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De Antonio Caballero he leído muchos de sus libros y columnas. Leeré los que me faltan y releeré tantos más para seguir aprendiendo de su aguda capacidad de análisis y de su prosa poética. Fue un periodista, caricaturista y escritor prolífico. Lo entrevisté varias veces en el callejón y en el patio de cuadrillas de la Plaza de la Santamaría. Además de los toros, compartíamos otras aficiones, oficios e inclinaciones: periodismo, literatura, arte, cultura, sentido crítico de la vida y de la política colombiana, humor negro, cierto pesimismo nihilista y el gusto por la “dolce vita”. Pese a su vida austera y sencilla, era un sibarita al que le encantaban los buenos vinos y la comida exquisita.

Caballero es sin duda el mejor columnista que ha tenido Colombia; una de las voces más críticas, honestas y valientes del periodismo nacional, y la pluma más culta y refinada de la literatura taurina. Ya no sabré si el periodismo nos privó del que pudo ser uno de los autores más importantes en la historia de la literatura colombiana o si fue precisamente eso lo que nos permitió disfrutar y aprender de la inteligencia ácida de su prosa semanal.

Antonio es el cachaco, aristócrata, oligarca y burgués más implacable con la aristocracia, la oligarquía y la burguesía bogotana y colombiana. Un traidor de clase, de su clase, como lo reconoció él mismo en el libro “Patadas de ahorcado”, del periodista Juan Carlos Iragorri. Perteneciente a una de las familias de mayor rancio abolengo del país, en sus columnas y caricaturas no dejó títere con cabeza entre los más poderosos miembros de su clase social, varios de ellos presidentes de la república. Un adelantado de su tiempo, un hombre que estuvo por encima de los intereses de su alcurnia, como tantos otros que en el mundo han sido. Bueno, en realidad no muchos.

“Puedo ser lo que se llama un traidor de clase. Es decir, una persona que ataca la clase en que nació y en la que sigue viviendo. Sí. Lo hago porque me parece que en la estructura social colombiana el abuso de una clase sobre las demás es de una injusticia que clama al cielo, tal vez mayor que en cualquier otra parte del mundo. Y no veo por qué tendría que defender un abuso simplemente porque es a mi favor, o a favor de los míos, y no en contra mía (…). Pero además tampoco hay que exagerar mi ‘traición de clase’. En realidad lo que hago es intentar abrirle los ojos a mi clase social, mostrarle que es ciega, y que esa ceguera no sólo es criminal sino suicida”. Nada que agregar a este perfil contundente y sintético que Caballero hizo de sí mismo en el citado libro.

Serio, pero respetuoso; enfático, pero polifónico; callado, pero erudito; tímido, pero porfiado, me regaló escuetamente la dedicatoria del libro “Los siete pilares del toreo”, una de sus joyas literarias tauromáquicas. Con letra borrosa e ilegible decía, o dice: “Para José Luis García, cordialmente, A Caballero 2004”. Lo guardo y consulto con frecuencia como el que se asoma a un tesoro, junto con cerca de una decena de sus libros: “Paisaje con figuras”; “Toros, toreros y públicos”; “Y Occidente conquistó el mundo: entre el gran pavor del año 1000 y el gran terror del año 2000”; “Historia de Colombia y sus oligarquías”, y “Sin remedio”, su única novela, entre otros. Sin remedio se ha secado la brillante pluma de su ingenio, aunque nos queda su fértil y memorable producción periodística, literaria y caricaturesca.

Como lo recordó el colega Iragorri en un trino, Antonio le dijo en la última parte de la última respuesta a la última pregunta de la entrevista que dio paso al libro: ”La historia es de los vencedores, y me temo que, aunque me haya ido bien en la vida, yo soy de los vencidos. Pero pataleo, como hacen los ahorcados”. Una expresión que a la postre le daría título al libro. No obstante, aunque al mismo Caballero le parecería una patochada, creo que la historia le está dando la razón y se la terminará de dar, incluso a costa de él mismo. “Entonces, he ganado yo, no ellos”, como dice un futurista García Lorca en una escena sublime de la serie “El Ministerio del Tiempo”, de la española RTVE, en la que el poeta granadino, asesinado en agosto de 1936, asiste 43 años después a un concierto de Camarón de la Isla en el que éste canta uno de sus poemas. “Dejemos las cosas como están”, maestro Caballero, como le dice Lorca a su interlocutor, en el sentido de que finalmente la historia le dará la razón.

Trabajó durante más de medio siglo en diferentes medios de Colombia, España y el Reino Unido: entre otros, “El Tiempo”, “El Espectador”, “Alternativa”, “Semana”, “Cambio 16”, “BBC” de Londres, “The Economist” y “6Toros6”. En el último año, luego de trabajar por cerca de 20 y renunciar con su dignidad y valentía intactas a “Semana”, a la que dio lustre en su buena época, escribió su columna para el portal y las redes sociales de Los Danieles (Daniel Coronel, Daniel Samper Ospina y Daniel Samper Pizano). Siempre, durante más de medio siglo, desde el primer día hasta el último, desde la primera línea de sus textos hasta la última, poniendo su talante, su congruencia, su coraje al servicio de los más débiles y oprimidos por el poder político, económico y social, lo que le costó no pocas amenazas, el exilio y la ruptura de su matrimonio.

Aparte de su formación humanística y de su voracidad como lector y viajero del mundo, el talento y la vena artística, literaria y periodística, la calidad de su prosa poética, su sentido del humor, ya los traía en la sangre desde la cuna. Baste recordar a su padre, el destacado escritor y periodista Eduardo Caballero Calderón; su tío, el escritor y cáustico columnista Lucas Caballero Calderón “Klim”; su hermano, el pintor Luis Caballero; su tatarabuelo, el poeta José Eusebio Caro, y su bisabuelo, el presidente y gramático Miguel Antonio Caro. 

La erudita e inteligente capacidad para relacionar contextualmente hechos diversos de la cultura universal se hace palmaria en muchas de sus columnas y libros, incluidos los taurinos. Prueba de ello esta cita que copio de “Los siete pilares del toreo” en el capítulo titulado “José Tomás: El soplo del espíritu”: “He citado (y en estas páginas también) el nihilismo budista, el camino del Tao, la poesía de san Juan de la Cruz en su ‘Cántico espiritual’, la transfiguración de santa Teresa y su coplilla mística: ‘Vivo sin vivir en mí. / Y tan alta vida espero / Que muero porque no muero’”. Y a renglón seguido remata con una sentencia metafóricamente mística: “Como la Santa de Ávila, José Tomás muere porque no muere”.

Fiel a sí mismo y a sus principios y convicciones; antipático, huraño y hosco según algunos, y dulce, divertido y amoroso según otros, Antonio ha viajado sin tiquete de regreso a una metafísica y apasionante tertulia taurina, periodística y literaria con German Castro Caycedo y Alfredo Molano, otras dos ausencias recientes, notables y sentidas en la literatura y el periodismo colombianos y en la Plaza de la Santamaría.

Entonces, apreciado, respetado y admirado, y desde ahora añorado y recordado Caballero; implacable con poderosos y corruptos, corrosivo con gobernantes y mediocres, sarcástico con oligarcas y lagartos, mordaz con sanguijuelas y parásitos, traidor de tu clase: has ganado tú, no ellos.
 

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