Hace unos años leí una de las piezas de periodismo literario más grandes de todos los tiempos: la famosa crónica Viajes por Georgia, de John MacPhee. Se trata del relato de viaje del periodista y dos acompañantes, biólogos, que recorren las carreteras del sur de Estados Unidos y llevan la cuenta de los animales muertos que encuentran a su paso, a los que inscriben en una lista con el código D.O.R: Dead on the road. Incluso, si mal no recuerdo, en el relato se cuenta que el asunto va más allá: en algunos casos, dependiendo de su estado, esos animales --tortugas, comadrejas, ardillas y ratas almizcleras— atropellados en la vía, terminarían en la olla de los tres observadores como parte de un suculento almuerzo. Después de tanto tiempo y de la aclamación general que recibió la crónica de MacPhee, llama la atención cómo el asunto dejó de ser un interesante dato de periodismo literario para convertirse en una tragedia. En manos de expertos hay estadísticas verdaderamente escalofriantes: se calcula que en Estados Unidos mueren 1 millón de animales silvestres diariamente en sus fastuosas autopistas. Y en España se calcula que anualmente perecen en sus carreteras otros 10 millones de animales. En Colombia el fenómeno es muy preocupante, pero no hay estadísticas fiables. Lo cierto es que más allá de la inmensa cantidad de perros, gatos, gallinas, patos, que mueren en nuestras vías, hay otras especies que están en peligro real por culpa de las carreteras asesinas. El asunto es tan delicado que en Colombia fue menester crear una red que se ocupa del tema: RECOSFA. Es la red colombiana de seguimiento a la fauna atropellada. Su impulsor, una especie de apóstol de los animales, el doctor Juan Carlos Jaramillo, Ph.D. en Biodiversidad y conservación, me dijo que en algunas vías del oriente de Antioquia, por ejemplo, trabajadores encargados de la limpieza en las carreteras pueden reportar a lo largo de 50 kilómetros unos 35 o 40 animales atropellados mensualmente. Es normal que en las carreteras que están cerca de los cascos urbanos el fenómeno se presente. Pero ahora que se están iniciando obras de infraestructura vial de enorme magnitud en Colombia, el asunto adquiere visos dramáticos por cuanto está en juego la conservación animal. No olvidemos que cuando se abre o amplía una vía, una nueva carretera, se está rompiendo un hábitat que escandaliza a los animales, que no saben cómo reaccionar y en consecuencia no ven como barrera la construcción que se adelanta a su paso y siguen de largo, o tratan de hacerlo. El doctor Jaramillo cree que las chuchas, esos animales sinuosos y cazadores nocturnos, pueden ser los más frecuentemente atropellados, además de los zorros, los armadillos, osos hormigueros y varias especies de aves que se acercan a nuestras carreteras a buscar insectos. Incluso las aves carroñeras son víctimas de su propio invento: caen sobre los cadáveres de los otros animales muertos y suelen terminar también atropelladas. En el Valle y el Quindío es frecuente ver la muerte en carretera de reptiles, iguanas, lagartos, ranas y sapos. “Las carreteras, en muchos países, son el depredador principal de la fauna silvestre, por encima de la cacería o de la extracción para tráfico de fauna. Y eso sin contar que el atropello a un animal puede significar un accidente de tránsito”. Esa afirmación de este experto en biodiversidad es alarmante y causa mucha tristeza. Lo importante ante este panorama es que el gobierno, que está tan empeñado en el tema de la infraestructura, con el vicepresidente Vargas Lleras a la cabeza, estimule los estudios que sobre este tema se están haciendo y los incluya en su agenda de precauciones con el medio ambiente. Una de las consecuencias de ese apoyo es que se pueda conocer la magnitud del problema y detectar las zonas vulnerables. Eso permitiría que, por ejemplo, en determinados puntos se pusieran reductores de velocidad o una señalización efectiva que advierta a los conductores de la presencia de fauna silvestre. Además, con ese mapa que se elaboraría de las zonas más frecuentes de fauna atropellada, podría construirse puentes de paso de fauna o también subterráneos que les permitan el cruce de la vía a los animalitos, tal y como ya sucede en países como Holanda, Francia, Suiza, Alemania, Bélgica y Kenia. Resulta maravilloso admirar esos puentes de paso que se construyen en varios países en el mundo, a través de los cuales los animales pueden cruzar la carretera sin que mueran atropellados en la vía. Es posible hacerlo y debería ser una obligación. En principio, todos podemos ayudar a detectar qué tan grave es el asunto. Por ejemplo, ya hay una aplicación para celular que se puede bajar en Google Play con el nombre de RECOSFA. Esta aplicación permite sacar una foto del animalito muerto en carretera, lo envía a una base de datos y georreferencia el lugar para que la tecnología elabore el mapa de dónde se produjo el atropello y la frecuencia de episodios similares. Es un buen inicio que merece impulsarse, mientras los ciudadanos y el gobierno nos ponemos las pilas para denunciar el drama atroz de la fauna atropellada.