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Pocas amenazas tan serias enfrenta la democracia como el auge de noticias falsas, el mecanismo predilecto para el engaño en estos tiempos.

Pocas amenazas tan serias enfrenta la democracia como el auge de las noticias falsas, el mecanismo predilecto para el engaño en estos tiempos. Quienes las imaginan y las crean buscan, desde un inicio, la desinformación masiva, para quebrantar políticamente a una corriente y dar ventaja a otra.

De quienes difunden y comparten noticias falsas a través de sus redes sociales, asumimos con naturalidad que se trata de víctimas del engaño. Incluso, desde una torpe noción de superioridad, intuimos ignorancia y falta de rigor en su manejo de la información. “¿Y si alguien les dijera que esa información que comparten es falsa?”, nos preguntamos muchas veces.

Por eso decidí alertar a varios de mis contactos en Facebook al darme cuenta de que compartieran una noticia falsa, algo que cada vez es más frecuente de cara a las elecciones a la presidencia y al Congreso. Imaginaba que en todos los casos, al entender que se trataba de un fraude informativo que conducía al engaño masivo, rectificarían y eliminarían la publicación inicial.

Pero ocurrió algo que no imaginaba. Una compañera del colegio, a quien no veo hace años, compartió en su cuenta de Facebook una publicación que aseguraba que el proceso de paz con la guerrilla de las Farc había sido rechazado por la ONU, por el gobierno de Estados Unidos y por la Corte Penal Internacional. En seguida adjunté los links de noticias que registraban con documentos y declaraciones que esos tres actores, y muchos más, no solo no habían dicho que el proceso de paz entregaría el poder a la guerrilla, como ella aseguraba. Al contrario: todos habían elogiado públicamente el acuerdo de paz, viéndolo como una oportunidad transformadora para el futuro de Colombia y la región.

“Es cierto que compartí información falsa. Pero me reafirmo en todas las críticas contra el proceso de paz”, me dijo, como si el dogmatismo pesara más que la fuerza de los argumentos. 

Tiempo después, un compañero de la universidad publicó un falso trino a nombre del expresidente Uribe, que se refería a los habitantes de la Costa Atlántica con despectividad y bajeza. “Esto es lo que piensa el expresidente sobre algunas regiones y sobre la pobreza”, escribió mi antiguo compañero, adjuntando la imagen malintencionada.

En cuestión de minutos, varias personas habíamos respondido a la publicación, advirtiendo sobre su falsedad. Pero en vez de aceptar su credulidad, nos contestó: “yo no sé si sea falso o no, pero Uribe ha demostrado que esa es su forma de pensar”.

Y a pesar de que corroborar la información habría sido tan sencillo como ingresar al perfil de Twitter del expresidente para verificarla por su propia cuenta, prefirió añadir que “compartir este trino no es tan grave como lo que hizo Uribe contra los más pobres”.

Sorprendido por la bajísima calidad de los argumentos de mi antiguo compañero, caí en cuenta de algo que debemos pensar varias veces.

Es un error asumir que quienes comparten información falsa en sus redes sociales son víctimas, en todos los casos, del engaño que procuran generar los autores de esas publicaciones. En muchos casos, quienes difunden tergiversaciones o mentiras con forma de verdad buscan reforzar el suelo que sostiene sus posiciones más dogmáticas e inflexibles; construir sus propias verdades, siendo capaces de creerlas si éstas, a su vez, les permiten mantenerse sobre sus tesis más radicales.

Es así como nos damos cuenta quienes creemos en la verdad y en la prevalencia de los hechos por encima de las ideas, que la lucha contra las noticias falsas trasciende la sencilla dicotomía entre manipuladores y engañados. Y que ganarla, entonces, será mucho más complejo.

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