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La Croacia que como el ave Fénix resurgió de las cenizas de la guerra para dar ejemplo al mundo de superación, dignidad y resiliencia.

La violenta Guerra de la antigua Yugoslavia o Guerra de los Balcanes dejó cerca de 200.000 muertos y millones de desplazados y heridos en ese territorio de la Europa del este, hace apenas dos décadas. Pueblos y comunidades destrozados y una región arrasada por el odio, las bombas y la miseria.

Como se sabe, uno de los protagonistas del conflicto bélico en los Balcanes, originado por complejos problemas políticos, económicos, sociales, históricos, culturales, religiosos y étnicos, fue la hoy República de Croacia, un pequeño país de poco más de cuatro millones de habitantes, la mitad de la gente que vive en Bogotá.

Sí, la misma Croacia subcampeona del Mundial de Rusia-2018, que ilusionó a medio mundo y a toda Colombia con la posibilidad de un título épico. La Croacia de Modric, Rakitic, Subasic, Vida, Perisic, Mandzukic y del místico técnico Zlatko Dalic, entre otros héroes. La Croacia que como el ave Fénix resurgió de las cenizas de la guerra para dar ejemplo al mundo de superación, dignidad y resiliencia.

La Croacia del capitán Luka Modric, pequeño y heroico como su país, elegido a la postre y merecidamente como el mejor jugador del Mundial, pese a que su selección no se coronó campeona como lo soñábamos todos. Un Modric que más parece un duendecillo hilvanando precisas jugadas en el medio campo que una megaestrella del meganegocio en que se convirtió el megaespectáculo del fútbol.

Así como en la guerra –en términos metafóricos-, Croacia libró tres épicas batallas futbolísticas de 120 minutos en poco más de una semana, de las que salió victoriosa y alimentó la leyenda y la ilusión de lograr el título mundial. Y todo esto apenas unos cuantos días antes de la final ante Francia. Los croatas derrotaron en el alargue y los penales -en algunos casos- a Dinamarca, el anfitrión Rusia y la pesada Inglaterra con buen fútbol, trabajo en equipo, un corazón enorme y unos huevos de hierro.

La victoria de Croacia frente a Inglaterra fue recibida por los colombianos como una suerte de venganza por la afrenta no sólo de que los ingleses nos vencieran injustamente, sino por todas las barbaridades que dijeron contra Colombia antes, durante y después de ese partido que nos sacó del Mundial. Dicen que los ingleses inventaron el fútbol hace mucho tiempo, pero por lo visto en Rusia los atacó la peste del olvido de su propio invento.

Croacia propuso un fútbol técnico, de manejo de la pelota, de triangulaciones, de cambios de frente, de contundencia en el ataque, liderado por el talento de Modric, un extraordinario jugador sin la estridencia ni la pinta de las grandes vedetes del fútbol mediático de nuestros días.

También la Croacia de la bella y carismática presidenta Kolinda Grabar Kitarovic, primera mujer en ocupar ese cargo y quien no se perdió ningún partido de su selección ni se aprovechó de los privilegios de su dignidad política. Ella pagó de su bolsillo todos los gastos del viaje y estadía en Rusia, y dejó de recibir el salario durante los días del Mundial. Cualquier parecido con lo que ocurre por estos pagos es pura ficción.

Cada biografía de cada uno de los jugadores croatas es una conmovedora y dramática historia de vida, de resiliencia, de superación de los avatares y miserias de la guerra. El mundo se emocionó con esa dura experiencia vital de los croatas y los vio como sus héroes en las batallas que libraron en los estadios rusos.

Cuando el pequeño Modric y su familia, por ejemplo, fueron desplazados durante la guerra y tuvieron que deambular de aquí para allá y compartir la vida en albergues con otros refugiados, no se imaginaban que a ese niño años después lo esperaba la gloria de jugar la final de un Mundial y de ser designado el mejor jugador. Mucho menos cuando vio ejecutar a su abuelo y quemar su casa por los rebeldes serbios. Su odisea fue pasar del infierno de la guerra de Yugoslavia al paraíso del Estadio de Luzhniki en Moscú; toda una epopeya. No importa que hubieran perdido la final ante Francia. Si bien Francia fue el campeón, Croacia conquistó el alma de los aficionados del mundo.

Como si faltara, otro componente de la epopeya croata que conmovió al mundo fue la mística religiosa de sus jugadores y de su técnico Zlatko Dalic, quien nunca dejó el rosario que cargaba en un bolsillo y al que se aferraba como tabla de náufrago. A veces su melancólica mirada se perdía en el infinito o en los insondables repliegues de su alma, quizás confiada en el místico manto protector de la virgen María. Y como complemento, aún resuenan los cánticos religiosos de los jugadores en la habitación del hotel, quienes Biblia en mano imploraban por el fin victorioso de esta guerra deportiva, tal como lo hacían hace dos décadas para clamar por el fin de la cruenta y fratricida Guerra de los Balcanes.

 

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