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cgonzalez
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Un ciudadano común y corriente camina desprevenido por las calles de su barrio, es sábado por la noche y está a pocos pasos de llegar a casa después de departir con algunos amigos, de repente un individuo en bicicleta se atraviesa en su camino, al tiempo otro lo ataca por la espalda, lo golpea tan fuerte en la nuca que en un instante lo mata, la víctima cae sin vida y los asesinos como aves de rapiña se lanzan sobre su cuerpo y comienzan a esculcar entre sus bolsillos, en segundos toman sus pertenencias y huyen. 

No, no acabo de describir una escena de una película de terror ni son los hombres del "guasón" o del cruel "acertijo" en Ciudad Gótica, ocurrió en el barrio La Estrada en Bogotá

La víctima se llamaba Johnson Zorrilla, un técnico que trabajaba en una entidad oficial, tenía 56 años, tres hijos y cinco nietos. Solo cometió un error, creer que podía salir a conversar con sus amigos en un local del sector, pero no tuvo en cuenta una cosa, que vive en Bogotá y en Bogotá esos lujos no se los puede dar nadie
Como nadie puede hablar por celular en la calle, en su carro o en un taxi, o nadie puede ir a un restaurante porque allí también lo atacan y más si tiene un reloj de lujo, tampoco nadie puede tomar un Transmilenio porque lo pueden apuñalar o salir a hacer ejercicio al parque con audífonos para animarse con buena música y ni se le ocurra montar en bicicleta, ¡cuidado! en Bogotá eso le puede costar la vida. 

En los noticieros de televisión y en las redes sociales repiten sin descanso imágenes captadas por cámaras de seguridad que revelan con alarmante preocupación cómo en la capital nadie está a salvo. También emiten una y otra vez las declaraciones de funcionarios y oficiales de la policía lamentando los muertos y ofreciendo recompensas y así sucesivamente día tras día y aunque esto no es culpa exclusiva de ellos, nadie tampoco parece ofrecerles a los ciudadanos alguna solución. 

Las cifras son de verdad aterradoras, según la propia policía en lo que va del año 80 personas han sido asesinadas en atracos. La alcaldesa Claudia López ha reconocido que los delincuentes matan y después roban, la dinámica es dantesca. Miren esta estadística: en sólo tres días, entre el 8 y el 11 de este mes, agosto del 2021, la policía confirma 11 homicidios, 21 carros y 28 motos robadas, 191 celulares hurtados, lo mismo que 36 bicicletas. Sí, tres días, no es un error. Pregunto, ¿quién puede vivir así? 

No es justo que la reforma del sistema penal acusatorio haya terminado por privilegiar las garantías del victimario en detrimento de los derechos de las víctimas, que por cuenta de descongestionar las cárceles se haya banalizado todo delito y se termine "premiando" al hampón y ¿dónde están los genios que diseñaron este esperpento? 

También cabe preguntar con qué herramientas trabajan los jueces y si se está haciendo algo realmente serio para fortalecer la justicia. Sabemos que las cárceles son más antros desde donde se planean infinidad de delitos y de la rehabilitación social del interno es muy poco lo que hay para mostrar. De ñapa hay dirigentes políticos que justifican este tipo de fenómenos en la "falta de oportunidades". 
Los delincuentes saben que es muy poco probable que los capturen y si por alguna casualidad esto ocurre, conocen de sobra los niveles de impunidad en los que se mueve el país. 

Así se configura la tormenta perfecta, el hampa reina en las calles y los ciudadanos solo intentan sobrevivir. Mas desesperanzador no puede ser el panorama. 
Es habitual escuchar conversaciones como "no saques el celular en el taxi, mira que te rompen el vidrio por robártelo", "si vas a caminar o tomar Transmilenio por favor quítate los aretes y la cadenita", "esconde el maletín debajo del asiento del carro, ojo que en un trancón se lo llevan" y así, infinidad de recomendaciones que solo nos demuestran con mucho dolor que normalizamos esta situación y solo tratamos de convivir con ella. 

Es en últimas el peor de los mundos, unos envalentonados y otros atemorizados. Y salvo algunos pronunciamientos y estrategias coyunturales que hasta polémica generan, nada claro se ve hacia el futuro. 

No vamos a caer en el típico “todo tiempo pasado fue mejor", seguro a mi generación le tocó una Bogotá más tranquila si se quiere, pero también más caótica, sin consciencia del espacio público, sin bibliotecas, sin una red hospitalaria más o menos eficiente, sin un sistema de transporte medianamente ágil, sin parques, sin andenes. Es mucho lo que se ha ganado, pero de qué sirve, si es prácticamente imposible salir a las calles sin temor de que algo malo ocurra.

Y para rematar, los ciudadanos hemos visto que la relación entre la alcaldesa y la policía no es la mejor, ella es la comandante natural de esa fuerza, sin embargo, cada vez que se presenta una dificultad la señala, recordemos los paros y más recientemente los hechos ocurridos en El Campín, para citar solo dos ejemplos. 
La fractura es clara y es probable que eso afecte la moral de los uniformados sobre todo cuando solo se acuerdan de ellos para señalarlos. 

Si parecemos Ciudad Gótica, entonces dónde estará nuestro Batman, los seres humanos requerimos siempre de un superhéroe que nos haga creer que no todo está perdido, uno que nos recuerde que aún hay posibilidades de justicia y que el bien triunfará sobre el mal, alguien que nos permita mantener la esperanza, por eso no puedo dejar de recordar una de las icónicas frases del hombre murciélago en la saga del Caballero de la Noche, quien en medio del caos sentenció : "A veces la gente merece más, a veces la gente merece que recompensen su fe". 

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