Cargando contenido

Thumbnail

“Ya no estábamos en guerra, pero una mina me voló un pie”

José Yamid Garzón, víctima de las minas antipersonales, cuenta su historia.

Hace falta poner mucha atención para darse cuenta que José Yamid Garzón cojea un poco al caminar. Es difícil imaginar que al subirse el pantalón sale a la luz una pierna de plástico y metal. Es la prótesis con la que debe vivir el resto de su vida luego de perder su pie por una atroz trampa escondida bajo suelo, una mina antipersonal que le voló el pie.

Siempre se mueve a paso lento, fijándose bien donde pisa. Es una de las lecciones que aprendió luego de aquel fatídico día de 2014 en la vereda San Miguel del corregimiento de Gaitania, en el municipio de Planadas, Tolima: “Al principio me daba miedo caminar por ahí. Uno queda con ese temor. Ya no me meto por cualquier lado porque ya no quiero vivir esa experiencia otra vez”, dice José Yamid.

Habla de manera pausada, con un marcado acento tolimense, siempre con una sonrisa en el rostro, como si no estuviera contando la historia del día en que su cuerpo fue mutilado, sino una alegre, en la que la guerra no golpeó a la puerta de su casa. 

Se sienta en una silla de plástico y toma en las manos a su ‘pata de palo’, como le dice. Cada vez que lo hace es un gran alivio porque, aunque han pasado cuatro años, todavía le talla. Empieza a darle vueltas sin parar y de vez en cuando mira su pierna incompleta.

Toda su vida había vivido en esas tierras y paisaje montañoso donde se da bien el café. La región por décadas fue dominada por la guerrilla de las Farc. Presenció combates, asesinatos y desapariciones. Por cosas del destino, nunca le pasó nada en tiempos de guerra, pero que en ese momento ya no expandía el terror por Planadas porque este grupo armado negociaba un acuerdo de paz con el Gobierno. Tal vez por eso José Yamid avanzaba ese día con tanta tranquilidad.

Esperaba que fuera una jornada como cualquier otra, en la que iría a trabajar la tierra en la finca de sus papás, donde vivía con su esposa, su hija y su hermano. Al menos eso creía.

El lunes 29 de septiembre del año 2014, caminando por una parte de la finca, íbamos andando con mi hermano cuando de repente escuché una explosión. Nos habíamos parado en un campo minado”, relata Garzón.

Planadas, un pueblo que renace

Solo fueron segundos de confusión, pero él los sintió como si fueran horas. Sus oídos zumbaban por el fuerte ruido de la detonación y el mundo daba vueltas a su alrededor. Entonces, en un pequeño momento de lucidez tuvo certeza de lo que había pasado:

“Cuando reaccioné, me di cuenta de que me faltaba un pie. Mi hermano cayó aturdido al otro lado, se paró y me brindó los primeros auxilios. Como estábamos lejos de donde se podría tomar un vehículo, tocó llamar a los vecinos para que nos auxiliaran”.

Salir de ese campo minado fue toda una odisea. En una hamaca de lona con varas fue escoltado por varios minutos muy lentamente, con total precaución para no activar otro dispositivo que estuviera bajo tierra, aguardando la llegada de su próxima víctima. Era una batalla contrarreloj. Si no era atendido a tiempo una mortal infección podría apoderarse de su cuerpo. Ya conocía de casos en los que las minas eran rellenadas de excremento o materia en descomposición. 

No recuerda bien esos momentos, pero sabe que fue subido a un helicóptero del Ejército con rumbo a la ciudad de Neiva, donde se encontraba el hospital más cercano que pudiera atender la gravedad de la herida.

“Allá desperté al otro día. Fue ya más duro todavía, porque es despertarme de la operación y darme cuenta que me hacía falta una parte de mi cuerpo, no tenía un pie”, comenta Garzón acerca de lo que ha calificado como los días más difíciles de su vida.

Estaba en otra ciudad, lejos de su familia. Los días pasaban y seguía allí, solo en la habitación del hospital. ¡Cuánto quería el abrazo de su familia! Pero en el fondo sabía la titánica tarea  que era tener cerca a sus seres queridos. Pese a esto, no podía evitar sentirse solo, inútil, vacío, incompleto.

“Solo como a las dos semanas me vino a visitar mi familia. Cuando me vio mi hija en la camilla, que no me paraba, me decía: ‘Papá, párese, a caminar’. Claro, era todavía chiquita y no lo entendía. Eso me hizo llorar. A todos en el hospital nos dio duro eso”. Solo en ese momento se desdibuja la sonrisa en el rostro de José Yamid. Pero esto solo dura unos pocos segundos y luego continúa: “Fueron pasando los días y gracias a Dios yo fui aceptando que toca sobrevivir y aprender a vivir como quedé. Menos mal mi esposa y mi hija estuvieron siempre a mi lado, dándome moral”. 

José Yamid Garzón, víctima de minas antipersonales.
José Yamid Garzón, víctima de minas antipersonales.
Inaldo Pérez / RCN Radio

Aprendiendo a caminar

“La primer prótesis me la dio la Cruz Roja Internacional porque no pude sacarla con la EPS. No me la querían dar. Era dura y me pelaba. Es bien difícil aprender a manejarla porque normalmente uno sabe dónde tiene cada parte de su cuerpo, porque la siente, pero yo no puedo sentir lo que hay de la mitad de mi pierna para abajo”.

Tener una parte artificial en su cuerpo no fue sencillo para Garzón. Las terapias duraron poco porque no podía costearse ir a la ciudad seguido y el trabajo en el campo no da espera. Los cultivos de café y fríjol necesitaban de su cuidado, pues aún hoy son el único sustento de su familia.

“Volver a trabajar fue muy difícil. El cambio es total. Ya no puedo hacer lo mismo, correr o subir como antes. Pero toca seguir trabajando. No hay de otra. Me toca más duro para caminar porque el terreno es empinado donde yo vivo”, dice José Yamid. 

Sigue sufriendo por la prótesis pese a los años de práctica y a que la nueva, que sí se la dio la EPS, es más liviana y fácil de manejar. “Cuando me pela me toca dejarla de usar unos días, porque duele como un berraco. No me la aguanto tampoco todo el día. De vez en cuando me la quito para descansar, porque es matadora, además es muy caliente, le abochorna la pierna”.

Jose Yamid todavía le sorprende que, incluso sin guerra, las minas antipersonales siguen enterradas causando tanto dolor. Pero gracias a las labores de desminado humanitario del Ejército y organizaciones como The Halo Trust, camina más tranquilo. 

Ya no está la guerrilla, ya no vive con miedo de morir en un combate, de ser amenazado, extorsionado o asesinado como a antes. Ya camina por su finca confiado, aunque todavía se fija bien en dónde pisa.

“Ahora estamos mucho más tranquilos porque la brigada del desminado ya entró a la vereda y ha limpiado muchas zonas donde había sospecha de minas. Con eso ya uno tiene más confianza de andar por el territorio”, menciona Garzón con su gran sonrisa. Y finaliza: “No tengo mi pierna como antes, pero ahora vivo una paz que no tuve nunca. Eso es más valioso que un pie”.

 

Por: Mateo Chacón - RCN Radio