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¿Se hacía mejor periodismo antes o se hace mejor hoy? No lo sé, todo era diferente. Sí creo que se hacía con más pasión en aquellos años.

Solamente voy a ir treinta años atrás: las jóvenes generaciones deben saber que hubo un pasado sin internet, sin teléfonos celulares, sin redes sociales y, en lo que tiene que ver con periodismo, la relación era simple entre emisor y receptor: uno que hablaba y otro que recibía. Todo eso cambió, claro está. Ya nada es como antes.

Las salas de redacción estaban casi siempre en punto de ebullición. Mesones largos o paneles en los que había máquinas de escribir y teléfonos fijos, directorios telefónicos, resmas de papel periódico en una esquina, periódicos de Bogotá y los regionales, y uno que otro libro.

Las noticias llegaban por teletipo, por correo o por fax. Cada una generaba un sonido diferente.

En radio, usábamos cintas para grabar y dependíamos del grabador para que el sonido fuera ciento por ciento audible y el producto al aire fuera impecable. Había varios transmóviles que recorrían toda la ciudad con sus radioteléfonos prendidos, sus antenas largas, a la espera de las instrucciones.

El conductor del transmóvil era de hecho un técnico capaz de ubicar el vehículo dependiendo de si la señal pegaba mejor contra el cerro, que es la base de la radiodifusión tanto en AM como en FM.

En ese entonces era imprescindible ir a las ruedas de prensa. Y las ruedas de prensa eran un acontecimiento noticioso en el que decenas de micrófonos de televisión y grabadoras de radio ahogaban al funcionario en un mar de acoso y de puja mucho más intenso de lo que se vive hoy en día.

Ahora, a los periodistas les mandan la voz del funcionario y a veces ni siquiera se convoca a la rueda de prensa, no se necesita.

Cuando uno salía a cubrir una noticia debía llamar a dictarla. El problema era dónde conseguir un teléfono desocupado para llamar con por lo menos tres propósitos: a dictar la noticia, salir al aire o grabar el informe. Si uno estaba en la calle y no en una dependencia, buscaba una tienda o un almacén o una casa o un amigo que le dejara hacer la llamada. Si la llamada era demasiado larga, entonces se le daba el crédito a la tienda o al vecino para agradecerle la cortesía y la paciencia.

En la redacción había dos o tres periodistas que se encargaban de esa tarea, de recibir la noticia y ponerle las iniciales del que la había dictado. Esa noticia, con errores enmendados, se le pasaba al jefe de redacción o al coordinador, quien le echaba otra mirada, la corregía y la alistaba para pasarla al locutor, que finalmente la leía al aire.

Sin querer, ese proceso formaba un filtro obligatorio que no necesariamente blindaba al texto de los errores. Pero varios ojos viendo el mismo trabajo ayudaban a evitar que las inexactitudes fueran garrafales. Si había una duda sobre un sitio o un nombre, se miraba de inmediato en el diccionario o en la enciclopedia y se corroboraba lo escrito.

Lo más dispendioso era sin duda conseguir el teléfono de un personaje y lograr ponerlo al aire. Si queríamos establecer contacto, por ejemplo, con Tamalameque, había que buscar el directorio telefónico y empezar a hacer maravillas. Marque a la alcaldía, marque a la parroquia, marque a la policía, marque a los bomberos y, en últimas, marque al primer número que contestara, al primer vecino que pudiera contar lo que estaba pasando.

Para esa labor había un personaje que era un verdadero artista: el llamador, el hombre que, agenda bajo el sobaco, era más o menos el dueño del mundo. Él tenía los nombres y los teléfonos de todos los personajes del país y ese tesoro llegó a ser muy valioso.

Era de facto el primer contacto entre la emisora y el entrevistado. El que lo buscaba, lo localizaba, el que sabía si estaba en la casa de la mamá, de la esposa o de la novia, y lo convencía de que saliera al aire. Su relación con los personajes llegaba en determinados casos a ser incluso de amistad.

En cubrimientos internacionales, encontrar un teléfono era clave y ponía a prueba nuestra paciencia. En Cuba, durante los años del “periodo especial”, donde había más restricciones que hoy, uno cubría una noticia, llegaba al hotel por la tarde y en recepción pedía que le hicieran una llamada a Bogotá. Esa labor podía durar horas.

