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Se genera debate por el papel de las redes sociales de entidades del Estado, porque toca el sentido profundo de los bienes públicos.

Un trino del profesor Jorge Restrepo en el cual anuncia que deja de seguir cuentas de instituciones del Estado porque se han dedicado a hacer propaganda en vez de informar, me llama a la reflexión. Creo que estamos en mora de analizar colectivamente el sentido y el deber ser de los bienes públicos.

Voy más allá de cuál es la labor de los medios de comunicación del Estado, sean ellos tradicionales o los que llegaron de la mano de la realidad digital. Si entendemos o rescatamos el concepto de lo público y lo que ello implica de pronto entendamos también cuál es papel a la hora de informar desde los medios y las redes del Estado.

Creo que el asunto va más allá de un trino y de esa tendencia digital a frivolizarlo todo. De fondo está la pregunta de ¿Qué es lo público? ¿A quién se debe un bien y un medio de comunicación público? La respuesta es tan obvia que no ameritaría discusión: Lo público es de todos, de la sociedad en su conjunto y por lo tanto un medio público de comunicación  también debe responder a las necesidades de información de todos y no de un gobierno en particular o de un funcionario específico que siempre está de paso en los cargos del Estado y que, no sobra recordar, recibe su sueldo de los impuestos que pagamos todos.

Pero la realidad es tan distinta a esa respuesta de perogrullo que lo normal es que los medios y las cuentas digitales de una entidad del Estado se dediquen buena parte del tiempo a la propaganda del gestor de turno y no al servicio público. No es nuevo ni en este ni en los anteriores gobiernos. Así ha operado en lo local y en lo nacional, porque medio del Estado es sinónimo de propaganda al jefe de momento del nivel que sea y de la tendencia ideológica que sea. Pocos se salvan.

Por supuesto, que del otro lado se dice que no se puede esperar que una cuenta oficial se dedique a hacer oposición al equipo que maneja la entidad. No se trata de eso pero sí de discutir hasta dónde deben llegar esos bienes que son de todos. Y lo que al final pasa es que quienes conquistan algún nivel de poder en el Estado tienden a poner a su servicio personal el cargo.

El asunto es tan crítico que alguna vez, en un canal público, censuraron a un periodista por “atreverse” a invitar a un debate a un opositor del mandatario del momento porque el medio tenía una única mirada y lo demás estaba vetado. Y si los medios públicos no son para ventilar la diversidad de opiniones, entonces ¿en dónde se puede hacer?

Y en el caso de las redes sociales, las reflexiones son largas y aún sin acabar porque su llegada arrasadora han generado una avalancha de novedades en la vida tanto pública como privada que aún no acabamos de comprender. Las redes nos alteraron las relaciones sociales, la política, el mercadeo, la educación y hasta el idioma mismo que se ha visto transformado por la rapidez para comunicar ideas.

Las redes multiplican a ritmo inmanejable el narcisismo y la urgencia de parecer en vez de ser y en ese escenario las redes de las entidades del Estado responden a esa misma dinámica: Hay que salir bien en la foto del momento.

¿Cómo lidiar con esa nueva realidad? La idea más recurrente es tratar de equiparar las normas que tenemos para las relaciones sociales anteriores a las redes y extenderlas a esa nueva manera de comunicarnos pero toda norma tanto legal como ética se queda corta ante la revolución digital que transforma todo lo que toca.

Tal vez, creo yo, debemos buscar en las raíces para llegar a la esencia de lo público. Algunos filósofos y pensadores tendrán más herramientas que yo para hacer esa reflexión pero tendríamos que empezar por entender que un bien del Estado, sea un medio de comunicación, un dinero, un cargo, un bien, no pertenecen a quienes los están gestionando temporalmente. Pero hemos llegado a la captura del Estado por intereses privados en todos los sentidos de la palabra, al punto extremo de que hoy se ha perdido la distinción entre el despacho y el funcionario que lo ocupa.

¿Será que algunos aplican aquello de que “El Estado soy yo”? De ahí los innumerables casos de abuso de poder, el tráfico de influencias y el mal uso de los bienes del Estado: Desde aviones y helicópteros usados para paseos personales hasta el uso de las oficinas de inteligencia para chuzar opositores, pasando por miles de millones de pesos malgastados en propaganda política disfrazada o el saqueo de las arcas del Estado en los procesos corruptos de contratación. Ni qué decir de quienes usan los recursos públicos para sus defensas personales cuando han tenido actuaciones cuestionadas. El sentido de lo público perdido por completo. 

El tema va más allá del trino o de un tag para responder a los opositores, al preguntarnos por lo que deben hacer las redes sociales de las entidades del Estado tocamos fibras sensibles porque en un mundo que hoy parece lejano el respeto de lo público era sagrado.

Hoy, todo es a otro precio: la meta de todas las mafias es conquistar el Estado y muchos de esos delincuentes han coronado. Otros que no merecen el calificativo de mafiosos simplemente ven que es la oportunidad de sacar tajada, ayudar a sus amigos o vender una imagen para construir un futuro personal y privado a costa de eso que pagamos todos. Rescatar el concepto sagrado de lo público es una utopía pero a veces me gusta soñar despierta.

Fuente

RCN Radio

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