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El maestro Enrique Ponce y sus alternantes abrieron la puerta grande en Bogotá - Foto Inaldo Pérez



Por José Luis García A.

Hasta los arreboles del atardecer capitalino se asomaron a aplaudir a los tres diestros que actuaron el domingo en Bogotá y salieron a hombros por la puerta grande de la Plaza de la Santamaría. Enrique Ponce, Andrés Roca Rey y Juan de Castilla abrieron la puerta grande tras cortar dos orejas cada uno a toros de la ganadería de Juan Bernardo Caicedo, uno de los cuales fue indultado.

De Castilla, quien confirmó alternativa de manos del maestro Ponce –el mismo padrino de su alternativa hace un año en Medellín-, indultó a Abrileño, el sexto ejemplar de la tarde, que tuvo una pelea de bravo en el caballo y repitió humillando en la templada muleta del joven colombiano. El toro al que se le perdonó la muerte, un negro zaíno como todos sus hermanos, estaba identificado con el número 850 y pesó 486 kilos. Un indulto no exento de polémica.

El torero del humilde barrio Castilla de Medellín inició su faena con estatuarios en el tercio, que prendieron la parroquia, y derechazos en redondo en los medios. Luego desarrolló la lidia mediante templados y ligados muletazos por derecha, para continuar con ajustados naturales que le trazó a un toro fijo y repetidor.

Al primero de la tarde, el de la confirmación, saludó con entonados lances al capote y le hizo un variado quite por gaoneras, saltilleras y el remate con revolera. El toro tuvo calidad, nobleza y repetición, por lo que fue premiado con palmas en el arrastre. Juan saludó desde el tercio tras estocada tendida y delantera y dos descabellos.

El regreso de Ponce a la Santamaría

Luego de ocho años de ausencia, la afición bogotana recibió con una atronadora ovación al maestro Enrique Ponce, quien estuvo, como siempre, en eso: en Ponce. Estar en Ponce significa hacerlo todo bien, con sapiencia, técnica, elegancia y suavidad.

A su primero le cortó una oreja a lo Ponce, con temple, lentitud, garbo y unos doblones que en el toreo del de Chiva (Valencia) se convierten en pases fundamentales y estéticos como los de una pintura al óleo. Firmó el cuadro con un estoconazo que despachó al toro sin puntilla. Este, tardo, justo de fuerza y bravura, fue pitado en el arrastre.

Como dice uno de los tantos adagios taurinos: “El hombre propone, Dios dispone y el toro lo descompone”. El cuarto de la tarde descompuso las buenas intenciones de Ponce en su rencuentro con la Santamaría. Un manso de bola, de libro, que no dio ninguna posibilidad al maestro valenciano.

Ponce se envalentonó de generosidad y decidió regalar un toro, el séptimo -como en los viejos tiempos de la Santamaría hacía Palomo Linares y varios de sus contemporáneos-, al que le cortó la última oreja de la tarde. Lo lidió en el centro del redondel con su habitual temple, conocimiento, lentitud y refinamiento hasta que se malogró la mano izquierda. El reloj ya frisaba las siete de la noche, con la luna de plata en lo alto del límpido cielo bogotano y los últimos arreboles del atardecer en el occidente.

Un toreo de Roca conquista Bogotá

Roca Rey lo intentó todo en su primero, un toro soso, distraído y manso. Exposición, insistencia, valor, temeridad fueron las armas del peruano para contrarrestar la peligrosa mansedumbre de su oponente. Pero fue en vano. Silencio al torero y pitos al toro.

Donde sí la armó fue en su segundo, el quinto de la tarde: no hay quinto malo. Lo recibió con una inusitada muestra de variados capotazos, series en las que afloraron gaoneras, caleserinas, saltilleras, verónicas, tafalleras y revoleras.

Su labor muleteril comenzó de hinojos, con ceñidos cambiados por la espalda que encendieron los tendidos. No faltaron ni el pundonor, ni las ganas, ni la entrega que ya lo catapultan como un revulsivo del toreo actual.

Una espada entera en el propio hoyo de las agujas le permitió pasear dos generosas orejas otorgadas por Ucía y pedidas por el respetable. El toro embistió bien hasta que se rajó y prefirió buscar el abrigo de las tablas.

Ficha del festejo:

Toros de Juan Bernardo Caicedo, bien presentados y de juego desigual. Sobresalió el sexto, indultado por Juan de Castilla.

Enrique Ponce (perla y oro): una oreja tras estoconazo sin puntilla, silencio y una oreja en el que regaló, el séptimo.

Andrés Roca Rey (pizarra y plata): silencio y dos orejas luego de estocada en el hoyo de las agujas.

Juan de Castilla (primera comunión y plata): saludo desde el tercio (confirmación) y dos orejas simbólicas del que indultó.

Plaza: lleno cómodo en tarde soleada.