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Cambiarse el nombre para lucir mejor

Juan Manuel Ruíz / Foto RCN La Radio

Por: Juan Manuel Ruíz Machado  

Me recordó un respetado líder indígena que cuando los españoles llegaron a América una de sus primeras acciones fue obligar a los nativos a adoptar nombres y apellidos mundanos e inteligibles, del Nuevo Mundo, y abandonaran los nombres propios de sus padres y abuelos, o sea los de sus ancestros. La orden tenía la intención de civilizar, según los conquistadores, a esos seres humanos que supuestamente habían encontrado casi en estado salvaje, como bestias, y permitirles de esta manera entrar con renovadas credenciales a un mundo bello, mejor presentado y lustroso.

Ya sabemos lo que pasó con semejante ignominia. Culturas enteras desaparecieron, fueron arrasadas o fueron sometidas. Apellidos indígenas pasaron a ser reemplazados por los de los conquistadores, olvidando las dudosas credenciales que muchos de ellos traían desde prisiones y mazmorras de la Madre Patria, razón por la cual fueron enviados al matadero que significaba la conquista del Nuevo Mundo: total, si esos conquistadores y sus hombres morían, nada se perdía, eran desechables, no eran nada, eran bazofia y basura de las que se podía prescindir.

Esa culturización y esa "limpieza" que emprendieron los conquistadores en todos los niveles se quedaron incrustadas como un estigma en un amplio sector de la sociedad, y lamentablemente sobreviven hoy en día, hasta el punto de que todavía entre algunos la palabra indio es una ofensa, una palabra con la que se subestima, se incordia y ataca.

Pronto los criollos, los hijos de los españoles en América, transmitieron de generación en generación esa conducta de repudio a lo nativo, siempre en búsqueda de la aceptación española, incluso, entre otras, por razones de supervivencia. Entre más apariencia de pureza hispana se tuviera menos visibilidad se alcanzaba ante las sanciones provenientes de la corona española contra lo que aparentara insurrección.

Y el asunto se quedó incrustado para siempre, como ocurrió en otros mundos y en otras latitudes. Sin ir muy lejos, la limpieza racial que iniciaron en Europa a finales del siglo XIX se acentuó con la ilusión de Hitler de eliminar a los judíos, labor que comenzaba con la definición detallada de los nombres y apellidos: nombres como Isaac, Israel, David, o apellidos como Rosembaum, Frank, Bloomberg, etc., eran una sentencia de muerte. Para sobrevivir a los campos de concentración, muchos lograron cambiarse los nombres y apellidos y salieron huyendo del continente.

En nuestro entorno, la división social por nombres y apellidos logró enquistarse durante mucho tiempo, pero ha ido cediendo poco a poco, con dificultad, con mañita. Sin embargo, con escasas excepciones, los apellidos de hace dos siglos son los mismos apellidos que hoy gobiernan u ostentan el poder. De eso se ha escrito mucho y se escribirá todavía más cuando se hable de inequidad y de iniquidad, dos palabras parecidas pero de significados distintos. Y me gustaría saber cuántos colombianos con apellidos indígenas ocupan hoy altas posiciones en el estado e incluso en el sector privado.

Quizás por frustración, por vergüenza o por arribismo, todavía en muchas familias, sobre todo las venidas a menos, es común que los hijos mencionen los supuestos ancestros españoles de sus padres y abuelos, y la disculpa siempre es la misma: fuimos y tuvimos, pero seguimos siendo aunque no tenemos. En esas historias siempre aparece un abuelo o bisabuelo español, cuyo origen noble le daba incluso para tener escudo de armas, pero que por infortunio, por mujeriego o botaratas, despilfarró la supuesta fortuna familiar. Casi todas esas historias son, perdónenme, pura paja, carreta o simplemente una mentira.

Esas historias que los seres humanos nos inventamos para querer ser lo que no somos, para querer limpiar el nombre, son simples demostraciones de inseguridad, de vergüenza o de arribismo. Inconformismo con lo que se es o lo que se tiene. Consulté el directorio de la RAE sobre lo que es un arribista y me arrojó esta definición: persona que progresa en la vida por medios rápidos y sin escrúpulos.

En estos días ha estado en la agenda pública, gracias a una asombrosa investigación, el caso de una famosa columnista y asesora que decidió cambiarse su apellido Lizarazo por Springer, más sonoro y llamativo. Y se han conocido los casos de periodistas que han cambiado el orden de sus apellidos, para rendir homenaje en primera instancia al de la madre, lo cual me parece bien e incluso creo que debería ser obligatorio.

Pero, independientemente de las respetables razones que haya tenido alguien que se apellida Lizarazo y se pone Springer, el asunto es llamativo por todo lo que anteriormente hemos escrito. Pero lo mínimo que uno piensa es: ¿tanto influye mi nombre en el logro de mis objetivos? ¿Cambiándome el nombre podré lucir mejor?

En una novela que ya nadie recuerda de Jesús Zárate, llamada La Cárcel, uno de los personajes proclamaba: "Llamarme Antón es como llevar en la vida una bandera". El nombre, el apellido, son, en efecto, una bandera. La bandera que nos identifica ante el mundo y ante la vida. Cambiarlos sin necesidad para lucir mejor es sin duda un asunto de vanidad y de vergüenza.