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“Por la boca muere el pez”, decía el cartel.

La abuela escuchaba el fin de su radionovela preferida, cuando fue capturada y llevada a los calabozos del régimen, ubicados en Santo Domingo.

“Por la boca muere el pez”, decía el cartel puesto en la vieja edificación de la capital dominicana, en la época del dictador José Leonidas Trujillo.

Mientras era arrastrada por los esbirros del régimen, en un cartel ubicado arriba de su puerta se leía: “Dios y Trujillo, el jefe manda en esta casa”.

En épocas en que la gente callaba por miedo, la única distracción para la anciana era pasar la tarde pegada al radio.

Ella se transportaba a otros territorios gracias a las fantásticas historias de Kalimán y Tamakún el vengador errante, convertidos sin pretenderlo, en una especie de héroes de la libertad de América Latina y una posibilidad política de ver un mundo libre.

Sus hijos parecían también presos, pues tenían que hacer las fiestas con las puertas y las ventanas cerradas para que no sospecharan los calieses, convertidos en los ojos y oídos del régimen.

El volumen alto era una provocación, la reunión de tres personas un verdadero cultivo de revoluciones y hasta escuchar las hazañas de Orlando Vigil, el primer dominicano que jugó en las Grandes Ligas, podría ser sospechoso.

Callar era la ley para todos, mientras que la abuela era simplemente una forma de ser y de prepararse para escuchar las aventuras inventadas por la magia de la radio.

Los trujillistas la señalaban de sospechosa, mientras ella explicaba que simplemente estaba pegada al transistor porque era sorda y esa tarde terminaba su telenovela favorita, que se convirtió como en la historia de los dominicanos esperando la caída del dictador.

La abuela suplicaba clemencia y sólo atinaba a decir que “Tamakún el vengador errante” estaba a punto de cumplir su propósito de recuperar el trono del reino de Sacarardí que su tío “el terrible Sakiri el negro” le había arrebatado por la fuerza a su padre.

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