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No soy petrista, ni antipetrista, sino todo lo contrario. Mucho menos tibio: algunas de mis posturas existenciales, de mis convicciones personales más profundas, escandalizarían al mismo Danton. Lo que sí soy es un demócrata integral, alguien que hace uso de un pensamiento crítico, utópico y propositivo, un partidario de la democracia. Según el DRAE, “sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes”. Y, de acuerdo con otra de sus acepciones, “forma de sociedad que reconoce y respeta como valores esenciales la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley”. Tal vez a algunos les parezca demasiado mamerto ese concepto de democracia, pero es lo que hay y aún no conocemos un sistema de gobierno mejor. Por ser un concepto de hondo calado, es necesario bucear en su etimología: procede del latín democratia y este del griego demokratía ‘gobierno popular’. Demo ‘pueblo’ y cratia ‘gobierno’: gobierno del pueblo. Esos griegos y latinos eran muy castrochavistas.  

En mi calidad de demócrata y de ciudadano colombiano, independiente de ideología o militancia política alguna, quiero proponerle al presidente electo, Gustavo Petro, un par de asuntos puntuales relacionados con la educación, la ciencia y la cultura a partir de la firme convicción de que en estos pilares se puede edificar una sociedad más solidaria, desarrollada, pacífica, equitativa, inteligente y feliz.

El primer punto de la propuesta tiene que ver con el regreso y la profundización en el sistema educativo de las Humanidades (así con mayúscula) y las ciencias sociales, que en los últimos años se han visto relegadas de los programas académicos de colegios y universidades. Una visión pragmática, tecnócrata y utilitarista de la vida las ha degradado a un segundo y tercer plano. Tan es así que materias indispensables para entendernos, conocernos y reconocernos como filosofía, arte, literatura o cívica son consideradas como costuras en los planes de estudio por parte de estudiantes, profesores y padres de familia.

No sólo de sumar, de nuevas tecnologías y de saber hablar inglés vive el hombre. También hay que saber pensar y analizar y tener empatía y compasión por el otro. Cómo es posible que se dé esta aberración conceptual y pedagógica en un país como Colombia, caracterizado por la violencia sistemática, el irrespeto a las normas mínimas de convivencia civilizada, el matoneo, por unos relajados y ambivalentes principios éticos y morales, por la violación de los derechos humanos, la corrupción y la incompetencia lingüística que lleva a la dificultad de comunicarse, de comprender mensajes, de escuchar al interlocutor, de leer y escribir y a la falta de sindéresis por parte de los colombianos. Y a la casi nula capacidad para apreciar el arte o las creaciones superiores del ingenio humano. Y a los mínimos índices de lectura de una sociedad que raya en el analfabetismo funcional. Hay que ver no más el nivel intelectual, de raciocinio y de argumentación de las violentas discusiones políticas que se han dado en el país por estos tiempos.  

En el pénsum de colegios y universidades, además de las materias mencionadas, propongo incluir música, derechos humanos, ética y moral, astronomía, geografía (para saber, entre otras cosas, qué es y dónde queda el Vichada) e historia, entre otras. No todas serían obligatorias o preceptivas, por supuesto. Varias de éstas serían opcionales, de tal suerte que los estudiantes tuvieran también la posibilidad de participar y decidir sobre los contenidos de los procesos de enseñanza-aprendizaje. 

El segundo aspecto de esta sencilla, insuficiente y abierta propuesta tiene que ver con la formación espiritual, emocional y física de los alumnos, que están relacionadas intrínsecamente. El cuerpo es el templo del alma. La salud de ésta depende de la de aquéllas y viceversa. Un tema absolutamente necesario en una sociedad enferma como la nuestra: enferma de odio, rencor, violencia, amargura, ignorancia, incultura, frivolidad, insustancialidad, hambre, pobreza, fanatismo, polarización y anacronismo.  

Para desarrollar esta idea, para hacer posible la que usted -presidente Petro- ha llamado “política del amor”, para que todos los colombianos puedan “vivir sabroso” –en el amplio sentido que le da a la expresión la vicepresidenta electa, Francia Márquez-, los planes educativos deberían contemplar la presencia de asignaturas de este talante: deporte (bien enfocado), cultura física, yoga y meditación, mindfulness, religiones (todas) y ajedrez, conocido como el deporte-ciencia. A través del ajedrez se desarrolla la memoria, el cálculo, la toma de decisiones, la inteligencia, la creatividad, el respeto al rival y a las normas, y se potencian las capacidades de naturaleza estratégica y táctica. Sobre los beneficios del ejercicio y del yoga y la meditación ya hemos hablado en otras oportunidades y están más que comprobados científicamente.

Con una formación integral basada en la ciencia, la educación, la cultura y el respeto a los derechos humanos quizás logremos reunir, unir de nuevo, recuperar armónicamente la coherencia y la cohesión de esta sociedad enferma, inculta, analfabeta, fragmentada, violenta y en ebullición. Es posible que se logre tan alta meta, como usted lo pretende, sustentando todos los pilares que constituyen la estructura de un país, de una comunidad, de una ciudadanía, de un pueblo, sobre la base de la cultura entendida como el “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”. Y, además, como el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc”. Una cultura en la que quepa todo esto y más: una cultura inclusiva en la que se fundan en uno solo los conceptos de cultura popular y cultura culta o académica. Una cultura en la que quepan el artesano y el artista, la música folclórica y la música clásica, el guacharachero y el violinista, el futbolista y el ajedrecista, el juglar y el poeta. Una cultura en la que quepamos todos. Una cultura donde la vida sea sagrada y el arte una bendición. Una cultura de la vida. Una cultura.
 

Fuente

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