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Ya es hora de llamar las cosas por su nombre. El colado no es un desadaptado, es un corrompido.

Todos los días tenemos que lidiar con él (o ella). En las estaciones de Transmilenio pululan como una plaga esos personajes abominables que se esconden en el cinismo para justificar su conducta detestable, y parecen estar conectados unos a otros por el mismo código moral enrevesado y vil. Ya es hora de llamar las cosas por su nombre y dejar a un lado las justificaciones, las mismas que han permitido que se cometan crímenes atroces en nombre de Dios, la libertad, la igualdad y la misma paz.

Ese colado que todos los días atraviesa dos calzadas de la avenida Caracas de Bogotá y se introduce en la estación, arriesgando su vida y la de los demás, es un pequeño corrupto, o mejor, un auténtico corrompido, capaz de hacerse matar con tal de no pagar 2.300 pesos que de otra manera sí estaría dispuesto a pagar en vagabunderías.

Y es que, sin duda, aquel que hace semejante maroma –atravesar la avenida como un suicida y saltar a la estación, o saltar por encima del torniquete, o simplemente troncharlo para hacerse caber a la brava– es el mismo que un día, cuando tenga un empleo, se prestará para una “firmita” o para una “vueltica”, que por nimia le parecerá inane e invisible: gota a gota se llena el estanque, poco a poco se colma la bolsa del ladrón.

El corrompido que se cuela quizás no ha caído en la cuenta de que con su actitud les está robando la plata a los demás. Especialmente a los que sí pagan el pasaje y a los que pagan los impuestos para sostener el sistema. Usted podrá estar o no de acuerdo con Transmilenio, o con el régimen tributario, pero nada de eso lo exime de sus obligaciones solidarias que influyen en el bienestar de los demás.

Esta clase de corrompido tampoco tiene clase social, o estrato, o algo por el estilo. He visto desde obreros hasta señores encorbatados, estudiantes con uniformes blancos o azules, y señoras con bebés en brazos, colarse, meterse, introducirse en el sistema mostrando una gran sonrisa o usando la mejor táctica del bandido: cuando llegue al banco a robar, llegue bravo. Todo malo vive bravo, porque así justifica su delito.

No olvidemos que el colado es primo hermano del vándalo, aunque a veces sospecho que son la misma persona. Un colado “vandaliza” el sistema porque lo viola, lo agrede y lo abusa. No lo respeta. Como seguramente no respetará filas, se colará en los bancos o en las fiestas, falsificará diplomas, se hará pasar por víctima o por damnificado y será capaz de usar un cédula falsa para ganar una ocasión. El que es bandido en lo pequeño, insisto, será bandido en lo grande.

Un día increpé a uno de ellos y por la cara creí que podría sostener una especie de “diálogo” más o menos razonable. Pero la respuesta fue una colección de palabras terminadas en uta, ido, ón, ro y rrea y solamente un “argumento”: “sapo hijueputa, ¡por qué no le cobra  a Peñalosa, que es el dueño de los buses!”.

A este bárbaro, está demostrado, no se le puede hablar. Bufa y arrufa, como un perro rabioso, y es capaz de morder, como aquellos que han atacado a funcionarios de Transmilenio cuando tratan de cobrarles. ¿Y entonces? Pues nada, que este asunto ya no tiene solución, porque con ponerlos a lavar y trapear no se va a sacar nada. Y ni modo de plantear cárcel o algo así, porque por cada colado hay diez abogados y un código civil y otro código penal manchados o ensangrentados.

Lo que más me entristece es que estos pequeños corrompidos serán los grandes corrompidos de mañana y ahí no hay consulta anticorrupción o proyectos contra la corrupción que valgan: ¡los reemplazos de los Nule, de los Samuelitos e Ivancitos, de los Ottos y los Ñoños ya nacieron! Y lo peor: ¡ya ejercen!

Solamente una cosa adicional le digo a este corrompido, en caso de que esté leyendo esto, aunque no creo: un día, cuando se case y tenga hijos, carecerá de moral para reclamarle a su hijo la verdad. O cuando se dé cuenta de que hace parte de una sociedad, carecerá de autoridad moral para reclamarle al Estado una obligación. Usted, colado, es un cómplice del chanchullo que hirió de muerte a este país, un testaferro del peor de los males de la naturaleza humana.

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