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¿Cuándo entenderemos que el fútbol, y todos los deportes, deben ser solo motivo de unión, entretenimiento y admiración?

Todo menos violencia. Eso es a lo que nos debe convocar el fútbol. Eso que nos dispara la adrenalina como si estuviéramos en una montaña rusa cuando juega nuestro equipo, lo que nos hacer soñar, nos hace creer y nos hace olvidar por dos horas nuestros problemas, nuestras tristezas y todo lo demás.

Así estábamos de felices y cargados de ilusiones el viernes cuando la Selección Colombia se jugaba su paso a semifinales de la Copa América frente a Chile y teníamos todas las de ganar, pues éramos el primero de su grupo con una portería invicta y nueve puntos de nueve posibles; pero además con muy buen fútbol a lo largo de los primeros partidos. No fue así: nos eliminaron en los tiros desde el punto penal por un gol que botó William Tesillo. Punto final.

Algunos la siguieron para ahogar el dolor de la derrota en el alcohol; otros dijeron que la Selección no servía para nada (suele suceder cuando el resultado nos es adverso), unos más inundaron las redes sociales con memes contra Tesillo por haber botado el gol (eso y más se ve a diario en los foros digitales como Twitter) y muchos nos fuimos a dormir tras agredecerles a los muchachos y a Queiroz por el buen desempeño logrado en Brasil y convencidos de que crecimos y que vendrán tiempos mejores.

Lo que jamás creí que pudiera ocurrir fue lo que horas más tarde era una de las noticias del día: estaban amenazando de muerte de William Tesillo porque no anotó en el turno que le correspondió. Increíble, inaudito. ¡No aprendemos!

“Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla”, dijo George Santayana un día cualquiera de la primera mitad del siglo XX, pero pareciera que no aplica para los colombianos porque nosotros ya vivimos una tragedia, luego de la eliminación de Colombia en el Mundial de 1994, en Estados Unidos.

En ese mundial Colombia enfrentaba a Estados Unidos y perdió 1-2 por un autogol del defensa central Andrés Escobar, lo que generó que saliera eliminada en la primera fase a pesar de haber llegado como una de las favoritas por la prensa local y por el Rey Pelé, tras la histórica victoria 5-0 sobre Argentina en la fase clasificatoria.

Ese autogol fue suficiente para firmar su sentencia de muerte, según unos por orden de la mafia del narcotráfico y, según otros, por los apostadores que perdieron millones de pesos con la eliminación de Colombia. La justicia dijo que el asesinato de Andrés Escobar, conocido como “el caballero de la cancha” fue producto de una discusión dentro de una discoteca en la vía a las Palmas de Medellín, en la que le reclamaron por el autogol que los sacó del certamen.

Andrés era sencillo, cálido, lleno de ilusiones, disciplinado en sus entrenamientos, ejemplo a seguir por los niños y jóvenes que sueñan con ser como sus ídolos del futbol. Un joven de clase media de la Medellín de finales del siglo XX que se destacó siempre por su forma de comportarse, de dar la mano al adversario que hubiera quedado tendido en la cancha por algún choque producto del juego y ofrecerle disculpas, por nunca perder el control.

De nada le sirvió. A Andrés Escobar lo asesinaron por el autogol que eliminó a Colombia del mundial 94 y hoy, 25 años después, la historia amenaza con volver a repetirse, luego del penal que se le escapó a Tesillo. Tal vez la alerta temprana que se lanzó desde el mismo momento en que se conoció de las amenazas evite la tragedia pero no podemos permitir que estas situaciones se sigan repitiendo.

El fútbol nos debe dar toda clase de emociones, menos la intolerancia, la indignación, la ira desbordada ni contra nuestros jugadores ni contra los demás. Hay que desarmar los espíritus y entender que el juego y sus vicisitudes terminan allí en la cancha, cuando se escucha el pitazo final. No debe ir más allá pase lo que pase, sin amenazas, sin golpes, sin ataques, sin muertos

Fuente

RCN Radio

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