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Están ahí al acecho, agazapados en el tiempo y protegidos por el miedo o la indiferencia de la sociedad.

Lo cierto es que ningún esfuerzo es poco para enfrentar a los abusadores de niños, niñas y adolescentes. Es importante desarrollar las campañas y mantener las alarmas encendidas pero sobre todo educar, capacitar, difundir, denunciar y tener muy presente que para dejar esa responsabilidad en primer lugar a la familia,  hay que comenzar por educar a quienes las integran.

Con frecuencia decimos los medios de comunicación en el análisis de las cifras y los datos que dan tanta credibilidad, que el abuso sexual de niños y adolescentes va en aumento o que la reducción es mínima en comparación con las cifras de períodos anteriores. Pero la verdad es que lo que más aumenta o disminuye son las denuncias porque el subregistro sigue ahí incuantificable.

Solo cuando se hizo visible el problema y se empezó a denunciar y a explicar qué era un abuso, quiénes lo estaban cometiendo y qué tan grave era el daño que causaba fue que la sociedad empezó a sacudirse y a hablar. Comenzó a creerle a los niños y a superar el miedo a hablar, al qué dirán o a sus benefactores.  Y quienes no vivían de cerca el problema empezaron a sentirlo como suyo y a solidarizarse con los demás.

El abuso sexual de niños y adolescentes ha estado ahí desde siempre  y por mucho tiempo permitido. Formaba parte de la cultura, de la idiosincrasia de los pueblos. Acaso nadie escuchó jamás de sus abuelos, o de los vecinos de sus abuelos, o de sus tíos o los tíos de sus amigos las historias que contaban al respecto con tanta naturalidad como si no fueran más que anécdotas.

Contaban que “en el pueblo dicen que el que embarazó a la hija de la comadre fue el mismo papá pero otros dicen que fue el tío que acechaba a la chinita todo el tiempo…” pero de ahí no pasaba el comentario. Y las historias seguían siempre igual solo que cambiando el perfil del abusador.

Otras veces era el padrastro a quien la mamá de la víctima se negaba a denunciar por miedo a perder su apoyo económico, su amor, o aún peor, por miedo a los golpes de su pareja. Y había casos en que eran los propios niños y adolescentes quienes contaban pero no les creían y por el contrario eran doblemente abusados además de física, moral y sicológicamente.

Pero los tiempos no han cambiado. Los abusadores siguen ahí al acecho, agazapados en el tiempo y protegidos por el miedo o la indiferencia de la sociedad. Y no solo viven en los campos y entre familias de escasos recursos económicos porque también se expanden entre los grupos de la alta sociedad y ahí tampoco se denuncia, menos se comenta y cuando ocurre se oculta, se paga o se amenaza con el mismo poder que los ampara.

Por eso creo que cuando se habla de campañas, de alertas y de educación no siempre hay que descargar la mayor parte de la responsabilidad en la familia. A las familias hay que educarlas antes de exigirles que alerten a sus niños del peligro y para ello hay que empezar desde que van por primera vez a un jardín infantil o a una escuela pública; los docentes deben ser idóneos y los sicólogos expertos en el manejo de las situaciones.

Hemos avanzado ¡claro! Ya se denuncia, ya se les cree a los niños, ya se tienen estadísticas y se comparan en el tiempo con otros periodos y otros escenarios. Pero falta mucho porque la sociedad sigue enferma mentalmente, porque los rezagos vienen de muchos años atrás. Vienen del maltrato, de la violencia, de las violaciones que traen niños al mundo pero niños que desde el vientre ya son rechazados; vienen del hambre, de la pobreza extrema, del abandono y de la falta de oportunidades. Por ahí hay que empezar o reforzar las campañas que ya se hacen y no bajar la guardia, jamás.

Fuente

RCN Radio

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