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El rey Genserico y la Revolución francesa son claves para entender a quienes disfrutan destruyéndolo todo.

Para saber más de esos personajes que andan por ahí destruyendo lo que encuentran a su paso, dañándolo, modificándolo todo, afeándolo, pintando las paredes y decapitando estatuas, debemos remontarnos a dos etapas de la historia: la primera, el siglo V de nuestra era. Y la segunda, la Revolución francesa.

Comencemos por señalar que los vándalos fueron un pueblo germano que habitó la Europa central, entre Alemania y Polonia, que recorrieron naciones y se establecieron en el norte de África, en la actual Túnez. Tuvieron su propio idioma, el vándalo, y un famoso rey, Genserico, del cual se han escrito varios libros porque llevó a su pequeño pueblo a ser una potencia militar. Su reino fue destruido por los bizantinos hacia el año 534.

Genserico lideraba un pueblo guerrero, atrevido, enjundioso y rapaz. Su temeridad no tenía límites. Por eso no tuvo reparos en invadir y saquear a Roma en el siglo V, sometiendo a la ciudad a toda clase de atrocidades que llevaron a que la población aterrorizada se refugiara en las catedrales de San Pedro, de San Juan y de San Pablo. Sin embargo, la valentía del papa León Magno logró convencer al guerrero que no incendiara la ciudad. Algo es algo, diríamos hoy.

Más de mil años después, cuando ya ni siquiera los vándalos ni su reino existían, otro cura, Henri Grégoire, se encargaría de hacer universalmente famosos a los vándalos en plena Revolución francesa. Grégoire era un valiente abate revolucionario, que detestaba la monarquía y luchaba por la abolición de los privilegios de la Iglesia. Pero, a pesar de sus simpatías ideológicas, el ya obispo estaba preocupado por el tamaño de la destrucción que traía la protesta.

Por esa razón, decidió escribir un monumental y ladrilludo tratado al que bautizó “Informe sobre la destrucción traída por el vandalismo y los medios para acabar con ella”, en el que denunciaba los ataques a los monumentos franceses por parte de los enemigos de la república. A Grégoire le gustaba repetir que solo los bárbaros y los esclavos eran capaces de destruir los monumentos artísticos como los museos, los palacios, las catedrales, los castillos: “los hombres libres los aman y conservan”.

A partir de ese informe en el que el obispo Henri Grégoire usó por primera vez la palabra vandalismo, se produjo su expansión y generalización en el mundo entero. Lo que se relacione con destrucción del patrimonio, con la sinrazón del daño al bien ajeno por parte de esos seres extraños e incomprensibles que se dedican a pintarrajear todo lo que ven a su paso por la Avenida Caracas, se llama vandalismo.

Ningún país se salva del fenómeno, aunque es menos frecuente en los países totalitarios. Curiosamente, la OCDE, a la que ya pertenece Colombia, se ha ocupado del tema, por lo menos en lo que se relaciona con mediciones sobre índices de violencia como consecuencia del abandono escolar.

En efecto, los vándalos de hoy en día se caracterizan por ocasionar destrucción en papeleras, paradas de bus, fachadas de edificios, cabinas telefónicas, vehículos públicos y privados, monumentos, postes, en fin. La lista es interminable. Y según un informe del movimiento MAS, de México, de 2013, el 33 por ciento de los jóvenes que abandonaron sus estudios se dedican a la vagancia y al vandalismo.

Entonces, surge la pregunta de siempre: ¿los vándalos son vagos, bárbaros o delincuentes? ¿O son jóvenes desadaptados por su condición de desescolarización? La respuesta es difícil, a juzgar a veces por la sevicia con la que atacan lo público y lo privado, lo profano y lo sagrado, sin dios ni ley.

Es obvio que el vándalo tiene su propia teología. La destrucción es su dios. La sevicia y el odio, sus instrumentos. La pintura y su firma, sus ornamentos. Infiltrarse en la legítima protesta y desprestigiarla es su liturgia. La impunidad de su irrupción es  su victoria.

Ignoro si el vandalismo y sus vándalos se combaten o se enfrentan. Si es la ley y el castigo su respuesta. Pero es un fenómeno universal, de hace mucho tiempo, que no parece encontrar una solución. Salvo una, la de siempre, la que parece resolver los dilemas fundamentales: la educación. Creo que esa es la respuesta.

Fuente

RCN Radio

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