Foto cortesía Maurice Mikkers

Por Juan Manuel Ruiz

Llorar, ese otro placer tan indefenso, a veces tímido e incomprendido, está ganando con el paso de los años un lugar en el arte. Ya era hora. Muchas lágrimas nos ha costado alcanzar este nivel en el que, por ejemplo, un artista holandés ha puesto a las gotas que vertemos por muchas razones que a veces el corazón y la razón  desconocen.

Pero antes de hablar de Maurice Mikkers, es bueno que le echemos un vistazo a la historia de nuestras lágrimas. Nacemos con ellas, con el primer berrido que anuncia nuestra llegada al mundo; crecemos con ellas, con el primer castigo o el primer disgusto o el primer susto, y no pocas veces nos acompañamos de ellas al momento de expresar inmensas alegrías.

Las lágrimas hacen parte de la esencia de nuestra vida y nos acostumbramos a usarlas para expresar nuestros sentimientos el resto de nuestra vida. Es más, podríamos decir que si pudiéramos analizar la manera de llorar de una persona mucho podríamos conocerla de verdad, íntimamente, entrañablemente.

Con el paso de los años, cuando ya llevamos una cruz a cuestas, podríamos decir que las lágrimas duelen; con la primera tristeza y la primera ausencia, por ejemplo. Con el primer desamor y la primera despedida: con las lágrimas damos la bienvenida al mundo de la vida. Con las lágrimas expresamos un sentimiento para el que las palabras no alcanzan.

Pero no las valoramos lo suficiente. Es más: no pocas veces se les desestima y se les condena como símbolo de debilidad y cobardía.

El gran Goethe escribió por allá en 1828: “Ha habido en mi vida épocas en las que me dormía con las lágrimas aún en los ojos; pero en mis sueños llegaban a consolarme y hacerme feliz las más amables figuras, y a la mañana siguiente me levantaba contento y fortificado”.

Las lágrimas son un catalizador y son una terapia: la terapia del llanto, la que te deja volar, desahogarte, desfogarte y descargarte hasta que te rindas y te entregues. Entonces, volverá la calma y comenzarás de nuevo.

Mikkers, un joven holandés que mezcla ciencia con arte, está llamando la atención con una exposición modesta pero no menos reveladora que se exhibe por estos días en La Haya. Como trabajaba de auxiliar en un laboratorio, decidió un día someter al microscopio a las lágrimas de sus amigos.

Y lo hizo con criterio científico, por supuesto, partiendo de la base obvia de que no todas las lágrimas son iguales. Fue así como invitó a su laboratorio a diversas personas para que lloraran por circunstancias distintas y le donaran sus lágrimas.

De esa manera, capturó lágrimas de las que surgen por pelar una cebolla cabezona, por exponerse a un ventilador, las lágrimas que surgen tras un bostezo, por poner pimienta en los ojos, por exponer los ojos a un aceite mentolado, y las que emanan por una sensación fuerte de tristeza o alegría.

Incluso empezó a recibir mensajes de espontáneos que le llegaban de otros países del mundo, y que le alentaban a averiguar si las lágrimas de una persona de Singapur o de la India era parecidas o diferentes, así la fórmula fuera la misma que las componen como aceites, anticuerpos y enzimas suspendidas en agua salada.

A esas lágrimas las sometió al microscopio y les sacó fotografías que después convirtió en exposición. Esta es una muestra de lo que captó, en las lágrimas de seis personas distintas:

[imagewp:212063] Foto cortesía Maurice Mikkers

 

Maurice Mikkers quiere hoy hacer un proyecto más ambicioso: capturar las lágrimas de los grandes líderes del mundo y analizarlas al microscopio. ¿Cómo son? ¿Cómo serían?

Cómo me gustaría que este ejercicio se hiciera en Colombia. Que él viniera y constatara y nos contara –por si hiciera falta, por si fuere menester--, microscopio mediante, cómo son nuestras lágrimas, qué dicen y qué forma tienen, luego de tanta tierra mojada por nuestras tristezas y alegrías.