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Historias de la erupción de un volcán

Con su vieja cámara de cajón hija del daguerrotipo, ha estado durante más de 50 años en el parque principal del pequeño pueblo de Baños en Ecuador y ha recogido los bramidos del volcán Tungurahua para perpetuar en el papel las nubes de ceniza y los gases magmáticos, que algunas veces han alcanzado hasta cuatro kilómetros de altura.

Mientras enjuaga las fotos sepias cargadas de recuerdos en el recipiente plástico puesto debajo del trípode de la cámara de fuelle, el hombre relata con emoción de experto, lo que ha pasado con la historia de este volcán.

Es fotógrafo, pero como todos los habitantes que han aprendido a convivir con las explosiones del Tungurahua, sabe que las explosiones son de tipo estrombolianas, caracterizadas por la expulsión de rocas incandescentes que se elevan unos cientos de metros sobre el cráter y luego caen por los flancos de la montaña a manera de fuegos pirotécnicos que se dibujan en las noches.

"Tungurahua es mujer, significa bella que vomita fuego y entra en erupción cada vez que tiene ira", relata el hombre, mientras fija su atención en la lente para capturar la sonrisa de una mujer que con sombrero mexicano posa al frente de la pequeña iglesia de la Virgen de Baños de Agua Santa.

Al amparo protector de la vieja acacia en la que se ha instalado un aviso en el que se lee: "La naturaleza es el futuro de los seres vivos", el hombre en mangas de camisa juega al
alquimista de la imagen, mientras hace memoria de las veces que la naturaleza ha jugado sus trampas.

"El volcán es como una madre que va a parir y yo he estado aquí para perpetuar la cara de asombro de quienes han sido convocados eternamente al ritual de la tierra cuando empiezan las labores de parto", dice el anciano fotógrafo, mientras mira los surcos que el fuego ha hecho durante años en la montaña.

Aquí los hijos de la tierra huelen a azufre, nacen como fumarolas blancas mezcladas con celeste y gris, tienen forma de hongos atómicos, saben a gas carbónico y flúor y mueren como una columna de ceniza y vapor de agua que se pierde en el azul profundo del cielo ecuatoriano.

Mientras prepara el papel para la foto de la próxima pareja y su memoria para contarlo con emoción, a este hombre menudo le brillan los ojos para contar la historia del coloso andino.

"Según la leyenda indígena dos conocidos guerreros de los Andes, el volcán Cotopaxi, ubicado en la provincia del mismo nombre y el Chimborazo, de la provincia homónima, pelearon durante años con erupciones constantes para poseer a la bella Tungurahua. Tras vencer, el Chimborazo se casó con Tungurahua de la unión nació el guagua Pichincha", relata el hombre que parece tener toda la historia en la cabeza.

Apenas resopla para seguir contando que "cuando llora el guagua, niño en Quechua, la mamá contesta.

Así, echando mano de la sabía leyenda, el fotógrafo de Baños explica porque los nativos aseguran que tras cientos de años de tranquilidad, los dos volcanes entraron en erupción al mismo tiempo.

Mientras prepara el caballito de madera en el que se habrá de retratar la nueva sonrisa de un niño, hace memoria de las veces que ha sido testigo de la historia de miedos colectivos,
huidas y regresos por cuenta de los gritos que se escapan a rachas de la entraña de la tierra.

Todavía resuena el eco de las bocanadas que salen todos los días del volcán y el recuerdo de como a finales de la década de los 90, los habitantes de la turística localidad
ecuatoriana, ubicada a los pies del volcán, tuvieron que salir del pueblo durante más de un año ante la amenaza que una erupción pudiera sepultarlo.

"Prácticamente durante un año tuve que retratar a los fantasmas", dice el hombre que tuvo que recorrer las solitarias calles del lugar con su vieja cámara a cuestas.

Recordó cada día que duró el desalojo de Baños, la batalla librada en 1533 entre el Ejército del guerrero inca Rumiñahui y Sebastián de Belalcázar, cuando el Tungurahua hizo erupción causando tanto temor entre los indígenas, que no tuvieron más remedio que huir despavoridos bajo la lluvia ardiente que lo cubría todo.

"Yo soy el único que ha sido capaz de retratar el mal humor de la tierra", dice este artista, mientras a sus espaldas se siente de nuevo el temblor en la entraña del volcán.

Una vez más prepara el escenario de sus fotos y pide a los clientes que se inventen otra sonrisa de cara al cráter eternamente disimulado entre las nubes.

El viejo retratista insiste en que no hay un solo día en el que el volcán haya dejado de hacer sentir su inquietud y su angustia o haya dejado de lanzar los bramidos y cañonazos
que preceden a la explosión, porque el Tungurahua es una mujer.