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Es más fácil encontrase con los amigos y paisanos en una panadería-cafetería de Chocontá, que en una calle de Tunja.

Una buena parte de la actividad social de los boyacenses, por llamarlo de alguna manera, se ha desarrollado en los comederos cundinamarqueses y en los paradores que a lo largo de la carretera venden mogollas chicharronas, bizcochuelos, quesos, garullas y fresas con crema.

En serio y en broma, a veces es más fácil encontrase con los amigos y paisanos en una panadería-cafetería de Chocontá, que en una calle de la ciudad de Tunja.

La carretera que une a Tunja con Bogotá siempre ha sido un hervidero de historias de gente que viene a la capital a vivir para siempre, a hacer las vueltas durante el día para regresar en la noche, a comprar ropa, a presentar las demandas en la Corte Constitucional, a lagartear en el Congreso.

Las paradas en Chocontá posiblemente sean una costumbre desde los tiempos inmemoriales, pero fue en las primeras décadas del Siglo XX cuando la construcción del Ferrocarril del Nordeste, entre Sogamoso y Bogotá, marcó indefectiblemente una de las paradas obligatorias en este pueblo de la zona andina cundimarquesa.

Después de haber atravesado la zona central de Boyacá, de parar en Tunja y en el Alto de Samacá, en cercanías del Puente de Boyacá, el entonces vigoroso tren del Nordeste hacía un descanso obligatorio en la estación de Chocontá, ubicada justo al frente de una edificación dedicada a la industria harinera y que hoy amenaza ruina, como una buena parte de las actividades agrícolas del país.

La parada era obligatoria en este municipio, dedicado durante mucho tiempo a la siembra de la papa y por supuesto que esa masiva presencia de pasajeros, en ese ir y venir entre Boyacá y la capital de la república, hizo que inevitablemente se empezara a cocinar una industria de lo que los colombianos llaman coloquialmente las galgerías.

Luego, en la década de los setenta, los viejos buses de Transbolívar y la Rápido Duitama entraban hasta el parque principal de esta población para recoger los pasajeros y permitir que los cansados ocupantes estiraran las piernas, fueran al baño, compraran las bolsas para el mareo y, desde luego, compraran las golosinas para lo que quedaba del camino y para llevar de presente a los familiares y amigos.

El tiempo ha pasado y las viejas panaderías y tiendas de mostradores de madera han dado paso a modernos restaurantes, pero aún se mantiene la tradición del olor del pan y las mogollas chicharronas recién salidas del horno, de las colaciones, de los panderos y las garullas.

Igual en la noche se sigue vendiendo la aguadepanela con queso y el tinto para espantar el sueño de la carretera y en el día la torta de plátano, la mantecada, el queso de cabeza y las génovas con pan, para espantar el hambre.

Los cultivos de fresa se han convertido en uno de los referentes más importantes de la actividad agrícola de esta localidad y claro que el platillo con crema es una de las delicias que obligatoriamente hay que buscar en el camino.

Hay paradas que son inevitables y municipios que están marcados para siempre con los productos que se han convertido en toda una tradición.

Ubaté es una marca poderosa para los quesos y el caramelito rojo es un orgullo artesanal para Zipaquirá, hasta el punto que Jorge Veloza le compuso una canción a estos dulces que conoció cuando viajaba desde Ráquira a la capital.

Beba chicha que es de Soacha”, se decía en otros tiempos para exaltar la calidad de esta bebida fermentada que era tan famosa, como sus almojabanas.

Cuando a uno de niño le preguntaban cómo iba a pagar una apuesta perdida, siempre se respondía “con una mogolla y un chicharrón, mañana en Villapinzón”.

La existencia de tantos restaurantes en la vía que comunica a Cáqueza con Puente Quetame, en dónde se vende la popular morcilla, ha hecho que incluso muchos hablen de la existencia de un “cartel de la morcilla”.

Paradores y restaurantes con nombres de todas las villas, de vacas felices, animales, nombres de los dueños y de pueblos, proporcionan esa felicidad que solo es posible obtener si  “se tiene algo en la muela”.

Las paradas en las carreteras de Cundinamarca están cargadas de una gran tradición gastronómica, de historias que hablan de negocios que fueron construidos por los abuelos, de momentos en los que es posible respirar antes de llegar al destino final.

Panadería, café y olor a recién hecho posiblemente sean de esos placeres tan cundinamarqueses y tan universales, que disfrutan quienes paran por un instante para saciar esa eterna curiosidad devoradora.

Fuente

RCN Radio

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