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Mayo suele ser un mes de enorme importancia para la Iglesia católica, no solo por la fiesta que el 13 celebra a la Virgen de Fátima, sino también porque se suele recordar uno de los acontecimientos más importantes de la historia reciente, como es el atentado que sufrió en 1981 el papa Juan Pablo II.

Ambos acontecimientos están conectados, como quiera que el papa Wojtyla siempre dijo que había logrado sobrevivir a ese atentado gracias a su devoción a la Virgen de Fátima, quien en 1917 se apareció a los tres pastorcitos en Cova de Iría, Portugal. Por esa razón, el 13 de mayo es de singular significación para los devotos y los teólogos cristianos.

En relación con el atentado, se conoce que fue perpetrado por Mehmet Alí Agca, un turco con un pasado criminal evidente, que ya había dado muerte al director de un periódico de izquierda en su país, por lo que fue capturado y condenado a cadena perpetua. Pero logró huir y escabullirse hasta que se dio su reaparición como el sicario que tenía la misión de matar al Sumo Pontífice, aquella mañana de miércoles.

Posteriormente, el papa lo perdonó.

No es, sin embargo, el primer caso, por lo menos en el último siglo, en el que el fantasma de un complot ha asomado como una posibilidad real contra el jefe del catolicismo. Ya en 1939, el mismo año en que comenzó la Segunda Guerra Mundial, ese fantasma se asomó en el caso de la muerte de Achille Ratti, quien fue ungido por el colegio cardenalicio como Pío XI. Monseñor Ratti había sido obispo de Varsovia y arzobispo de Milán. Murió el 10 de febrero de ese año, al parecer por un paro cardíaco.

No obstante, su muerte estuvo y aún está rodeada de sospechas. Según el médico e investigador argentino Nelson Castro, autor del libro “La salud de los papas”, Pío XI murió horas antes de lo que debió ser la lectura de un discurso histórico que lo habría distanciado aún más de Benito Mussolini, el Duce, histriónico, cruel y cursi dictador italiano. Lo que se ha conocido, según el autor, es que en ese discurso el papa tenía planeado hacer una dura condena al fascismo y al nazismo.

Ya en 1937, el papa Pío XI había escrito su encíclica Con viva ansia (Con viva preocupación) en la que denunciaba el neopaganismo nazi, y se alistaba, entonces, para hacer una fuerte condena al antisemitismo y al racismo a partir de su frustrado discurso. El doctor Castro en si libro recuerda que desde 1972 se empezó a hablar de un posible envenenamiento del Sumo Pontífice.

Benito Mussolini veía venir la excomunión y la condena por parte de la Iglesia católica por sus actuaciones fascistas criminales y por esa razón habría escogido al doctor y profesor de medicina Francesco Petacci, quien era el padre de su amante Claretta.

Pese a que la versión nunca se confirmó, sí se pudo establecer que el médico Petacci tuvo acceso a la sala del Papa después de su muerte y fue el encargado de preparar el cuerpo de Pio XI para su preservación. Alrededor de estos y otros detalles, comenzaron los rumores y las dudas sobre si fue envenenado o murió de infarto, y aún persisten.

Otro caso, quizás el más mencionado, es el del cardenal Albino Luciani, ungido el 26 de agosto de 1978 como sucesor de Pablo VI, con el nombre de Juan Pablo I. Protagonista de uno de los papados más breves de la historia, puesto que tan solo duró un mes al frente de los destinos de la Iglesia católica, Luciani ha sido el papa cuya muerte más controversias ha generado en décadas.

Que si lo mató la mafia, como consecuencia de la quiebra del Banco Ambrosiano, o que si lo mataron unos gánsters, o las envidias y celos entre los poderosos dentro del Vaticano, son apenas algunas de las teorías que se han tejido sobre su caso. Casualmente, el doctor Castro recuerda en su libro que la última versión se conoció apenas en 2019 cuando un tal Anthony Raimondi apareció públicamente para afirmar que había participado en el complot para matar al papa con cianuro.

Según Raimondi, Juan Pablo I fue asesinado porque puso al descubierto una trama criminal de miembros del Vaticano, integrada por curas, obispos y cardenales, que estafaban con acciones de falsas compañías. Sin embargo, este hombre insiste en que, como todo plan criminal de esa envergadura, no dejó huella para rastrear las evidencias. En fin.

Lo cierto es que los papas son realmente vulnerables, como todos los seres humanos, se enferman temprana o tardíamente, son víctimas de complots, enfrentan conspiraciones y están dispuestos a renunciar si es necesario –Benedicto XVI no es un caso extraño de renuncia intempestiva—y están siempre dispuestos a irse si ven que no pueden continuar. Para la muestra, la respuesta directa y franca que el papa Francisco le dio al autor del libro –de quien es buen amigo y confidente--, a la pregunta de cómo imagina su muerte: “Siendo papa—respondió Francisco—ya sea en ejercicio o emérito. Y en Roma. A la Argentina no vuelvo”.

Fuente

RCN Radio

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