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Homeland o Billions o House of cards o The Crown: no importa cuál, lo cierto es que las series –casi todas—son ganadoras en tiempos de pandemia y confinamiento, los tiempos del miedo, del temor a salir a la calle y al contagio.

Lo vienen haciendo mediante la combinación de ingredientes que permiten al espectador asomarse al mundo de afuera sin que se sienta demasiado extraño ni partícipe de una comedia del absurdo. Sin ponerse en riesgo, salvo el que existe de obnubilarse y terminar creyendo que todo lo que ve es verdad: que lo que está viendo es la realidad.

El equilibrio de los elementos es fundamental para captar la atención de una sociedad dispersa, desconcertada y desconcentrada. Una sociedad que percibe o sospecha muchas cosas pero que tiene dificultades para aterrizarlas, enumerarlas o ponerles nombre propio. La receta parece volverse genérica: ¿acaso no es verdad que en muchos países eran frecuentes los concursos para adivinar quién se parecía a Frank Underwood? En el caso colombiano los candidatos eran bien interesantes y de diverso origen.

Los ingredientes son muchos, pero básicamente tres: mezcla de realidad histórica con emoción, imaginación e histeria. Tramas electrizantes que producen giros inesperados, exasperantes, absurdos, pero que son capaces de mantener la atención del espectador escéptico, el ahora llamado seriófilo, que anda a la caza del truco del mago, del relojero que desarma las piezas y las observa con su lupa de gaviero.

En The Crown, tan premiada y elogiada, asistimos a la doble realidad de los acontecimientos narrados desde la perspectiva de la ficción, pero con asidero en los hechos históricos, sin que los guionistas deban aclararlo, porque no lo necesitan, simultáneamente con los acontecimientos que copan a diario los medios de comunicación occidentales sobre lo que ocurre con la reina Isabel II, el príncipe consorte, Carlos, viudo de Lady Di y esposo de Camila, y ahora con Meghan y Harry como protagonistas.

No acababa de terminar la temporada de The Crown 2020 cuando Meghan y Harry no se pusieron límites a la hora de contarle a Oprah Winfrey que la realeza británica es racista, que por allá preguntaban por el color de la piel de los bebés que surgirían de su unión y que la ex actriz norteamericana pensó en suicidarse ante el mal ambiente que vivía en el entorno del palacio de Buckingham.

Las dos horas de entrevista de esta pareja van a dar para muchos comentarios, críticas y defensas de parte y parte. En este punto, ¿Qué es real y qué es ficción? ¿Los hechos siempre superan a la imaginación y The Crown lo está demostrando?

Otro caso es el de Homeland, que terminó el 2020 su octava temporada, ganadora por su capacidad de reflejar el mundo del espionaje y de las conspiraciones clandestinas o abiertas en simultánea con el mundo de las noticias de todos los días sobre la creciente polarización en Estados Unidos. Esta característica me sorprende de manera particular. Es como si la serie fuera a la par de los hechos e incluso se anticipara a varios de ellos. Algo que también se vio en The newsroom, una de mis tres favoritas, que se anticipó y de qué manera a la era Trump y a la tiranía de las fake news que hoy pueblan nuestros días.

Homeland es paranoicamente fascinante y su trama tan traída de los cabellos que logra ser convincente. Es una paradoja. Uno podrá decir “eso es verdad, así funcionan las cosas” y seguir de largo, corriendo detrás de Carrie Mathison o de Saul Berenson, los protagonistas a lo largo de las ocho temporadas que duró esta serie llena de altibajos pero al fin y al cabo espectacular.

La serie deja cabos sueltos, uno de ellos interesante y polémico: la protagonista bipolar cuando abandona la medicación alcanza momentos de absoluta brillantez, raya en la genialidad lo que le ayuda a encontrar a los culpables, a deducir las maniobras, incluso a seducir a jóvenes incautos a nombre de la CIA.

¿Será que las series, o por lo menos este tipo de series, serán la nueva forma de acercarse al mundo, una versión cinematográfica de la cotidianidad? ¿Terminarán convirtiéndose en fuentes históricas, o por lo menos en versiones más o menos ajustadas de lo que ocurría en el tiempo que nos tocó vivir? ¿Tendrán futuro las noticias si seducen más las series sobre esas mismas noticias?

Pienso que son preguntas relevantes en un mundo en el que el sistema educativo poco se preocupa por enseñar historia, porque cree que no la necesita, que no sirve para la vida o porque no es relevante porque para eso está la televisión. ¿Es esa la apuesta?

Pero hay casos aparte, lejos de la cotidianidad, que obedecen a la misma fórmula seductora. En Gambito de dama, ganadora tanto en los Globos de Oro como en los Critics Choice Awards, el encanto se encuentra en una deliciosa trama que gira alrededor de una talentosa ajedrecista, de infancia miserable y capacidad inmensa de superar todos los obstáculos y barreras. Se acompaña de una actriz de belleza extraña, de ojos inmensos y gestos indescifrables, que pronto cautivan y llenan de expectativa la historia.

Además de narrar con creciente tensión partida tras partida, triunfo tras triunfo, Gambito de Dama es una serie que siembra la esperanza desde el comienzo, la fe en que tarde o temprano el talento se impone y gana cuando existe la sensación de que se ha perdido todo. La propia Fran Lebowitz decía en la serie Supongamos que Nueva York es una ciudad que el talento era como polvo del desierto que no se sabe dónde va a caer y por lo tanto no se puede comprar. Es un don para unos escogidos cuando se manifiesta muy por encima del promedio.

Esa emoción que la actriz Anya Taylor-Joy logra comunicar sobre el destino de la protagonista, sin caer en jugadas maquiavélicas ni en atajos absurdos, es lo que la vuelve tan relevante a los ojos del espectador. Lo demás, la ambientación, la música, la confrontación contra el machismo en ese deporte-ciencia, son elementos adicionales que encajan a la perfección.

Porque la antítesis de la conspiración también es fórmula ganadora. Lo que se queda navegando por ahí en medio de dos aguas turbulentas pasa de agache, ratificando así lo que dicen los gurús de nuestro tiempo: lo peor del mundo de hoy, hagas lo que hagas, es que seas irrelevante. Las series también lo demuestran.

Fuente

RCN Radio

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