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Entre "el picadillo" y "los tatucos": crónicas de Caballero

Los niños de la escuelita local de la vereda Bodegas, cerca a Toribío (El Cauca) recuerdan todavía con claridad el episodio que los perturbó esta semana, cuando un tatuco lanzado por las Farc lleno de explosivos cayó cerca de donde recibían sus clases:

"Eso pasó 'voltiando' y 'voliando' humo y candela, y cayó en la tierra y la explotó", dijo uno de ellos aún hablando en 'media lengua', como hablan los niños más pequeños cuando no han aprendido por completo el castellano.

Los testigos están entre los cuatro y los siete años de edad, y el relato lo hacen desde la planicie que les servía de cancha de fútbol. Ahora tienen miedo, dolor de cabeza y mucha hemorragia nasal.

Lejos de ahí, en el barrio Alberto Lleras de Buenaventura, "Las tejedoras de la memoria" y los habitantes de la "Capilla contra el olvido" recuerdan cada día a sus hijos desparecidos en medio del espiral de violencia de los grupos armados ilegales. Una de estas mujeres dice:"Yo ahora sólo quiero que me digan dónde lo mataron, pa' irlo a recogé y enterrarlo cristianamente".

No con menos desolación, otra de las madres cuenta: "Al menos, antes los mataban a bala y uno podía ir a levantarlos pa' enterrarlos. Pero ahora son los niños que juegan en bajamar los que encuentran pedazos de piernas, brazos y hasta cráneos que el mar devuelve, porque al mar tampoco le gustan las injusticias".

Este es el rostro oculto por el miedo y el terror en el Valle y El Cauca. Son las madres rabiosas e impotentes de la montaña de la Cordillera Central del Cauca que ven cómo sus hijos crecen entre cilindros mortales de las Farc y balas de fusil grande de militares y policías, mientras ellos están desarmados y miedosos en medio del conflicto, repasando los impactos en las paredes y en las puertas de sus humildes viviendas.

O son las madres y los padres de hijos desaparecidos, que en su mayoría creyeron que era verdad eso del dinero fácil que ofrece el narcotráfico, y pagaron caro, con su vida y su muerte "que para ellos no ha sido el descanso eterno".

Esta es la cara de la guerra del silencio. Esa que no se ve en las estadísticas porque el miedo impuesto por los asesinos no la deja llegar a la suma de muertes que todos los días contamos en este país. Aquí los desaparecidos no suman.

Solamente la autoridad muestra los números de la muerte, que son los que más aprecian para contarnos que la violencia disminuyó en un equis por ciento, que en nada resuelve el fondo del conflicto social y bélico que está matando otra generación más de colombianos.

La pastoral social de Buenaventura confirmó las denuncias de las tejedoras de memoria y de la gente de la calle, y por esto están amenazados desde el obispo, Monseñor Epalza, hasta sus ayudantes, en la recuperación de este tejido social que cada día parece más vulnerado por la guerra.

Estas donde además se obliga a las niñas a la prostitución desde tempranísima edad, y en todos estos sectores marginales, y lo peor, son lenguaje habitual de los niños en la escuela para zanjar sus discusiones infantiles.

Y subiendo a la cordillera encontramos sólo abandono. La carretera semidestruída a punto de caer al río Palo, y sembrados de coca que, al contrario de lo que dice el Gobierno, aparecen como lunares verdes en medio de la montaña en esta época de cosecha. Y claro, los letreros amenazantes del sexto frente de las Farc, que anuncian la guerra en tierras indígenas de Tacueyó, Toribío, Jambaló y todo lo que se parezca a estos nombres de la madre tierra destruyendo toda la señalización de la vía con arengas de muerte.

Y ni hablar de Zaragoza y Córdoba, en el kilómetro 40 de la carretera hacia el Pacífico, que va a ser nuestro punto de mira comercial. Allí nació el oro, y ahora son repúblicas independientes en manos de “banqueros” aparecidos que en una mesa de bar cubierta con un paraguas multicolor atajan los barequeros ancestrales para quitarles los granitos que pescaron en el destruído río Dagua y ponerles el precio que les da la gana cada día.

En esta “ciudadela del desastre” hay billares, restaurantes, minimercados y bombas de gasolina ESSO, y no podía faltar la protitución al aire libre para los mineros. Ellas llegan al cubículo tapado con el manto plástico verde, prestan su servicio previo cobro, y salen para Cali o Buenaventura sin ningún registro sanitario para su ejercicio.

Es el mapa que yo vi en esta parte de Colombia. Por eso quiero seguir caminando con la radio para mostrarles el problema real, que a veces nos lo cuentan virtualmente.