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El Gobierno alemán destinará para las nutridas celebraciones la enorme suma de 42 millones de euros.

Comenzamos el año con la mirada puesta en el 16 de diciembre de este 2020, cuando se cumplen 250 años del nacimiento de Ludwig van Beethoven, uno de los más grandes compositores de la historia. La influencia del genio alemán ha trascendido las fronteras de la música y el arte para convertirse en un verdadero ícono de la cultura universal.

A las 5:45 de la tarde del 26 de marzo de 1827 –a 56 años de su natalicio-, en el florecimiento de la primavera vienesa, con la muerte del compositor comenzaría la modernidad, lo mismo que la celebración de un duelo colectivo y de un pomposo funeral de tres días en toda Europa, propio de reyes y emperadores. Solo tres años después de su muerte ya era considerado un profeta y un autor de culto.

Muchas leyendas ha tejido el imaginario colectivo acerca de la vida y el arte de Beethoven. Una de las más socorridas y ciertas es la de su sordera. El 7 de mayo de 1824, tras 12 años de ausencia de los escenarios, el músico de Bonn, su ciudad natal, estrenó en el Teatro Imperial de Viena su mayestática Novena Sinfonía en re menor (Op. 125), una de las más emblemáticas obras de la cultura universal. Al final de la interpretación de esta Sinfonía No. 9 por parte de la orquesta vienesa, el maestro, todavía ocupado en la partitura, no escuchó la clamorosa ovación que a sus espaldas le tributaba el público del Teatro Imperial. Una de las solistas le tocó el hombro para que se volteara y se diera cuenta de su rotundo éxito. Beethoven estaba completamente sordo.

Esta sería la última aparición pública del genio alemán, luego de lo cual se recluyó los tres años siguientes en su casa, afligido por diversas enfermedades que lo postraron hasta su muerte. Sin duda, un genio legendario y mítico, aunque amargado e infeliz.

En este comienzo de la conmemoración del ducentésimo quincuagésimo aniversario de su natalicio recordamos con admiración y nostalgia al compositor, director de orquesta y pianista germano. ¿Quién no se ha conmocionado nunca con la turbulencia cósmica de las primeras notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven? ¿Con esa suerte de llamado del destino, previo al fin del mundo? “El destino tocando a la puerta”, como diría alguna vez el propio autor.

El mito Beethoven trasciende todos los ámbitos de la cultura universal. Su música ha sido protagonista, dos siglos después de su muerte, de reconocidas películas de grandes referentes del séptimo arte, tales como "La naranja mecánica", de Stanley Kubrik, o "Muerte en Venecia", de Luchino Visconti. Tirios y troyanos han querido apropiarse política o ideológicamente de su arte. Sus obras fueron instrumentalizadas por la Alemania nazi, pero también fueron utilizadas como sinónimo de victoria por los Aliados en la Segunda Guerra Mundial.

Beethoven ha viajado muchos kilómetros y varios siglos para instalarse este año como protagonista de la actividad cultural en el mundo. Es una de las voces más representativas del clasicismo o período clásico, fuertemente influido por sus predecesores Joseph Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart, y uno de los precursores del romanticismo o período romántico, que ejerció gran influencia entre los compositores que le sucedieron.

En el transcurso de este 2020 seguiremos apuntando los prismáticos a ese 16 de diciembre de 1770 para descubrir las claves esenciales de la vida y obra de este genio universal en el marco de la conmemoración de los 250 años de su nacimiento. Compuso 138 obras, aunque tras su muerte se le asignaron y publicaron 205 más, y dejó para la posteridad un nutrido legado conformado, entre otras, por 32 sonatas para piano, una ópera (Fidelio), dos misas, un oratorio, tres cantatas, un ballet, cinco conciertos para piano, un concierto para violín, 16 cuartetos, música para obras de teatro y nueve sinfonías.

Entre estas, aparte de la Novena con su inmortal movimiento "Oda a la alegría", una de las más celebradas, profundas y revolucionarias es la famosa No. 5: la colosal Quinta Sinfonía en do menor (Op. 67), cuyo primer acorde, cuyas primeras cuatro notas han deslumbrado al mundo: ¡Ta-ta-ta-taaa…! La misma que fue compuesta entre 1804 y 1808 y estrenada en Viena el 22 de diciembre de 1808. Una de las sinfonías más famosas, más amadas, más interpretadas y más importantes de la historia.

La vida del coloso de Bonn tuvo tanto de rosas como de espinas; pese al reconocimiento del mundo, quizás más de estas últimas. El padre de Beethoven, un músico mediocre y borracho, intentó convertir al pequeño Ludwig en una gran pianista, pero a diferencia del padre de Mozart lo hizo de una manera agresiva y violenta. A pesar de esa inadecuada pedagogía paterna, el niño se convirtió en un gran pianista y en un extraordinario compositor. Beethoven se parecía a sus obras: era temperamental, de carácter apasionado, vehemente e impetuoso. Como otros de su talante, un genio difícil de tratar.

A los 22 años viajó a Viena, donde viviría buena parte de su vida, tras la senda de los pasos de Haydn y Mozart, de quienes recibió una gran influencia. Fue discípulo directo de “Papa Haydn”, que le aportó significativas claves para la composición de sinfonías y cuartetos de cuerdas.

El estilo clásico, cuyos máximos exponentes son justamente Haydn, Mozart y Beethoven, de alguna manera fue una reacción a los excesos y florituras del barroco. El clasicismo fue más racional, equilibrado e inteligible. Luego lo sucedió el romanticismo, con su intensa carga de emociones -los sentimientos a flor de piel-, en el que el maestro fue pionero en trazar la senda que muchos otros continuaron. Para la historia, Beethoven cerraría el ciclo clásico y comenzaría el romántico.

En el transcurso de este 2020 habrá que estar atentos a las conmemoraciones y celebraciones que harán Alemania, Austria, Colombia y el mundo a propósito de los 250 años del natalicio del maestro alemán, preclaro creador de algunas de las piezas musicales más sublimes, profundas y revolucionarias de la historia y autor de una monumental obra que hoy en día está más vigente que nunca, como los grandes clásicos (de siempre).

El Gobierno alemán anunció que destinará para las nutridas celebraciones la enorme suma de 42 millones de euros (cerca de 150 mil millones de pesos). Centenares de conciertos, exposiciones y simposios, que tendrán como epicentro a la ciudad de Bonn, la patria chica de Beethoven. Estamos algo lejos de alemanes y europeos, que sí entienden la importancia de la cultura, el arte y las humanidades.

No obstante, en Colombia están programados varios homenajes a lo largo del año, entre los que se destacan la  propuesta de la Orquesta Filarmónica de Bogotá de hacer la integral de las nueve sinfonías; la decisión del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, en asocio con la Opera de Colombia, de realizar el montaje de Fidelio, la única ópera compuesta por Beethoven, y la determinación del Banco de la República de programar la totalidad de los cuartetos de cuerdas que estamos disfrutando por estos días con el Cuarteto Casals en ciudades como Bogotá, Florencia, Neiva, Leticia, Montería y Cartagena.

La semana pasada fui a la Biblioteca Luis Ángel Arango a apreciar al Cuarteto Casals: salí feliz y extasiado con tanta belleza y virtuosismo y finura en la interpretación de algunos de los cuartetos de Beethoven. Seguro él también lo estaría.

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