamblea de la ONU en 2015, es fijar una meta hacia la erradicación de la mutilación genital femenina. En Colombia ese propósito está marcado para el año 2030.

“Con las comunidades indígenas estamos trabajando para que ellas mismas, mediante una reflexión y un diálogo traten de comprometerse a erradicar esta práctica que en realidad no da ningún beneficio a las niñas y más bien puede traer muchas complicaciones”, puntualiza Jorge Parra.

Se estima que diariamente en las zonas alejadas, en donde habitan las comunidades Embera Chamí, una niña es sometida a la ablación y en algunos casos se producen graves complicaciones de salud. Esta práctica hoy es más visible que antes, razón por la cual se esperar tener mayor éxito en su desaparición.

Por Javier Jules