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¿Valió la pena liberarse de España? ¿No será que el remedio fue peor que la enfermedad?

Quise ex profeso dejar pasar unos días del epicentro de las celebraciones oficiales, hipócritamente pomposas y grandilocuentes, del Bicentenario de la Independencia, o de la Batalla de Boyacá, o de la Patria Boba o de la República. O de todas juntas.

Hoy me temo que si el libertador Simón Bolívar retornara del más allá se avergonzaría y arrepentiría de la monstruosa criatura que surgió como resultado de su épica gesta de independencia. Un país hecho añicos por políticos mediocres, codiciosos, violentos, mendaces y corruptos –la mayoría- que lo han dirigido a su antojo durante 200 años de “vida republicana”.

En momentos en que aún se celebra el bicentenario de la emblemática Batalla de Boyacá, bastión último del proceso de independencia del yugo español, más valdría lamentar lo que ha sido la historia de esta, nuestra querida Republiqueta Banana: fanática, mojigata, atrasada, injusta, retrógada, ignorante, tragicómica, clasista, racista, sexista, homofóbica, morronga, corrupta, proterva, estulta, medrosa…

¿Valió la pena liberarse de España? ¿No será que el remedio fue peor que la enfermedad? ¿No siguieron, acaso, las mismas persecuciones y discriminaciones, los mismos saqueos del erario, las mismas violencias y despotismos, las mismas miopías y concepciones antediluvianas de los chapetones y la Corona española a manos ahora de criollos politiqueros, terratenientes, aristócratas, caudillos y toda suerte de filibusteros?

Colombia tuvo en los españoles los mejores maestros y expertos en la marrulla, la trampa, la falta de ética, la hipocresía, la ambición sin límites, el moralismo, el conservadurismo, el oscurantismo, la violencia, la discriminación y la satrapía, Y a fe que, como buenos alumnos, superamos a nuestros maestros. Sin duda, tenemos una gran capacidad para aprender lo peor que nos llega de afuera y para ponerlo en práctica adentro a rajatabla.

Como referido a la Patria Boba dice Antonio Caballero en ese portento de obra histórica y literaria  que es la “Historia de Colombia y sus oligarquías (1498-2017)”, editada por Planeta, particularmente en el capítulo “La desgraciada Patria Boba”:

“Se abrió así la etapa agitada, confusa y tragicómica que separa la Colonia de la República y que los historiadores han llamado la Patria Boba: el decenio que va del llamado Grito de Independencia dado el 20 de julio de 1810 en Santafé a la Batalla del Puente de Boyacá librada el 7 de agosto de 1819, comienzo formal de la Independencia de España. Diez años de sainete y de sangre”.

Qué pena, apreciado y admirado Antonio: no solo “diez años de sainete y de sangre”. Cien años de sainete y de sangre. ¿Qué digo! Doscientos años de sainete y de sangre; doscientos años de miseria, farsa y tragedia; doscientos años de confusión y de caos; doscientos años de ignominia, oprobio y política de tierra arrasada.

Y evoca Caballero en el mismo libro:

“¿Fraternidad? No sabían lo que podía ser eso, ni siquiera en los más sencillos términos cristianos. Una generación atrás había observado el arzobispo–virrey Caballero y Góngora que nunca había visto gentes que se odiaran entre sí tanto como los criollos americanos”.

Ni que se odiaran tanto entre sí como los colombianos: los de antes y los de ahora. Ni sabían ni sabemos –no sé si sabremos- de fraternidad, de solidaridad, de compasión. Basta con observar lo que pasa en la política, el Congreso, las redes sociales, los estadios, las calles, las casas, los colegios, los campos: en todos los ámbitos de la cotidianidad en los que los colombianos se expresan todos sus odios, rencores, frustraciones, agresividades e intolerancias.

“Todos eran parientes entre sí. Primos, yernos, hermanos, cuñados, tíos los unos de los otros. La Patria Boba fue un vasto incesto colectivo. Todos eran ricos propietarios de casas y negocios, de haciendas y de esclavos. Por eso querían mantener intacta la estructura social de la Colonia: simplemente sustituyendo ellos mismos el cascarón de autoridades virreinales venidas de España, pero sin desconocer al rey. Querían seguir siendo españoles, o, más bien, ser españoles de verdad, por lo menos mientras esperaban a ver quién ganaba la guerra en la península: si los patriotas sublevados contra el ocupante, o ‘los libertinos de Francia’ que pretendían abolir la Inquisición y la esclavitud e imponer ‘las detestables doctrinas (igualitarias) de la Revolución francesa’”.

