Por Juan Manuel Ruiz

Muchos son los casos de odontólogos, sicólogos, contadores, periodistas, entre otros, que de la tranquilidad económica y de la estabilidad laboral han pasado a vender tinto  o manillitas de hilo multicolor y de ahí a pedir prestado para el almuerzo o a inscribirse en los comedores comunitarios, donde se lo regalan. El fenómeno no es nuevo, por supuesto. El más reciente, --quizá el que más impacto mediático causó—, fue el de Adrián Hernández, quien fuera flamante presidente de Comcel y pasó a vivir de la caridad de sus amigos y murió en circunstancias de pobreza muy diferentes a las que quienes lo conocieron pudieran haber esperado. Situaciones como la de doña Amparo Nicholls, cuya historia relaté en una crónica para el diario El Tiempo, parecen volver a surgir. Ella vive –o vivía—en un apartamento de Teusaquillo que alguna vez gozó de esplendor y con el paso del tiempo cayó en decadencia. Por una quiebra dejó de recibir plata, no pudo vender el inmueble por un pleito catastral y decidió refugiarse en el hogar con su dignidad como única compañía. Entonces, cuando ya no había de dónde más aferrarse, dejó a un lado sus apellidos y empezó a acudir al comedor comunitario de Teusaquillo en donde le suministraban el almuerzo, cumpliendo ciertos requisitos de rigor como comprometerse a ir durante más de ocho días seguidos para probar su precaria situación. En los comedores comunitarios que visité encontré profesionales de variada índole almorzando al lado de personas en condiciones de miseria, sin títulos ni estudios ni viejas glorias del pasado. Todos iguales, todos en la misma urgencia, salvo el último acto de dignidad que le queda, por ejemplo, a María Lucero, quien se sienta a la mesa con sus propios cubiertos, que lleva arropados primorosamente en una servilleta dentro de su cartera. Lo que me cuentan es que por muchas razones el fenómeno está de nuevo en vigencia o por lo menos se ha vuelto de nuevo evidente y otra vez se habla de él en voz baja. Los cambios tecnológicos y las transformaciones empresariales han llevado a prescindir de varias profesiones consideradas hoy inútiles. Buen ejercicio sería hacer una lista de cuáles son en verdad esas profesiones inútiles. Y en términos generales la amenaza de una economía en problemas, como la que parece esperarnos para este 2016, saca a la luz la situación de estas personas venidas a menos, que alguna vez lo tuvieron todo y de repente lo perdieron. Haciendo un recorrido a pie por Chapinero he podido ver un aumento en el número de negocios dedicados a la venta de ropa usada. Me dicen que, aunque parezca increíble, tiene relación con el asunto del que hablamos. Señores y señoras “bien” suelen entrar subrepticiamente, como incurriendo en un pequeño pecado, a comprarse una chaqueta o un pantalón de marca  o con apariencia de ella. Por allí puede comenzar el asunto. Con esas pequeñas decisiones que se toman para mantener un estatus que ya no se tiene, que empieza a perderse por cuenta, simple y llanamente, de la pobreza. Obviamente, como es de entenderse, es imposible juzgar a estas personas. Nadie tiene la autoridad para hacerlo, por la sencilla razón de que nadie está exento de esa situación. Algunos dicen que porque no alcanzaron a pensionarse, otros que porque el papá botó la plata, que porque se quedaron sin puesto, que por la edad nadie los contrata, que la familia los abandonó, en fin. ¿Mala suerte, mal manejo de la economía, otra clase de injusticia social, rachas que deben enfrentarse con verraquera sin echarse a morir? Todas, razones muy humanas y muy comprensibles. Y que por la misma razón deben ser respetadas y consideradas. El fenómeno está nuevamente ahí. Los pobres vergonzantes aumentan cada vez que las amenazas sobre la economía se ciernen como cuervos, listos a recoger los restos que suelen arrojar las tormentas.