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La historia de los oyentes y su relación con los locutores de los programas de complacencias.

Hacía más de ocho días que ella llamaba todas las noches a la radio en su afán de hablar con el locutor que le hacía imaginar con su voz que la cabina de radio era una especie de nave interplanetaria.

El único teléfono de la estación sonaba siempre ocupado y se le había convertido en una obsesión imaginar el momento en que el locutor le contestaría: “Buenas noches, Discoteca automática y libre”.

Ese ritual repetido por el locutor en el programa que se emitía entre las 8 y las 9 de la noche a través de Radio Tunja, le había despertado la curiosidad de poder decir su nombre al aire y de paso escuchar su canción favorita.

Tenía el dedo desgastado de marcar el teléfono 422409 y estaba perdiendo la esperanza que le contestara el dueño de esa voz engolada, que a veces parecía gritar de la emoción y luego caía casi hasta susurrar con una sensación parecida a la que produce una montaña rusa.

Hace mucho tiempo que quería conversar con el locutor que estiraba las palabras y anunciaba con voz como de otro planeta: “El siguiente disco por el carril 48 botón amarillo” y más adelante “su complacencia por el carril 52 botón verde”.

El repertorio inagotable de carriles, botones y colores le hacía imaginar una radio de otro planeta, sin siquiera sospechar que el único color era el de un viejo bombillo que daba la señal de ir al aire y que la tecnología estaba por cuenta de una vieja consola de cuchillas y perillas gastadas y un tornamesa de aguja.

Esa noche cuando por fin escuchó al otro lado del teléfono la voz largamente esperada, sintió la alegría infinita de quien logra las cosas con persistencia.

Mientras esperaba su turno, por el auricular escuchaba la canción del momento que el anterior oyente había pedido y se preparó mentalmente para su minuto de fama.

Quería pedir “Otra piedra en el camino” de Diomedes Díaz y sintió la incomodidad del locutor mientras empezaba la lenta búsqueda entre la pila de acetatos de 33 y otras revoluciones apilados en los estantes.

Empezó a darse cuenta que no había un selector automático de la música, sino una infinita paciencia del locutor para buscar las canciones pedidas.

“No tengo la de Diomedes, pero si quiere pida “Un velero llamado Libertad” de José Luis Perales”, le dijo secamente el locutor.

A través del teléfono escuchaba el ruido atronador que hacía el pesado bafle instalado como si fuera un monitor, mientras la aguja se deslizaba por los bordes del surco del disco elegido.

El locutor le advirtió entonces con una voz desganada y desprovista de los matices que mostraba con tanto alarde en cada programa, que estaba a punto de salir al aire y tuvo entonces la sensación que el hombre estaba afanado por terminar el turno.

Él alargó de nuevo las palabras mientras decía que la canción salía al aire por “el canal 102 botón azul”.

Ella se desinfló cuando escuchó que le dedicaba la canción de Perales y no la de Diomedes y que además la calificaba como la oyente más fiel de la emisora.

“Maldita sea esa discoteca que no es ni automática ni libre”, alcanzó a decir antes de colgar con rabia el teléfono.

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