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Ninguna mujer toma la decisión de abortar como método anticonceptivo ni para desaparecer un problema.

Ahora que se vuelve a poner sobre el tapete el tema del aborto me pregunto si aquellos que levantan su dedo lapidario han conocido algún caso cercano o han intentado aproximarse a lo que siente una mujer cuando decide interrumpir un embarazo.

No importa si es adolescente, ama de casa, universitaria, de más de 45, prostituta o campesina. ¿Será que cuando una de esas mujeres decidió abortar lo hizo por conveniencia, por temor al qué dirán, porque truncarían carreras exitosas, porque no podían traer más hijos al mundo o porque se sintió incapaz de seguir adelante sola con un embarazo no deseado que le cambiaría la vida para siempre?

Seguramente sí, a cualquiera de las anteriores. Pero más allá de la razón que la llevó a suspender un embarazo está lo que sintió durante todo el proceso y durante cuánto tiempo se prolongó ese sentimiento. Porque siempre será un secreto, porque es delito, porque es pecado, porque habrá censura, condena sin haber sido escuchada y un recuerdo constante, latente, fijo en la memoria hasta que la memoria se pierda.

Me reuní con una amiga de infancia, a quien le calculo hoy unos 50 y tantos años, y hablando de las cosas que todo el mundo habla por estos días llegamos al aborto. “La gente que más habla es la que menos sabe, la que no lo ha vivido, la que no lo entiende”, me dijo.

Abortar nunca será fácil - agregó - y empezó a recordar cómo fue su experiencia, cuando tenía un poco más de 18 años. Recordó cuántos días y noches pasó sin dormir, casi sin comer, sin estudiar, pensando qué iba a hacer; cuántas veces se arrodilló ante un Cristo al que llorando le pedía que la ayudara, que le diera una señal, que no la abandonara. Y recordó todo como recuerda uno dónde estaba y qué estaba haciendo cuando mataron a Luis Carlos Galán o cuando explotó el Volcán del Ruiz que desapareció Armero o cuando murió alguno de nuestros seres más cercanos y queridos.

Cómo iba vestida, su respiración agitada, el reloj de pared marcando la hora exacta del momento exacto y todos sus temores como si saldría viva de allí o no, si estaría haciendo lo correcto no tanto para ella sino para ese ser. Se sentía cobarde, insensible, pecadora, ¡asesina! Pero también sentía que no iba a poder educar a ese bebé, que para traer un hijo a este mundo en buenas condiciones primero debía estar ella en total capacidad de hacerlo y definitivamente no lo estaba; quería darle a ese niño o niña una familia como la que ella tuvo, y eso no iba a suceder. Se sentía sola, asustada, vulnerable, indefensa y desamparada.

Me sorprendió que a pesar del tiempo que ha pasado no hubiera olvidado un solo detalle de su experiencia y que se siga preguntando qué hubiera sido, si se hubiera parecido a ella, si habría tenido el mismo temperamento o su sonrisa y me sorprendió que hasta sabía la edad exacta que tendría ahora y en qué mes habría sido su cumpleaños. Por eso insiste en que juzgar es fácil cuando no se ha vivido en carne propia e insiste en que las cosas no han cambiado desde entonces hasta hoy porque la mujer sigue llevando todo el peso de esa responsabilidad, toda la culpa, todo el dolor pero que eso a nadie le importa porque solo cuenta que acabó con la vida de otro ser humano “por comodidad, por cobardía o porque sí”.

Me pareció valiente por contarme su secreto y por haber sobrevivido a ese momento que la marcó de tal manera. Me pregunté cuántas personas más conocerían esa parte de su historia o si jamás se habría atrevido a contárselo a alguien más. Y comprendí que abortar no es fácil ni será fácil para ninguna mujer que tenga que enfrentarse a esa decisión y cargar con ella para siempre.

Fuente

RCN Radio

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