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La cuna de las Farc que ahora vive el posconflicto

Marquetalia, en Planadas, Tolima, renace después de la guerra.

Para llegar a Planadas, el pueblo más al sur de Tolima, es necesario emprender un largo viaje de unas cinco horas desde Ibagué en una carretera a ratos pavimentada, otras veces destapada y con uno que otro derrumbe de grandes rocas, frecuente en esa  zona montañosa. 

Con más de 30.000 habitantes, esta población pasaría por alto como cualquier otra del territorio colombiano. Por sus estrechas calles, algunas de ellas polvorientas, pululan los establecimientos comerciales, restaurantes y alguna discoteca. Pero sobretodo huele a café. Por donde se le mire hay una cafetería y puntos de venta de todo tipo de productos derivados de este grano. Una escena que recuerda al Eje Cafetero y que por mucho tiempo fue impensable.

Aunque para muchos Planadas pase desapercibido, es uno de los municipios más importantes de los últimos cincuenta años de historia del país. En este lugar de poco acceso se ubica el corregimiento de Gaitania, que a su vez acoge una vereda cuyo nombre sí es célebre, o infame, dependiendo de quién lo mire: Marquetalia, la cuna de las Farc, el lugar en el que Pedro Antonio Marín, más conocido como Manuel Marulanda Vélez, también llamado Tirofijo, se alzó en armas en compañía de Jacobo Arenas para posteriormente crear la guerrilla de las Farc hace más de cinco décadas.

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Desde entonces, se convirtió en un importante enclave guerrillero, un territorio en que las Farc eran Dios y ley, al que el Ejército no tenía acceso, donde solo se hablaba un idioma: el de la guerra.

Viviendo en la guerra

“La vida era solo obedecer los decretos que ellos dictaminaban. Si uno no lo hacía, se metía en problemas”, comenta José Yamid Garzón, habitante de la vereda San Miguel. Su cuerpo lleva las marcas de una guerra con la que aprendió a vivir desde que era muy pequeño. Es el precio de vivir junto a la guerrilla.

“Todo el tiempo se escuchaban balas, bombas al lado de uno. Se aprende a vivir con eso. Si escucha algo, quédese quieto y espere a que todo pase”, asegura Garzón, quien menciona que durante años no había otra opción que vivir con miedo: “Desde que haya grupos armados siempre hay intranquilidad. Las leyes de los grupos armados son rígidas: el que la embarra, lo matan. No hay una alternativa diferente”.

Y añade: “Ni en el campo uno podía caminar tranquilo, porque siempre había la posibilidad de pisar una mina. El que lo hacía perdía una pierna o se moría. No había de otra”.

Planadas, un pueblo que renace

Por décadas, la guerrilla controló la vida de los planadunos en su totalidad: A qué horas funcionaban los establecimientos comerciales y discotecas, por qué zonas transitar, quién entraba o salía del pueblo. Ponían retenes, cobraban vacunas y extorsionaban a diestra y siniestra. Lo sabían todo y nadie se metía con ellos. No se hablaba en voz alta, porque el vecino podía ser un informante.

Yo me vine de Nariño muy joven. Me nombraron de profesora en 1970 en Planadas. Toda la vida, el pueblo llevó la fama de eso de la guerrilla. Daba miedo porque ellos andaban acá, tranquilos, vestidos de civiles. Les tenía respeto porque de pronto había problemas”, asegura Fredesminda Zambrano, quien prefiere que le digan ‘Freza’ porque sabe de la difícil pronunciación de su nombre.

Luego de vivir más de 40 años en Planadas, aprendió a pasar desapercibida. Una estrategia valiosa, teniendo en cuenta que cualquiera podría convertirse en el blanco de las Farc:

“Un día mataron al alcalde a las afueras del pueblo cuando estaba revisando un alcantarillado o un acueducto. Eso fue una tragedia, todo el pueblo llorando, asustado por lo que podía pasar, porque ya ni el alcalde mandaba”, recuerda Freza.

