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Hace treinta años ocurrieron las revoluciones en los países de Europa Oriental. La caída del Muro de Berlín fue el símbolo.

Praga, la ciudad de Kakfa y de Kundera, tiene uno de los lugares más impresionantes para comprender la naturaleza de lo que le ocurrió al mundo en aquel 1989. Es la plaza de Wenceslao, un enorme rectángulo que ha sido escenario de grandes acontecimientos para ese país y destino obligado para quienes quieren conocer el corazón de una de las ciudades más bellas del mundo. El gran Carlos Fuentes dijo de ella: “Es difícil volver a Praga; es imposible olvidarla: la habitan demasiados fantasmas”.

Si bien la plaza ha sido protagonista de toda la historia del país, hace treinta años adquirió singular protagonismo. Atrás quedaban aquellos tiempos de la Edad Media en que ese bulevar de casi un kilómetro de largo era en realidad un mercado de caballos y se convirtió en corazón de la actividad pública.

En 1918 se leyó allí la proclamación de independencia de Checoeslovaquia y en la Segunda Guerra Mundial los nazis la usaron para sus histriónicas manifestaciones masivas. En 1969 un joven rebelde se suicidó para protestar contra los soviéticos que habían invadido su país. Pero en 1989, las grandiosas manifestaciones populares de la Revolución de Terciopelo fueron el principio del fin del comunismo en esa nación.

He escogido Praga solamente por capricho, por cuanto, insisto, es uno de los lugares más visitados del mundo, y sueño eterno de los turistas de hoy. Pero bien hubiera podido iniciar este recuento en el mirador del Bastión de los Pescadores, en Budapest, desde donde se puede admirar el edificio del Parlamento, una grandiosa construcción neogótica que se erige a orillas del bello río Danubio.

En ese Parlamento muchas cosas ocurrieron en 1989, fundamentales para que se abriera paso el multipartidismo y se realizara una drástica reforma del Estado que llevó a la caída del comunismo.

En Polonia los acontecimientos ocurridos ese 1989 fueron consecuencia de la tenaz oposición del sindicato Solidaridad al régimen comunista del general Jaruzelski, un sátrapa arrodillado a los soviéticos que tuvo que enfrentar las huelgas de los trabajadores de los astilleros. Los famosos “Acuerdos de la Mesa Redonda” llevaron a que, finalmente, en ese país de mayoría católica se diera una transición democrática y se llamara a elecciones.

También ese año, 1989, se produjo la caída del viejo líder comunista de Bulgaria Todor Zhivkov, otro país alineado completamente con la Unión Soviética y sometido por el comunismo. Allí la situación fue similar a la de los otros países de la Europa del Este: las manifestaciones populares y el temor a que estas se desbordaran, llevaron a que sus propios amigos derrocaran al dictador y abrieran paso a la libertad de expresión y de movilización política.

Rumania, en cambio, fue un caso diferente. A diferencia de las otras naciones de la Cortina de Hierro, que se cayeron pacíficamente apenas se abrió el telón, en este pequeño país las revueltas fueron muy violentas y terminaron con la vida del dictador Nicolae Ceaucescu.

La plaza de Timisoara fue el lugar escogido por los manifestantes para promover la protesta, que poco a poco se extendió por todo el país. A su paso, las manifestaciones dejaron decenas de muertos y se calcula en dos mil el número de víctimas. Ceaucescu y su esposa fueron ejecutados en un cuartel cuando trataban de huir de Rumania a finales de 1989.

Pero quizás el acontecimiento más importante de ese año fue la caía del Muro de Berlín, ocurrida el 9 de noviembre. Hartos ya de las medidas restrictivas para los alemanes orientales, los líderes de la clandestina oposición lograron una convocatoria masiva que llevó a que el muro que dividía en dos la capital de Alemania cayera en pedazos y de paso se fuera al traste un momento alucinante de la historia.

En 1989 se dio fin a la Guerra Fría y muchos creían que el sueño del comunismo llegaba a su final y quedaba sepultado. Pero no ha sido así. Por lo menos en América Latina se ha reencauchado y aún hoy, treinta años después, y a pesar de todo lo ocurrido y de toda la sangre derramada, se insiste en ello, en ese Estado que lo controla todo y coarta todas las libertades.

No se puede hablar de lo ocurrido en ese año sin mencionar quién precipitó estos acontecimientos. La historia ha sido injusta en el momento de ubicar en su merecido lugar a Mijail Gorbachov, el joven líder de la Unión Soviética que desde 1985 abrió la llave de las reformas en su país y terminó arrastrando a todos los satélites que conformaban el bloque comunista.

Curiosamente, hoy en día un recorrido por diversos lugares de Moscú hace casi imposible encontrar menciones a Gorbachov. En la Plaza Roja está la tumba de Lenin y el mausoleo de Stalin. En varias calles se rinde homenaje a estos dos personajes, al propio Putin, obvio, pero ni una jota para Gorbachov. ¿Será que a los rusos les pesa la nostalgia?

Ese año no se podrá olvidar jamás. Todo lo que ocurrió en el mundo sucedía de manera dramática y sin fin. En Colombia, 1989 fue uno de los más violentos de nuestra historia y también lo ocurrido a lo largo de esos meses nos cambió de algún modo y para siempre nuestras vidas. Hace tres décadas el mundo se transformó para siempre y nos dejó una huella indeleble en la memoria. Qué bueno que lo recordemos.

Fuente

RCN Radio

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