El tiempo continúa congelado, Antonio, con toda su carga de estulticia, nepotismo y estolidez.

“Pero ese incesto de grupo iba a ser también una orgía de sangre fratricida, en un enredo de todos contra todos difícilmente resumible. La guerra social que se veía venir tomó formas territoriales a la sombra del caos de España: el Virreinato se disolvió en veinte regiones y ciudades, controladas cada una por su respectivo patriciado local en pugna casi siempre con un partido popular más radical en su proyecto independentista”.

El incesto orgiástico y sangriento de los tontos de la Patria Boba, de los bobos de la política de hoy. El incesto que los pergaminos de Melquiades profetizaban que engendraría seres con cola de cerdo, como lo descifraría Aureliano Babilonia en el fabuloso epílogo de “Cien años de soledad”: “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra."

Con perdón del inmortal Gabo: no cien años de soledad. Doscientos años de soledad y malas compañías; doscientos años de pésimos gobernantes, dirigentes y malnacidos hijos de la patria; doscientos años de anquilosamiento dependiente y ultramontano.

Prosigue Caballero en la "Historia de Colombia y sus oligarquías":

“De manera que las hostilidades eran múltiples: sin hablar de las tropas españolas propiamente dichas, que no eran muy numerosas, estaban entre los americanos los partidarios de España, llamados realistas o godos, y los partidarios de la independencia, llamados patriotas; y los centralistas, también llamados pateadores, que combatían con los federalistas, o carracos, los cuales también combatían entre sí: Cartagena contra Mompós, Quibdó contra Nóvita, El Socorro contra Tunja”.

Uno contra todos, todos contra uno y todos contra todos. ¡Payasos megalómanos y mesiánicos! Como los de hoy.

“Era un caos indescriptible. Los jefes se insultaban en privado y en público, en memoriales y periódicos, llamándose pícaros, inmorales, traidores, ladrones y asesinos. Los oficiales cambiaban de bando por razones de familia, o de ascensos y aumentos de sueldo prometidos por el adversario. (…) Las tropas saqueaban los pueblos. Los soldados, reclutados a la fuerza, desertaban en cuanto podían. Desde su periódico el Sabio Caldas se disculpaba ante la historia: ‘Todas las naciones tienen su infancia y su época de estupidez y de barbarie. Nosotros acabamos de nacer…’”.

Tan ingenuo Caldas: llevamos doscientos años de infancia, estupidez y barbarie como nación, y la adolescencia aún está lejos. Mientras los advenedizos jefes patriotas peleaban entre sí, los españoles expulsaban de la península a las tropas francesas de Napoleón y se aprestaban para la Reconquista de las colonias.  

“A los supervivientes de la bobería los fusilaría pocos años más tarde la Reconquista española, sin distingos de matiz, ni de ideología, ni de origen geográfico o posición de clase; y todos pasarían sin distingos a ser considerados próceres de la República”.

A los estultos les llaman ahora “padres de la patria”. Tamaña afrenta a los padres abnegados, trabajadores y amorosos que, en medio del tumulto, se ven por ahí de vez en cuando. Y a la patria, que queda convertida en una verdadera hideputa, para usar la castiza y bella lengua que nos legaron Cervantes y su alter ego, el ingenioso hidalgo.

Pese a todo, reconozco que me encantan muchas de las manifestaciones de la cultura española, que hoy forman parte de nuestra idiosincrasia: el idioma, la literatura, la música, la gastronomía, la pintura, los toros y varias más. Pero me encantan aún más las manifestaciones de nuestra cultura colombiana, que surge como producto principalmente de influencias españolas, africanas y americanas: la literatura, de Silva a García Márquez; la música, de Escalona a José A. Morales; la gastronomía, de la bandeja paisa a la carne oreada y la arepa santandereana; la pintura, de Obregón a Botero; la biodiversidad, del caimán al cóndor; el paisaje, de Providencia al Cañón del Chicamocha. Y muchas más.

Debo confesar también que, a pesar de la Patria Boba y de la Republiqueta Banana que no hemos dejado de ser, amo este país de mis mayores, de mis hermanos, de mis amigos, de mis maestros, en el que me correspondió en suerte nacer, y no pierdo la esperanza de que algún día, quizás dentro de otros doscientos años, las generaciones que vengan les hagan honor a los que dieron la vida para que Colombia fuera una nación próspera, justa, civilizada, pacífica y feliz.

 

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