Por: Fernando Posada Ángel El tiempo avanza a una velocidad superior a nuestra capacidad de procesar los hechos que más duelen. Y es en el momento que llegan los aniversarios, particularmente los que traen consigo recuerdos de tristeza y de amargura, cuando entendemos que los años no dan espera a la nostalgia. Hoy todavía la ciudadanía colombiana recuerda con enorme frustración el asesinato de don Guillermo Cano y el golpe que los jefes del terror propinaron a través de su muerte. Pero los cobardes disparos que acabaron con su vida no pudieron detener que los métodos de don Guillermo siguieran tomando fuerza, particularmente entre las generaciones que encontraron en él un referente del periodismo al que querían dedicar sus vidas. Incluso los periodistas más jóvenes, quienes no alcanzamos a conocerlo ni a vivir aquel día trágico, encontramos en don Guillermo el símbolo de lo ejemplar y heróico que debe ser el periodismo en medio de un país tan imperfecto y tan lleno de necesidades. No me atrevo a decir que don Guillermo fue el primero en apostarle a la independencia como credo absoluto, pero sí que fue el periodista más coherente y dedicado a la hora de poner en práctica los postulados en los que creía. Pasó largos años recopilando las pruebas necesarias para demostrarle al país que los mafiosos, que tan misteriosos y distantes eran percibidos desde la realidad nacional a comienzos de los 80, habían permeado el corazón de la institucionalidad colombiana. Sin duda sabía que se enfrentaba a fuerzas oscuras, pero nunca le tembló la mano a la hora de señalarlas con nombre propio. Cada vez quedan entre nosotros menos colegas de la época de don Guillermo, auténticos reporteros capaces de cruzar con versatilidad entre los géneros de la opinión, la crónica y la noticia pura. Incluso algunos de los más respetados periodistas de estos tiempos apenas comenzaban sus carreras en la reportería en el momento de la muerte de don Guillermo Cano. La vida da muchas vueltas y unas pocas palabras de don Guillermo, enseñándole a sus más jóvenes pupilos sobre sus métodos de ética y rigor a la hora de hacer periodismo, terminaron convirtiéndose para ellos en un manual y un ejemplo a seguir por el resto de sus vidas. Quienes mejor conocieron a don Guillermo y más pudieron aprender de él recuerdan, sobre todo, la persona integral que en todo momento era. Uno de esos jefes que de manera genuina conocía y se preocupaba por el equipo que trabajaba al lado suyo, ofreciendo consejos y actuando como una figura parental ante los principiantes de su época. Un mentor y un padre, que a pesar de haber sido arrebatado muy temprano, jamás alguien pudo volver a reemplazar. Don Guillermo Cano sentó los dos pilares del periodismo en manos del cual buena parte del futuro del país dependerá, una vez seamos capaces de entregarles su merecido lugar en los medios de comunicación. Ni los permanentes intentos de seducción por parte de los más poderosos, ni las amenazas de los más violentos pueden tener influencia en la agenda periodística en una nación democrática y libre. Esa fue quizás la más valiosa enseñanza que en vida dejó don Guillermo entre sus colegas y pupilos, y que treinta años después de su muerte no pierden una gota de vigencia. Como don Guillermo, en un acto de auténtico respeto y admiración, los periodistas nos referimos a ese mártir de la independencia informativa y del rigor a la hora de ejercer la profesión que fue Guillermo Cano. Don Guillermo, porque la firmeza de su conciencia nunca pudo ser corrompida y porque las balas fueron la única opción que encontraron los violentos, luego de perseguir por años la obsesión de silenciar una de las voces en las que más creían los colombianos. Don Guillermo Cano, en medio de todo el merecimiento posible, es el mayor símbolo y el mejor ejemplo para quienes tomamos el camino del periodismo. A treinta años de su muerte su legado sigue intacto, incluso para quienes no tuvimos el privilegio de conocerlo.