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¿Somos la Tierra de Colón? ¿Será por eso que somos una tierra de atrocidades y violencias? ¿Nuestro nombre es ya un sino trágico?

Colón: Colombia. En el colegio nos enseñaron esa versión del origen del nombre de nuestro país. O sea que en este caso la toponimia nos explica que esta es la Tierra de Colón. ¿De cuál Colón? ¿Del responsable de un genocidio como el que se cometió en tierras americanas?

La Tierra de Colón. He estado pensando mucho en el tema y he hablado con “expertos” –mejor, historiadores— e, incluso, con vecinos y amigos sobre un debate que renace a partir de la decisión de varias ciudades de Estados Unidos de quitar las estatuas de Colón, de borrarlo de homenajes y celebraciones,  en protesta por lo que este hombre y los otros hombres que llegaron con él –homicidas, violadores, hampones de la peor calaña—hicieron en tierras americanas.

Confieso que el tema me revuelve las entrañas tras la lectura de varios textos a lo largo de los años, pero me volvió a pasar con el libro Huellas, de Germán Castro Caycedo, que dedica un capítulo a lo que decenas de “conquistadores” hicieron en esta parte del mundo cuando llegaron: asesinar a los indígenas, perseguirlos como animales, despedazarlos con perros amaestrados para esa labor, abusar de ellos, hombres, mujeres y niños. Quemarlos vivos. Apedrearlos. Apela Castro Caycedo a varias fuentes que dan testimonio de lo acaecido. Lo de los perros, cada vez que lo leo en diversos documentos, me saca lágrimas.

A Belisario, el portero del edificio, le sugiero que busque la historia de Leoncico, el perro que acompañó a Vasco Núñez de Balboa y lo secundó en toda suerte de atrocidades. Ese mastín era hijo a su vez de Becerrico, cuyas acciones como animal de combate le valieron toda suerte de elogios en los “campos de batalla”.

Historiadores me cuentan que la polémica alrededor de Colón lleva varios siglos y resaltan que como la historia ha estado muchas veces mal escrita –escrita por los vencedores, casi siempre—es muy difícil tomar partido por lo que sería la verdad de lo ocurrido: ¿hubo o no hubo genocidio? De por Dios, las pruebas al canto deberían ser suficientes para no seguir debatiendo sobre el tema, salvo que se demuestre que todos los testimonios eran noticias falsas, ahora tan de moda con el cuento chimbo de la postverdad.

Por eso es que lo ocurrido en Estados Unidos es tan relevante. El famoso día festivo del Columbus Day, el segundo lunes de octubre, está punto de ser derogado allí. Y en Nueva York las estatuas de Colón empiezan a ser vistas como símbolos de odio. La estatua de Colón en el Central Park fue vandalizada y otra más decapitada cerca del Bronx. En Baltimore también arremetieron a mazazos contra una estatua del navegante. En Minnesota han preferido recoger firmas para cambiar el monumento a Colón por haber esclavizado a negros y nativos por igual.

En Seattle y en Los Ángeles prefieren hablar ahora del Día de los indígenas más que del homenaje a Colón. En la Historia universal de la Infamia, Jorge Luis Borges resume de manera magistral lo que ocurrió con indígenas y a negros por igual durante la época de la conquista: "En 1517 el Padre Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas".

Colón es solo el símbolo, algunos dirían que el chivo expiatorio. Porque, obvio, el asunto no solo fue de él ni de sus familiares. Los conquistadores que llegaron con él fueron los autores de las muchísimas atrocidades que se cometieron en estas tierras, la Tierra de Colón, el “descubridor” de América. El que descubrió lo que ya había sido descubierto, dicho sea de paso. ¿Entonces? ¿Somos, en efecto, la Tierra de Colón? ¿Será por eso que somos una tierra de atrocidades y violencias? ¿Nuestro nombre es ya un sino trágico que nos acompaña desde el bautizo de nuestra nacionalidad?

Por lo pronto, mientras resolvemos el dilema o la pregunta –pregunta chimba podría decir alguien por ahíde si debemos cambiarle el nombre a Colombia, una sugerencia que no es menor: revisar, como ya lo están haciendo varios historiadores, las hojas de vida, el pasado, de cada uno de los conquistadores que llegaron a nuestras tierras y a los que todavía se les rinde homenaje con estatuas y monumentos. Don Pedro de Heredia, don Sebastián de Belalcázar, por ejemplo, entre otros muchos. Ahí iremos entendiendo poco a poco dónde comenzó todo este desastre.

Fuente

RCN Radio

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