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El mar no se queda con nada”, había escuchado decir toda su vida Mimina y, por eso, había estado de tarde en tarde esperando que las aguas impetuosas devolvieran a la orilla algo que trajera felicidad a su precaria existencia.

Todo iba tan mal que, incluso, llegó a soñar con las sobras del cargamento prohibido de un barco abatido por las angustias de un viaje fragoroso por el Caribe.

Había perdido la esperanza, o acaso nunca la tuvo, en un país que como Haití, ha parido generaciones enteras de niños con hambre y con el odioso recuerdo de la estupidez de los Duvalier.

Como todos los días a las cinco, Mimina se sentó bajo la fronda de los pomos florecidos, mientras el sol inclemente hacía subir a trazas el hedor insoportable de los orines y los excrementos de las letrinas ubicadas en la línea que de un tajo partió como con un bisturí a La Hispaniola, para dejar del otro lado a República Dominicana.

Allí, el viento trae el eco lejano de las voces irredentas de los más de 30 mil haitianos asesinados en 1937 por el dictador dominicano José Leonidas Trujillo, en el empeño de sacar a los invasores negros de la provincia a la que luego le pusieron el nombre de Libertad, en medio de la alegría nacional y la sonrisa animal de quien se hacía llamar el “Libertador de la Patria”.

El límite natural es el río que entonces perdió irremediablemente sus aguas transparentes y fue llamado Masacre desde entonces.

Es en ese lugar en donde centenares de seres humanos pasaron con los pies manchados de sangre, en donde todavía se palpita la existencia hombres desesperanzados que se aferran a una yola para irse por el mar Caribe con la ilusión de cumplir con el sueño americano.

Es en esa zona fronteriza en donde se concentran los míseros dueños del comercio de la ropa usada, los hambrientos que roban el ganado del otro lado de la frontera para saciar el hambre con su carne magra, los que secuestran religiosas, las caravanas de jornaleros de piel cetrina empujados por la miseria.

Este es el lugar en donde Mimina tendría una visión maravillosa que vendría del cielo, y no del mar como siempre imaginó, cuando ya se preparaba a regresar con las manos vacías.

Mientras a lo lejos transcurría un ritual de vudú, una pequeña avioneta cayó en picada en sus dominios y estremeció la tierra, mientras las gallinas preparadas para el sacrificio huían revoloteando.

Con los labios resecos y los pechos exprimidos, se acercó al lugar en dónde aún ardían los hierros retorcidos del aparato y como pudo rescató una Coca Cola que empezaba a hervir entre el fuego metálico.

Entre tanto, un hombre de mirada triste se apoderó de una parte del cargamento de polvo blanco que tenía como destino un aeropuerto de La Florida, otro encontró dólares debajo del asiento del piloto y un pequeño desnudo gritó de alegría en creole, mientras se ponía unas gafas Rayban.

Entre el fragor de la disputa por el mísero botín y peleando con la frenética multitud, un hombre sacó fuerzas de dónde pudo para llevarse el alerón de la avioneta accidentada en el que se leía una matrícula colombiana.

Otros hijos del río Masacre terminaron por llevarse pedazos de hierro y las vestimentas humeantes de los desafortunados ocupantes.

Ese día, Mimina supo por fin lo que es la ayuda humanitaria.

Fuente

RCN Radio

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