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Socha: el pueblo que se desnudó para salvar a un Ejército

Era una mañana helada de domingo en Socha, como todas las mañanas en este pueblo que le pone la cara a la cordillera oriental.

Asistía todo el pueblo a la misa del padre Juan Tomás Romero, ese 4 de julio de 1819. Allí, el pueblo atestiguó cómo llegó el Ejército Libertador: caminantes del páramo de Pisba que ya arrastraban los pies por la fatiga llegaban avisando que muchos habían sucumbido al frío y otros se habían rezagado.

La historia la cuenta Rosa Elvira Chiquillo, habitante actual de Socha Viejo, como si ella misma la hubiera vivido.

“Cuando las tropas de Bolívar, que venían de por allá del páramo, llegaron acá a Socha Viejo ahí fue donde los auxiliraron. Les dieron las ropas, pero la primera que hizo eso fue la niña que iba a hacer la primera comunión; ella se llamaba Matilde Anaray”, dijo.

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[AUDIO] La Ruta Libertadora, en Socha

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Matilde Anaray, de 13 años, es el símbolo de un pueblo que se desnudó en plena iglesia. Su desprendimiento fue el motor para reunir 18 cargas de ropa que comenzaron a subir al Páramo, para que los rezagados no murieran de frío. 

A Socha se le conoce como la nodriza de la libertad, pero hace años tuvo que trasladarse, según cuenta Juliana Parada, por una falla geológica más grande que el mismo municipio que obligó a trastear al pueblo entero. 

Esta joven conocedora de su historia puntualizó que “todo inicia porque las casas comenzaron a agrietarse. Muchos de los habitantes se trasladaron del lugar, años después se vino el deslizamiento y de lo que era Socha solo quedaron las bases de la iglesia y se trasladó a un lugar que se llamaba Laguna Seca”.

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En épocas recientes se ha repoblado un poco; hay una sola manzana de viviendas, una plaza principal con un obelisco recién inaugurado, una estatua de su heroína. Incluso, un pedazo de tronco donde se supone que Bolívar amarró a su caballo, que en ese entonces no era palomo.

Pero lo más llamativo es que, en la cima de la loma más grande de ese caserío, está instalada la capilla histórica declarada bien cultural en 1980. Fue reconstruida porque la antigua colapsó por la falla geológica. Juliana tiene las llaves y nos dejó verla por dentro.

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“Acá solamente se celebra misa el primer domingo de cada mes, entonces no se le da mucha utilidad”, comentó.

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Desde lo alto se ve que la tierra se sigue moviendo por unas grietas que pueden entreverse en el pasto, que crece en todo el terreno; la capilla está condenada a ser destruida, adentro también hay grietas, una que entró por la puerta parece que la partirá por la mitad. Con el paso de los años volverá a colapsar, y está ahí, como un testigo mudo de su propia destrucción.

 

Por Carlos Brand