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No habíamos terminado de salir de la pandemia del coronavirus cuando estamos entrando a la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial, que sería la última. El arsenal nuclear de Rusia, Estados Unidos y la OTAN acabaría con la humanidad y la vida en el planeta en cuestión de horas. Una confrontación orbital que se podría derivar de la insensata e imperialista invasión de Rusia a Ucrania, acaudillada por el controvertido presidente ruso Vladimir Putin. 

Al contrario de lo que muchos piensan, Putin no es un gobernante de izquierda y Rusia no es un país comunista. Algunos, como la congresista María Fernanda Cabal, siguen confundiendo Rusia con la Unión Soviética. Ésta dejó de existir hace 30 años, y la actual Rusia tiene un sistema de producción capitalista (salvaje), que ha creado una alevosa clase de inescrupulosos multimillonarios oligarcas, entre los que se encuentra el propio presidente ruso.

Por eso era tan cercano y se entendía tan bien con el expresidente estadounidense Donald Trump, dos peligrosos dirigentes megalómanos de ultraderecha que tienen en baja consideración minucias tales como el respeto a la ética y la moral y a procedimientos pacíficos y diplomáticos para dirimir las controversias políticas y geopolíticas. Por eso el neoliberal a ultranza Putin respaldaba la reelección del neoliberal a ultranza Trump y por eso trató de poner sus sucias manos, untadas de sangre de millares de víctimas inocentes, en las elecciones gringas que finalmente llevaron a Joe Biden a la Casa Blanca.

Para muchos el mejor ajedrecista de la historia, el excampeón mundial Garry Kasparov había advertido hace años lo que pasaría con el dictador ruso, como él lo llama y dice que lo llamen. Y lo recordó en un trino en estos días: "Es la serpiente que el mundo libre anidó en su seno, tratándole como un aliado, mientras difundía su corrupción. Ataca de nuevo". El ícono del ajedrez mundial acusó a las democracias occidentales de no tomarle en serio y de tener que pagar ahora las consecuencias. Como “El huevo de la serpiente”, la película de Ingmar Bergman, sobre la gestación del nazismo y del genocida Hitler.

Putin está tratando ahora de revivir la vastedad invasora e imperialista de la Unión Soviética y de la Rusia zarista: de Iván el Terrible a Vladimir el Tirano, pasando por Catalina la Grande y Stalin. Estos delirios paranoicos de grandeza han puesto en jaque a la civilización occidental: la mayor encrucijada de la humanidad después de la Guerra Fría y del covid-19.

En el siglo XVIII la casquivana zarina Catalina la Grande contribuyó de manera significativa a que Rusia se convirtiera en una potencia mundial y a que fuera tenida en cuenta en el concierto de las naciones importantes de Europa. Más allá de sus extraordinarias aventuras eróticas y proezas sexuales, Catalina no sólo acumuló amantes por doquier sino sumó muchos territorios al imperio ruso. Inspirada por su más célebre amante. Potemkin, expandió la Rusia zarista con la anexión de Crimea y aumentó el poder de la monarquía. Siglos después la península de Crimea pasó al control de Ucrania, y en 2014 el desvarío expansionista de Putin la ocupó por la fuerza y la anexó a Rusia, tal como lo hiciera la emperatriz en 1774. Una historia imperialista, circular, que se repite.

Catalina, que no sólo era libidinosa sino que también amaba las artes, continuó la tradición de tener en la corte un teatro de ópera italiano. La despótica zarina dejó libretos para unas cuantas óperas cómicas con música de diversos compositores a su servicio. En ese siglo XVIII se vivía el furor del clasicismo musical, que había sucedido históricamente al barroco y tendía el puente que conduciría al romanticismo, siendo Beethoven bastión fundamental en esta última transición. Otros compositores y músicos famosos de esta época en Europa fueron Bach, Händel, Haydn y Mozart.

La cultura, la música y el arte no han sido ajenos a la política, ni al desarrollo de la vida, ni al devenir del ser humano. Los intentos de instaurar un concepto como el del arte por el arte han sido una utopía de quienes han querido construir una aséptica torre de cristal cultural alejada de la incómoda realidad. Eso lo han entendido emblemáticas organizaciones y entidades del mundo cultural occidental que en estos días han aplicado sanciones simbólicas a grandes estrellas y agrupaciones rusas del arte y la música clásica cercanas al Kremlin y a Putin. Es así como el director de orquesta Valery Guérguiev, la soprano Anna Netrebko y el Ballet Bolshói, entre otros, han sido sancionados con el despido de sus cargos o la suspensión de sus presentaciones en diversos países occidentales. 

La Orquesta Filarmónica de Múnich tomó la decisión de despedir al reputado director ruso Valery Guérguiev, amigo muy cercano del tirano ruso. Así mismo, la Orquesta Filarmónica de París, el Carnegie Hall de Nueva York y el prestigioso Festival de Lucerna (Suiza) cancelaron sus conciertos como una muestra de solidaridad con el pueblo ucraniano.

La diva mundial del canto lírico, la soprano ruso-austriaca Anna Netrebko, resolvió suspender todos sus conciertos luego de que le cancelaran varias de sus presentaciones en diversos escenarios europeos. La artista se sintió indignada porque le pidieron que tomara distancia y criticara el condenable proceder imperialista y genocida de Putin. Su actitud y su silencio frente a la ignominia bélica del gobierno de su país me hicieron acordar de cuando vino hace unos años a presentarse en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo de Bogotá. Una velada inolvidable gracias a su voz magistral. En la rueda de prensa previa un periodista le preguntó:

-¿Qué piensa de la música y el canto?
-Yo no pienso; yo canto –respondió enfáticamente la diva.

En ese entonces pensábamos que estaba cansada, o algo enferma, o que había tenido un mal día o que pasaba un difícil momento personal. Hoy pensamos que era cierto, que decía la verdad.

La presión del mundo de la cultura ha aumentado sobre los artistas rusos a raíz de la invasión a Ucrania con el fin de que tomen distancia y cuestionen el accionar bélico del presidente Putin, so pena de ser declarados personas no gratas en los escenarios occidentales. De esta forma, la cultura se ha sumado a las sanciones impuestas a Rusia por el mundo del deporte, además de las económicas que han aplicado diferentes gobiernos. 

En este contexto, la Royal Opera House de Londres canceló las presentaciones del mítico Ballet Bolshói, previstas para el próximo verano boreal. A su vez, los organizadores del Festival de la Canción de Eurovisión anunciaron que ningún representante ruso podrá participar este año en el popular certamen televisivo. Otros artistas rusos afines a Putin y al Kremlin también fueron cesados de sus cargos o dejados por fuera de la agenda de eventos en países occidentales.

Ojalá estas sanciones simbólicas, no letales como las bombas pero de hondo y significativo calado, sirvan para atajar la masacre que pretende perpetrar Putin en Ucrania e impedir que estalle un conflicto nuclear de nefastas y mortales consecuencias para la humanidad y el planeta.

Con Gabriel Celaya, en “La poesía es un arma cargada de futuro”, no pierdo la esperanza:

Cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
(…)
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
 

Fuente

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