Es más, en una ocasión pedí en La Habana, a mediados de los años noventa, que me hicieran esa llamada, me fui a comer, caminé por el malecón, alcancé a probar el ron Bucanero y a mi regreso la llamada no estaba lista: “Ya casi”, me dijo la encargada.

En una mesa de trabajo era fundamental el conocimiento que se tenía de los temas del momento, de actualidad o de historia, dependiendo de la especialidad, pero básicamente se medía por el nivel de información que se poseía a partir de la lectura de los periódicos, el monitoreo de otras radios y de la televisión, y por supuesto del contacto que se tuviera con las fuentes. Contacto en el que primaba la confianza, afianzada en no pocos cocteles o reuniones personales.

En esos años, ir a los cocteles era fundamental para conocer al personaje, hablar con él, presentarse, entablar una conversación, iniciar una relación y obtener información de primera mano que era el objetivo primordial de ese intercambio de saberes y de poderes. Uno podía ir perfectamente a cinco cocteles por semana.

Si se trataba de hacer una investigación, había que ir a la dependencia, solicitar los documentos, los permisos, leerlos, fotocopiarlos, cargarlos, a veces en fólderes, a veces en cajas. Si uno quería enlazar un dato con otro que había salido en el pasado lejano, debía pedir ayuda en un periódico para buscar la fecha de la publicación de ese dato o pegarse el viaje al Hemeroteca o a la Luis Ángel Arango, donde estaban todos los archivos habidos y por haber. Y buscar uno por uno.

Una buena investigación podía durar largas semanas solamente para buscar y reunir los documentos. Eso hacía que los escritorios estuvieran siempre llenos de papeles, hojas de tamaño oficio o de carta, piolas para envolverlos, marcadores para señalizarlos, en fin.

Hoy poco o nada de eso existe. Todo lo hace Google.

Ya no hay máquinas de escribir sino computadores, no hay teléfonos fijos, por lo menos en uso, no hay directorios telefónicos estorbando por ahí, no hay libros ni enciclopedias, no hay una esquina para organizar todos los periódicos. El fax y el teletipo son ahora piezas de museo.

Ya no se graba en cintas, todo es digital y uno mismo es el que edita los sonidos. El grabador es más un productor, y los transmóviles no son fundamentales para las transmisiones porque usted puede emitir desde cualquier lugar del mundo con un teléfono celular o un aparato tecnológico del tamaño de un Ipad que tiene calidad FM. Con ese aparato, por ejemplo, transmití desde el avión del papa Francisco, cruzando el Atlántico, o desde el río Neva en San Petersburgo, a miles de kilómetros de Bogotá.

Hoy tampoco se dictan las noticias: se mandan. Uno las redacta en el celular y las envía y el editor las organiza y a veces las corrige. Tampoco hay que ir a cocteles para conocer al funcionario: se le manda un WhatsApp, un mensaje de voz, y el tipo mira la foto, la analiza y le responde.

Hoy no hay que ir a las ruedas de prensa, a uno le mandan la voz, la foto y el comunicado, o se hace contacto por Skype o se arma una teleconferencia. Hoy no hay que leer los periódicos para estar informado; se leen los portales de internet y se googlea todo, en un segundo se sabe todo de Tamalameque, población, ubicación, cómo son las calles, quién es el alcalde y cuál es su teléfono.

Y, para mí lo más importante, los ciudadanos ya tienen sus propios medios de comunicación, sus propios canales de expresión, por ejemplo a través de las redes sociales. La relación unidimensional entre el emisor y el receptor cambió para siempre.

¿Se hacía mejor periodismo antes o se hace mejor hoy? No lo sé, todo era diferente. Sí creo que se hacía con más pasión en aquellos años, pero lo que sucede hoy es verdaderamente alucinante. Hoy todo se cuestiona, todo se alega, todo se debate. Y eso está bien.

Cuando aún no he cumplido los cincuenta años, un querido compañero me embroma y con cariño me llama “el abuelo de la noticia”. ¡Hágame el favor! Hay millennials así, a los que les dedico esta columna para que entiendan cómo se trabajaba antes y con qué clase de historia sobre los hombros se sienta uno a hablar sobre los temas del día.

PD: ¿Todavía se usa ir a cocteles?

Fuente

RCN Radio

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