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Una joven de apenas 19 años emula por estos días la épica de la aeronavegación, aunque ahora no conmueva tanto su gesta, ni sea recibida como una heroína.

Zara Rutherford, de origen belga-británico, inició el 18 de agosto en su avión biplaza ultraligero la primera etapa de su viaje alrededor del mundo, en el que espera recorrer 52 países y cinco continentes.

Los medios de comunicación han reseñado que su itinerario empezó con una corta travesía en el Canal de la Mancha, desde su ciudad natal, Kortrijk, Flandes, al oeste de Bélgica, hasta la costa de Inglaterra. Después de sobrevolar distintos países de Centroamérica, arribó a Barranquilla, Tumaco y Cali, para seguir un periplo que la llevará por Estados Unidos, Rusia, China e India, hasta regresar el 4 de noviembre a su natal Bélgica.

Su esfuerzo solitario a bordo de un ultraligero para intentar convertirse en la mujer más joven en darle la vuelta al mundo, evoca las hazañas contadas desde 1934 en la famosa serie de “Bill Barnes, el aventurero del aire”, que recreaba las osadas acciones de un aviador que enfrentaba toda clase de aventuras.

87 años después, la grácil figura de esta mujer aviadora parece hacernos recordar títulos tan sugestivos de las historias de Barnes como “El fantasma y la niebla”, “El cielo encantado”, “El invento infernal” o “La escuadrilla del aire”.

La diferencia es que Barnes se enfrentaba a las dificultades que le imponían piratas, ladrones y contrabandistas de todos los lugares del mundo, mientras Zara lo hace a las dificultades del tiempo y soportada en el vigor de la tecnología.

Es inevitable recordar que, en su momento, Charles Lindbergh, el aviador más famoso de todos los tiempos, vino a Colombia, voló una hora sobre Bogotá, principalmente sobre la carrera séptima, fue recibido como un héroe y  condecorado con la Cruz de Boyacá por el entonces presidente Miguel Abadía Méndez.

El 27 de enero de 1928 Lindbergh posó su monoplano El Espíritu de San Luis en el campo aéreo de Madrid (Cundinamarca), como parte de un recorrido por 16 países de América Latina luego de la hazaña de cruzar el Oceáno Atlántico, sin escalas y en solitario.

En la capital fue objeto de muchos agasajos y muestras desbordadas de admiración y cariño, que incluyeron la realización de un animado baile en el Jockey Club, ubicado en el costado oriental del Parque Santander.

Lindbergh, calificado entonces como “el señor de aire”, recorrió en mayo de 1927 a bardo de un monoplano los seis mil kilómetros que separan Nueva York y París, en un vuelo iniciado en el aeródromo Roosevelt de Long Island y culminado  felizmente en el aeropuerto Le Bourget, cercano a la capital francesa.

No parece concordar la imagen de esta joven menuda y hasta frágil con pinta de universitaria con la de alguien que está intentando lograr una hazaña.

El récord Guiness lo tiene actualmente la estadounidense Shaesta Waiz, quien lo logró a los 30 años, y en la categoría masculina el joven Travis Ludlow, conseguido en julio de este año.

La personalidad inquieta y audaz de Zara nos remite inmediatamente a la pionera de la aviación Amelia Earhart, quien se convirtió en 1928 en la en la primera mujer en atravesar el Atlántico en solitario y luego batió otros récords como la primera persona en hacerlo dos veces, la distancia más larga volada por una mujer sin parar y récord por cruzarlo en el menor tiempo.

“Por favor debes saber que soy consciente de los peligros, quiero hacerlo porque lo deseo. Las mujeres deben intentar hacer cosas como lo han hecho los hombres. Cuando ellos fallaron sus intentos deben ser un reto para otros”, escribió en su momento Earhart en una carta enviada a su esposo.

Anita fue una entusiasta impulsora de la aviación entre las mujeres y esta parece ser ahora una gran motivación para Zara, quien ha asegurado insistentemente que “quiere animar a otras mujeres a dedicarse al mundo de la aviación y a estudiar ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas”.

El tiempo ha pasado inevitablemente, pero esa fascinación por volar se mantiene inalterable y parece ser el reto más grande de la naturaleza de los seres humanos.

Ahí está el recuerdo de nombres como el de Jorge Chávez, el aviador franco-peruano que murió en 1910 luego de volar sobre los Alpes Suizos, entre Suiza e Italia y que antes de empezar su hazaña había advertido que “pase lo que pese me encontrarán al otro lado de Los Alpes”.

Chávez, en cuyo honor fue bautizado el aeropuerto de Lima, murió luego que un fuerte viento rompiera las alas de su frágil monoplano y cayera en picada desde más de veinte metros de altura.

Los restos del máximo héroe de la aviación peruana fue sepultado en 1910 en el emblemático cementerio parisino de Pere-Lachaise y luego llevados a Lima, en 1957.

Aunque hay admiración y respeto por estas gestas, los recibimientos a Zara no han sido tan delirantes como los prodigados en su momento al también aviador peruano Alejandro Velasco Astete, en cuyo honor fue bautizado el aeropuerto de la histórica ciudad de Cusco.

Velasco murió el 28 de septiembre de 1925 cuando una delirante multitud lo esperaba en un improvisado campo de Puno y, tratando de evitar una tragedia, intentó levantar el vuelo, con la mala fortuna que una de las alas del biplano tocó un  muro de tierra y se estrelló.

La épica de esta joven que vuela en solitario para darle la vuelta al mundo, seguro que a muchos hará recordar al nortesantanderano Camilo Daza, considerado el primer colombiano que pilotó un avión, en 1919.

Fue proverbial su destreza y se cuenta que sobrevivió a más de treinta accidentes, uno de ellos en 1923 cuando tuvo que aterrizar de emergencia su avión biplano Curtiss en la ciudad de Pamplona.

Los tiempos han cambiado, pero desde Lindbergh hasta  Zara Rutherford, los aviadores han sido una especie de seres alados que parecen venir directamente del cielo.

Fuente

RCN Radio

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