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Cada vez sorprende más que los intentos por conseguir la paz a todo nivel en este país sean tan inútiles.

Cuando uno espera que al estar en una etapa de posconflicto, con unos acuerdos de paz que no se aplican plenamente pero que se resisten a sucumbir ante los ataques de distintos frentes, los colombianos nos pongamos en sintonía y nos volvamos más humanos, más comprensivos, más tolerantes, nos estrellamos de frente con reacciones violentas de todo tipo, en cualquier circunstancia y en cualquier escenario, que no solo generan desolación sino vergüenza.

La intolerancia, la polarización del país, la irritabilidad ante la más mínima expresión de discrepancia o de disentimiento están cada vez más apoderadas de las personas que, la verdad, no encuentran paz ni siquiera en su interior. Basta con echar una mirada rápida a la dizque “comisión de paz” del Congreso, que se convirtió en un espacio para enfrentamientos verbales que casi llegan a las agresiones físicas y que, no contentos con protagonizar bochornosos espectáculos una vez, llegan a las siguientes sesiones a repetir la dosis con más beligerancia y menos intenciones de lograr consensos.

El resultado: dos sesiones desperdiciadas frente a las expectativas del trabajo que debía sacarse adelante, porque las jornadas debieron levantarse para evitar que corriera sangre por el sagrado recinto donde deliberan los “honorables” hombres y mujeres de la patria, en cuyas manos están las decisiones más trascendentales para el país.

Y claro, si eso ocurre en uno de los sitios de mayor importancia y trascendencia nacional, ¿qué se puede esperar de los demás espacios de la convivencia nacional? Las cifras por riñas callejeras, violencia intrafamiliar y conflictos interpersonales siguen en aumento y en muchos, pero muchos de los casos terminan en tragedia con víctimas mortales.

No hay tolerancia con el vecino ni con el pariente y, mucho menos, con el ciudadano con el que se comparte un servicio público, una zona común o una entidad oficial. Todo molesta, todo incomoda, todo previene. No hay espacio para discutir ni para argumentar una posición diferente y mucho menos para explicar el porqué de alguna situación que generó la reacción adversa.

Entonces se intenta reflexionar sobre los mecanismos que permitan evitar y/o corregir esos comportamientos y desarmar los espíritus, trascender hacia la tolerancia y la convivencia pacífica pero se ve que la situación es tan extrema que ni siquiera en las aulas de clase se pueda confiar para lograr ese propósito. También en los colegios crecen las amenazas de padres a profesores, las peleas entre alumnos, los desafíos y las agresiones tanto físicas como verbales.

Tal vez el único camino que queda es el de la introspección, ese proceso mental por el que la persona mira hacia su interior y es capaz de analizar sus propias experiencias; es decir, realizar una auto observación sobre sus procesos de conciencia (objetos privados, hechos mentales o cosas fenoménicas), con lo cual, puede conocerse en mayor medida y así asimilar y asumir nuevos comportamientos, o reforzar los existentes, si es que los tiene, para dar el primer paso hacia la tolerancia y el entendimiento del entorno.

Entender que mis derechos terminan donde comienzan los de los demás, que cuando se escucha a la otra persona se puede comprender más fácilmente lo que quiere comunicar y que como dice el dicho: “para pelear se necesitan dos. Por lo que si no seguimos el juego del que se declara en posición de combate, la posibilidad de guerra habrá sido abortada.

A eso tenemos que apuntarle, al desarme de los espíritus y a la sencilla fórmula de que tan es válida mi argumentación como la de mis contradictores, pero que es en el plano de la discusión abierta pero serena donde se podrán encontrar puntos convergentes para despejar el camino hacia una convivencia sana y en paz.

Fuente

RCN Radio

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