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Rey Carlos III
Rey Carlos III de Inglaterra.
AFP

Desde que tengo uso de memoria, se habla de los reyes en distintas partes del mundo y de lo innecesarios que son, además de obsoletos, mandados a recoger o terriblemente onerosos para los países donde funcionan.

Los más atrevidos califican a los monarcas y sus descendientes de “zánganos”, “chupasangre” ó “vividores” a costa del Estado en el que viven. De hecho, con el paso de los siglos, las monarquías han ido desapareciendo de la faz de la tierra en varias regiones pero persisten, y con fuerza, todavía en otras más.

Actualmente el mundo cuenta con Carlos III (antes de la muerte de Isabel conocido como el príncipe Carlos), en el Reino Unido; Felipe VI en España, Felipe de Bélgica, Margarita II de Dinamarca, Enrique de Luxemburgo, Harald V de Noruega, Guillermo Alejandro de los Países Bajos y Carlos XVI Gustavo de Suecia.

Pero en honor a la verdad, de todos los anteriores solo la reina Isabel II de Inglaterra figuraba en el imaginario colectivo y era reconocida y querida al menos desde lejos y, obviamente, omitiendo los oscuros años que vivieron todos los miembros de la corona británica cuando empezaron los problemas “reales” contra la princesa Diana de Gales, esposa del entonces Príncipe Carlos, hoy nuevo rey de Inglaterra.

Lo cierto es que, con el paso de los años, los reyes y sus cortes han ido perdiendo poder, fuerza y representación, hasta convertirse en figuras decorativas o exóticas, si se me permite el término. 

Famosos por su condición, que los pone en primera fila para ser observados y seguidos por su estilo de vida que los lleva a figurar en las listas del 'jet set' y a ser perseguidos por los paparazzi, quienes sí encuentran justificación en la prevalencia de las monarquías pues de ellas derivan su sustento.

Isabel de pronto logró, a lo largo de sus 70 años de reinado, ser una figura de alta influencia en la política del Reino Unido, amada u odiada pero siempre reconocida por su “empoderamiento” en una época en la que la palabra y su significado ni siquiera se conocían.

Con los posibles herederos a la corona británica ya la “casta” fue mermando y, de hecho, hoy ni el rey Carlos III ni el príncipe William (primogénito de Diana y Carlos) inspiran mucha confianza o seguridad de ser dignos sucesores de la reina Isabel II.

Pero para lo que les corresponde, uno creería que podrán desempeñarse sin problemas mientras sigue el debate de si amerita o no mantenerlos, literalmente, indefinidamente en el tiempo solo por tradición.

En las monarquías constitucionales (que son las que estamos considerando aquí)  son tres las funciones reconocibles del rey o la reina: 1) representa a su país en la comunidad internacional; 2) Puede participar y opinar en cuanto a decisiones importantes, pero no las puede tomar por su cuenta y, 3), es una figura simbólica, sin poderes efectivos, en la que se recogen los principales valores y la identidad del país.  

Así las cosas, es válido volver a hacer la pregunta de si ha llegado la hora de que las monarquías den un paso al costado y liberen a los Estados en los que aún existen para fortalecer los nuevos modelos de gobierno en el mundo del siglo XXI.

Fuente

RCN Radio

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