Que si nació en Tolouse (Francia), en Tacuarembó (Uruguay) o en Argentina; eso es lo de menos y no deja de ser algo meramente boográfico o anecdótico, lo cierto es que Carlos Gardel, con ese don natural para el canto, fue un ciudadano del mundo que después de su sensible desaparición hace 82 años, sigue siendo una leyenda inmortal del tango

De su relación con estas breñas caldenses, lo único que se conoce es que luego de su trágica muerte en un infortunado accidente en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín el 24 de junio de 1935, su representante y amigo personal, Armando Defino, solicitó al gobierno colombiano la repatriación de su cuerpo, y el prolongado regreso a la Argentina, incluía el paso obligado por varios pueblos de este departamento.

El extenuante recorrido con los restos mortales de Gardel, de su amigo Alfredo Lepera y de sus guitarristas Guillermo Barbieri y Ángel Domingo Riverol, se inició por vía férrea desde Medellín hasta el municipio de La Pintada; Luego siguió a lomo de mula por los pueblos antioqueños de Valparaíso y Caramanta. Se descendió hasta Supía en territorio caldense, de allí se dirigió a Riosucio y luego llegó a Anserma.

Los queridos viejos de aquella época, contaban que tanto en el recinto del Concejo de Supìa, como en la ciudad del Ingrumà y en Anserma, el cuerpo del “Morocho del Abasto” alcanzó a ser velado. Decían además, que incluso en la Santa Ana de Los Caballeros pernoctó el cortejo fúnebre que luego se dirigió al puerto de Buenaventura, desde donde continuaría un nuevo itinerario hasta su destino final en el Cementerio de La Chacarita en Buenos Aires.

La presencia del cadáver de Gardel en las poblaciones del occidente caldense pasó casi que inadvertida, porque los arrieros encargados de transportar los féretros adelantaron la dispendiosa tarea con mucha discreción para evitar alteraciones del orden público, por la fama y la importancia de semejante personaje.

Al conmemorarse este 24 de junio del 2.017 los 82 años de la muerte del “Zorzal Criollo”, hay que reconocer que el recuerdo de este ícono de la música ciudadana permanece tatuado en el alma del pueblo caldense y que Gardel, el ídolo, no es propiedad exclusiva de nadie, porque su voz sigue siendo un patrimonio universal.