En todo ese tiempo, Freza conoció casos de estudiantes que se unían a la guerrilla y sabe de varios de sus alumnos que murieron a manos de los grupos armados. Los muertos siempre eran conocidos, personas cercanas, como comenta Dora Munar, otra habitante del pueblo: “Uno se daba cuenta de la gente que lloraba por la desaparición de sus hijos. Muchos no podían venir a Planadas por el miedo. Hasta salir a la plaza a uno le daba cosa”.

La llegada del posconflicto

Planadas duró años alejado del resto del país. El dominio de la guerrilla al interior del municipio se veía reforzado con la plantación de minas antipersonales en las diferentes veredas y corregimientos. Pese a los constantes intentos del ejército, llegar a los asentamientos de las Farc era toda una proeza que se cobró las vidas de muchos uniformados. Otros más resultaron mutilados.

Pero este mal no solo afectaba a los militares, sino también a los mismos pobladores, quienes resultaron estancados en medio de combates y con miedo a caminar ante la posibilidad de pisar una mina que les arrebatara de inmediato la vida o una de sus extremidades.

Desde 1990, estos artefactos explosivos han matado a 2.292 colombianos y herido a otros 9.426. Muchos de ellos, planadunos.

Este panorama no hubiera cambiado de no ser por los ceses de hostilidades, a veces intermitentes, entre el Gobierno y las Farc durante los cuatro años de negociaciones en La Habana y la firma de los acuerdos de Cartagena de Indias y el Teatro Colón de Bogotá en 2016.

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Infografía minas en Colombia
Infografía minas en Colombia.
Anderson Rodríguez / Sistema Integrado Digital

Hoy en día, en las calles de Planadas abundan las motocicletas. Por todo lado hay grandes y chicos conduciendo estos vehículos, tal vez el único medio de transporte económico capaz de subir las empinadas pendientes de las calles y los accidentados caminos para llegar a las veredas cercanas, todas al menos a una hora de recorrido.

De un momento a otro, un pueblo sinónimo de guerra se volvió en un lugar tranquilo. Los campos que en otros tiempos fueron cultivos ilícitos se llenaron de grandes plantaciones de café. Y no cualquiera, sino uno de alta calidad, ganador de certificaciones de excelencia y comprado por multinacionales como Starbucks.

Actualmente, 87 de las 100 veredas del municipio están dedicadas a la producción de café, hay 41 asociaciones de campesinos, de las cuales, 22 son de caficultores, cada uno con su marca propia.

El posconflicto también permitió la llegada de grandes inversiones, como es el caso del proyecto Tesalia - Alférez del Grupo de Energía de Bogotá (GEB), que busca llevar energía a la ciudad de Cali atravesando los departamentos de Huila, Tolima y Valle del Cauca.

Esto no solo ha traído empleo a los pobladores, quienes son los mismos encargados de elevar las torres de energía, sino que permitió iniciativas como Energía para la Paz en la que el GEB, el Ejército y organizaciones como The Halo Trust trabajan en actividades de desminado humanitario con el fin de erradicar los artefactos explosivos del municipio de Planadas.

“Hoy las mamás se pueden quedar tranquilas en sus casas mientras sus hijos caminan al colegio, y los campesinos pueden ir a los cultivos sin la preocupación de que uno de estos artefactos termine con sus sueños”, afirma Astrid Álvarez, presidente del Grupo de Energía de Bogotá.

Pero el posconflicto trajo consigo nuevos problemas, como lo explica Dora Munar, quien tiene uno de los restaurantes más cotizados del municipio: “La pura verdad, cuando estaba la guerrilla no había tanto ladrón. Cuando eso, uno podía dormir con la puerta abierta. Pero ahora hay robos y hace como un año llamaron a extorsionarme. Eso antes no se veía porque le tenían miedo a la guerrilla”.

A esto se suman problemas económicos por los precios del café, la poca presencia de la Policía y el acceso a redes de comunicación, la organización de disidencias de las Farc, entre otros. Pese a esto, todos en el pueblo concuerdan en que la paz ha traído más beneficios que problemas y agradecen que la guerrilla no sea juez y verdugo de Planadas nunca más.

 

Por: Mateo Chacón - RCN Radio