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Casa de Tolstói
Casa de Tolstói
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León Tolstoi encabeza, para muchos, la lista privilegiada y exclusiva de los grandiosos escritores -como Borges, como Cortázar- que no recibieron el premio Nobel de Literatura. Lo que demuestra que los premios, simple y llanamente, o se reciben o se declinan, pero no se reclaman: el lugar que ocupa este ruso en el ámbito de las letras universales es mucho más que el galardón sometido al capricho de un jurado.

Tolstoi fue grande y es grande porque en sus escritos practicó el realismo y supo retratar toda una época. En su gigantesca novela «Guerra y paz», el autor narró en cinco volúmenes la historia de cinco familias aristocráticas rusas a lo largo de más de medio siglo, comenzando con las guerras napoleónicas. Lo hizo magistralmente, con descripciones fabulosas que ubican al lector en un sitio pero también en una mente, en una filosofía, una forma de ver la vida.

Tolstoi era de origen noble y de hecho era un conde. Vivía como tal, en casas grandes, con comodidades y una veintena de empleados a su servicio. En su natal Yásnaia Poliana, en la zona de Tula, llevaba una vida relativamente apacible, no exenta de turbulencias y dificultades. Era la finca familiar, la estancia en la que el mundo expresaba todas sus sensaciones.

Tal vez sin quererlo, Tolstoi dibujó el mejor retrato de la Rusia del siglo XIX que antecedió a la Revolución bolchevique. Un país en el que los campesinos eran esclavos y propiedad de los señores locales. Como lo relata el letrado Juan Eslava Galán, «más de veintidós millones de criaturas se vendían y compraban con las fincas, como las vacas y los árboles», es decir, básicamente eran como el ganado.

Los latifundios en esos tiempos eran tan gigantescos, dice Eslava, que el conde Razumovski, mecenas de Beethoven, poseía 140 mil siervos machos y 160 mil hembras, 300 mil en total. Las propiedades podían superar las 250 mil hectáreas. Números descomunales, como inmensas eran las penas y desdichas de esos campesinos en tiempos de los zares.

Tolstoi no hacía una denuncia explícita de esa circunstancia, pero la dejaba discurrir tácitamente en sus relatos. Como lo hace, por ejemplo, en esa otra gran novela que es «Ana Karenina». Esa fue su grandeza.

Lo que de esos textos se derivaba era, por supuesto, una gran reflexión alrededor del mundo de la vida y de su tiempo. Por eso, muchos párrafos de su obra mencionaban lo que le encantaba promover en las tertulias que solía organizar en su casa y que con el tiempo se vino a conocer como la «no violencia activa»: sí, en efecto, Tolstoi fue una inspiración para Gandhi y Martin Luther King Jr.

En 1881, León Tolstoi y su familia se movieron de Yasnaya Poliana a Moscú. Un año después, compró la estancia de Jamóvniki, que era un distrito antiguo erigido en el siglo XVII. De hecho, la casa principal de la estancia fue construida entre 1800 y 1805, y poseía una casa de verano y una colina artificial. Entre agosto y septiembre de 1882 la casa fue reparada y ampliada de acuerdo con las instrucciones del propio Tolstoi y él mismo cambió los muebles.

Su familia vivió aquí de octubre de 1882 a mayo de 1901. Diez de los trece hijos de Sofía y León Tolstoi vivieron en la estancia: las jóvenes Tatiana, María y Alexandra, y los chicos Sergei, Ilya, León, Andrei, Mikhail, Alexei e Iván.

Tolstoi murió en 1910 y está enterrado en su amada Yásnaia Poliana. Esta casa de Jamóvniki fue nacionalizada por el gobierno en 1920 y se convirtió en museo desde 1921. Recorrerla es un placer y un deleite, un viaje al pasado de Rusia y de uno de sus autores más renombrados.

 

Por Juan Manuel Ruiz enviado especial a Rusia.

Fuente

RCN Radio

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